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Ínsula 747 Ínsula

Puertas abiertas en la narrativa en lengua española

por Juan Antonio Masoliver Ródenas
Ínsula nº 747, Marzo 2009

Número de páginas: 4
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Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967), sirvió para definir las aspiraciones de todo un grupo de escritores interesados en codificar y hasta dogmatizar una serie de principios estéticos. Pero estamos ante una aventura individual por parte de un escritor que no necesita apoyos generacionales para mostrar su talento, como lo ha confirmado en Nocilla Experience (Alfaguara) -segundo volumen de una trilogía, Proyecto Nocilla, que se cerrará con Nocilla Lab-, con un experimentalismo plenamente integrado a las exigencias del relato. Nos movemos en un mundo extraño, en un paisaje exótico eminentemente industrial, con curiosas teorías y con un nuevo humanismo que consiste en «desafiar los límites humanos por medio de la ciencia y la tecnología combinadas con el pensamiento crítico y creativo». Novela asimismo que busca un nuevo ritmo que refleje el nuevo ritmo del mundo donde la linealidad tradicional (y se incluye aquí la linealidad de los diálogos) no tiene cabida.
La misma coherencia en sus planteamientos radicales advertimos en Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) quien, tras la revelación que supuso La ofensa, reafirma en El derrumbe (Seix Barral) su fértil imaginación y su capacidad para estructurar un mundo complejo dominado por el mal, el caos y la violencia, en el que se escucha «el zumbido de los muertos». De nuevo nos encontramos en pleno progreso tecnológico, sin signos de heroísmo intelectual, donde los personajes lloran «por su edad, por su tiempo». Un tiempo apocalíptico dominado por lo monstruoso.
El país del miedo (Seix Barral) de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) representa un giro muy notable con respecto a sus dos novelas anteriores y se integra plenamente dentro de la escritura apocalíptica. El marco narrativo se ha reducido para hacer más intenso el espacio opresivo en el que nos movemos. Estamos en un presente en el que la crónica está depurada hasta el máximo a favor de los sentimientos y de las situaciones dramáticas, en un crescendo de violencia y de miedo. Sordidez política y moral en una ciudad no identificada que se convierte en una verdadera metáfora de nuestro tiempo.
Exasperación psicológica
Hay dos novelas breves que merecen una atención especial, por su calidad y por lo que difieren del radicalismo que he estado señalando como rasgo representativo de los narradores del nuevo siglo. Andrés Barba (Madrid, 1975) se ha mantenido fiel, en Las manos pequeñas (Anagrama), a su trayectoria anterior, que incluye su celebrada La hermana de Katia. Se trata de una recreación del mundo del colegio en la línea de Cristina Fernández Cubas y del juego como ritual de tantos cuentos de Julio Cortázar, al que se añade la perversa inocencia de la pintura de Balthus, la desolada orfandad y el inquietante pasado que una niña perturba con su inesperada presencia. Una serie de motivos recurrentes acentúan la misteriosa fuerza del relato. La misma fuerza encontramos en Naturaleza infiel (RBA), primera novela de Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962), una de las más gratas sorpresas del año. Confesiones en primera persona que van revelando, con una prosa dramáticamente serena, las fisuras de una familia, los afectos y los desafectos, las amenazas de un pasado ajeno a la armonía y a la belleza, la reconstrucción de una época sin afán de crónica. Relato en el que todo es esencial y modelo de novela breve.
Los cuentistas
En 2008 se consolida el creciente interés por el cuento, apoyado por la difusión del microrrelato y por la apuesta de editoriales como Menos Cuarto o Página de Espuma. José María Merino (A Coruña, 1941) nos ha sorprendido, en Las puertas de lo posible (Páginas de Espuma), con unos cuentos inspirados en el progreso científico, pero no para refugiarse en las manidas fantasías de la ciencia ficción, sino para ilustrar la realidad del presente y las consecuencias que ésta tendrá sobre el futuro. Más previsibles son los textos de Juan José Millás (Valencia 1946), en la línea de sus novelas y de sus creativas columnas periodísticas. Los objetos nos llaman (Seix Barral) son relatos que no siempre sortean el peligro más obvio del microrrelato: el dominio de la anécdota y del ingenio. Millás es un mago prodigioso al que de vez en cuando se le ven los trucos. Los mejores son aquellos en los que da una dimensión humana que justifica la inverosimilitud. La irregularidad es el rasgo principal del conjunto.
Muy oportuna la publicación de Todos los cuentos (Tusquets) de Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945), en el que se incluye un texto inédito, «El faro», a modo de homenaje a Edgar Allan Poe. Tenemos así la oportunidad de valorar en su justa dimensión la maestría de la que hoy por hoy es la más indiscutible cultivadora del género, voz clásica y moderna al mismo tiempo, con una enorme variedad de registros que giran en torno al miedo, el misterio, lo desconocido, lo fantasmagórico o el enfrentamiento con el mundo de los adultos. Pocos escritores pueden dirigirse a un número tan amplio de lectores sin hacer concesiones de ningún tipo, con una dificilísima sencillez y una entrañable complicidad.
Si Cristina Fernández Cubas representa la más feliz recuperación, Eduardo Lago (Madrid, 1954) la más feliz revelación, desde que en 2006 obtuviera el Premio Nadal con Llámame Brooklyn, una novela que trataba de incorporar las virtudes del cuento. En El ladrón de mapas (Destino) asistimos a la operación inversa: se sirve de un conjunto muy variado de cuentos para ir trazando un mundo narrativo propio de la novela. Escenarios muy variados, personajes extravagantes o marginados, homenaje a escritores o cineastas (Kipling, Conrad, Felipe Alfau, Dostoievski, el Visconti de Las noches blancas) que se integran en el relato. Estamos moviéndonos simultáneamente en la unidad y en el fragmento.
Si Cristina Grande representa la revelación del año como cultivadora de la novela breve, Sònia Hernández (Terrassa, 1976) lo es como escritora de relatos. Los enfermos erróneos (La otra orilla) comparte no pocos de los rasgos más poderosos de Naturaleza infiel: la enfermedad como síntoma de un malestar general, la exacerbación de la naturaleza individual, la ausencia de crónica, la creación de un mundo cerrado, obsesivo, en el que tiene poca cabida el humor, aunque no está del todo ausente. Sin que sus textos dejen de ser producto de la imaginación, dan la sensación de ser autobiográficos. Con Sònia Hernández estamos más cerca de la locura, su pesimismo es mucho más radical, los personajes buscan en vano su propia personalidad o identidad y hay un esfuerzo desesperado por integrarse al mundo. Crea, de este modo, una aguda sensación de ansiedad.
La narrativa latinoamericana
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