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Ínsula 747 Ínsula

Puertas abiertas en la narrativa en lengua española

por Juan Antonio Masoliver Ródenas
Ínsula nº 747, Marzo 2009

Número de páginas: 4
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Escritor de numerosos registros, en Las fuentes del Pacífico (Siruela) Jesús Ferrero (Zamora, 1952) ha creado una novela de aventuras ambientada a finales del siglo XIX que gira en torno a la búsqueda de una civilización ideal, a la codicia y al deseo. A millas de distancia de su sorprendente y celebrado Belver Yin, Ferrero no teme caer en los lugares comunes más socorridos, manipulados con obvia complacencia, dando por supuesta la complicidad del lector. Esto no impide que en la búsqueda de las fuentes del Pacífico no haya momentos de intensidad. La voluntad de novelar y la complicidad con el lector es más obvia todavía en Todo eso que tanto nos gusta (Destino) de Pedro Zarraluki (Barcelona, 1954). Aquí la verdadera aventura consiste en la búsqueda de un espacio ideal que le permita huir de la civilización, tema latente también en la novela de Ferrero. Más que el previsible desarrollo argumental, con un más previsible y descarado final feliz, lo que le interesa son las situaciones, divertidas unas, sentimentales otras, con personajes que se ganan pronto la simpatía del lector. En El manuscrito de piedra (Alfaguara), la primera novela de Luis García Jambrina (Zamora, 1960), lo novelesco se sostiene sobre dos ingredientes, el histórico y el bibliográfico, sin el gratuito efectismo de los bestsellers, que los han utilizado como una fórmula. Centrada en la Salamanca del siglo XV y protagonizada por el autor de La Celestina, Fernando de Rojas, la reconstrucción histórica es impecable, con dos notables virtudes: la capacidad para recrear el mundo cotidiano de la época y al mismo tiempo las intrigas, la represión, el papel de los dominicos en la Inquisición, la persecución de los judíos y, de una forma muy sutil, los nexos, por ejemplo, entre La Celestina y Lazarillo de Tormes. A esta complicidad histórica y literaria se añade lo que tiene de novela de misterio, de aventuras y, si se me permite el anacronismo, de policíaca.
Perspectivas históricas
Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), en un radical cambio de dirección, y alentado posiblemente por la reconstrucción que hizo, en Enterrar a los muertos, de la amistad de José Robles con el novelista norteamericano John Dos Passos y de su asesinato del primero en plena guerra civil, publica una de las mejores novelas del año, Dientes de leche (Seix Barral). El prólogo resume, a través de la imagen del niño Juan Cameroni y de su abuelo haciendo el saludo fascista, las vicisitudes de la familia desde que Raffaele Cameroni se establece en Zaragoza acabada la guerra, convertido en un héroe, hasta el frustrado golpe de Estado de 1981 y la llegada de los socialistas al poder. El espacio central está ocupado por la Falange, el fascismo -que, «a diferencia del falangismo, no era un instrumento para hacer política, sino una forma de vivir y entender la vida»- y la complicidad del clero. El prólogo oculta la razón por la que Juan, a los catorce años, acompaña a su abuelo pero se niega a levantar el brazo. Es decir, se añade un ingrediente misterioso que pondrá de relieve el drama de una familia enfrentada ideológicamente. A la historia colectiva se añade la personal y la dimensión sentimental triunfa sobre la política, la narración sobre la crónica.
Dos anomalías
Capítulo aparte merecen dos novelas de autores jóvenes pero con una sólida trayectoria. Francisco Casavella (Barcelona 1963-2008) ha sido considerado como el heredero directo de Juan Marsé, deuda que él mismo ha reconocido. Tienen en común su interés por la figura del antihéroe y por los barrios marginados de Barcelona, pero en Casavella hay una extravagancia y una extrañeza desgarradoras que han convertido obras como Un enano en Las Vegas o la extensa trilogía El dia del Watusi en inevitable punto de referencia como el creador de una nueva dirección de la tradición realista más descarnada. Lo que sé de los vampiros, ganadora del Premio Nadal 2008, fue una verdadera sorpresa, una dirección insólita que nos aleja de su mundo habitual. Se trata de una parodia del Siglo de las Luces que viene a serlo también de nuestro propio siglo, en un esfuerzo por fusionar historia y ficción como antes, con mucho más acierto, había fusionado crónica y ficción.
También en Ray Loriga (Madrid, 1967), en Ya sólo habla de amor (Alfaguara), se advierte un cambio radical con respecto a sus primeras novelas cercanas al realismo sucio norteamericano que lo convirtieron en uno de los mejores representantes de la nueva novela de la década de los noventa. Por más que nos movemos de nuevo en el vacío y en la incapacidad de vivir plenamente la realidad, aquí todo (ambientación en una embajada suiza, personajes, diálogos, el espejo de la Alicia de Lewis Carroll) se mueve en un plano de irrealidad que poco tiene que ver con el mejor Loriga. Incluso la atractiva prosa y la capacidad de convertir en cinematográfico lo que es pura narración están al servicio de un tipo de relato más distante y cerebral.
La novela apocalíptica
Nembrot, de José María Pérez Álvarez (O Barco de Valdeorras, Ourense, 1952) representó una de las novelas más nuevas y originales de 2003 y marcó una de las líneas más definidas de lo que podría llamarse la nueva novela. Línea que se reafirma ahora en La soledad de las vocales (Bruguera), dominada por la soledad, el vacío, la extrañeza y una visión apocalíptica que le acerca a las últimas novelas de Juan Goytisolo. Asistimos asimismo a la novela como proceso, es decir, al camino de incertidumbres sobre el que se construye o se escribe la realidad, para concluir que «la literatura nunca trata de nada, es un vacío, así que pienso que la literatura es como la vida». La misma visión desolada, aquí a través del humor y la ridiculización, la tenemos en España (DVD) de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). La novela tiene mucho de crónica de una España heredera de la crisis del 98 pese a que «el noventayochismo era anacronía, inquisición, superstición, literatura antigua» y a que «nuestras preocupaciones históricas son reaccionarias». Hay, pues, necesidad de liberarse de pensamientos ajenos y tradicionales convertidos en lugares comunes por la crítica académica. Pero es también una novela sobre el mal, la impunidad del crimen o las grandes escombreras postindustiales. Se trata, pues, de la crónica de una época, la propuesta de una nueva literatura, una burla de la cultura oficial y una visión eminentemente apocalíptica del nuevo siglo.
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