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Ínsula 747 Ínsula

Puertas abiertas en la narrativa en lengua española

por Juan Antonio Masoliver Ródenas
Ínsula nº 747, Marzo 2009

Número de páginas: 4
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Un repaso a todo lo que se ha ido publicando a lo largo de 2008 muestra la infinita variedad de tendencias incluso entre aquellos escritores que han apoyado, cuando no justificado, su escritura en manifiestos que intentan demostrar la existencia de escuelas o grupos. Por su parte, los escritores españoles testigos de la guerra civil y de los años más duros de la posguerra, han mostrado las inagotables posibilidades del supuestamente inflexible realismo. Ana María Matute (Barcelona, 1926), en Paraíso inhabitado (Destino) se ha mantenido fiel a sus raíces estéticas. En un relato claramente autobiográfico, a la sórdida disciplina de un ambiente opresivo opone la rebeldía de la imaginación. Los cuentos infantiles que alimentan la novela, con Andersen a la cabeza, son tan delicados y encantadores como perversos, como lo es el mundo fantástico cercano a Olvidado Rey Gudú. Crónica de una época, historia del ansia o necesidad del amor y de la pérdida brutal de éste, Paraíso inhabitado es un acto de desmitificación, una reivindicación de la pureza, una denuncia de la frigidez emotiva y un desborde sentimental, expresados con una naturalidad y conciencia del buen escribir poco frecuentes en nuestros narradores.
Juan Goytisolo (Barcelona, 1931), como James Joyce en Ulises, ha ido destruyendo sistemáticamente el concepto tradicional de novela, suplantando el terrorismo político, que repudia, por el terrorismo expresivo. El exiliado de aquí y de allá (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) no sólo rompe radicalmente con la linealidad del relato, sino también con el argumento, dos pilares de la novela realista de tradición decimonónica. El lector queda así sin puntos de referencia, perdido en el interior del nihilismo más absoluto. Fiel a su trayectoria de rupturas y a la creación de un universo inconfundible, regresa a espacios y a personajes de sus novelas anteriores para testimoniar, con corrosivo sarcasmo, la ceremonia de la destrucción. Estamos en un mundo dantesco controlado por los ordenadores, por el terrorismo islámico y por la hipócrita moral católica. Una novela o singular crónica hecha pedazos que «brega con el Sistema y el Antisistema» y que testimonia «el desconcierto y la locura del universo».
De espaldas al realismo
No hay punto de referencia generacional para Javier Tomeo (Quicena, Huesca,1932). Se le ha querido identificar con el teatro del absurdo francés, pero hay en él la procacidad, un humor codornicesco inconfundiblemente español. Con un desparpajo casi obsceno, maneja fantoches que se convierten en patéticos seres humanos, una cualidad visible en Los amantes de silicona (Anagrama), donde unos muñecos de sex shop son en realidad auténticas criaturas desamparadas. Novela sórdida y homenaje al mal gusto que es preciso leer como una provocación a las convenciones morales. En las antípodas de Tomeo está Carlos Pujol (Barcelona, 1936), con una escritura cosmopolita, atenta al buen y comedido narrar, pese a lo que hay de aventura y de extravagancia. En Dos historias romanas (Destino) todo está al servicio de una naturalidad y una armonía que se enfrentan a los avatares de la historia y a tristes historias de amor. Ambientada en la época de la unificación de Italia y en los convulsos años en torno a la guerra civil española y la segunda guerra mundial, el suyo es un mundo esencialmente novelesco, alejado de discursos moralistas o de ambiciosas propuestas literarias.
Si el cosmopolitismo, sana reacción a lo carpetovetónico, en Pujol se expresa como una forma de narrar el mundo, en Julián Ríos (Vigo, 1942) es una forma de escribirlo. Larva -novela única en la literatura española contemporánea- es la mejor lectura que se ha hecho del Ulises de Joyce. Ríos ha penetrado en el corazón mismo de la lengua, para liberarla de unas cadenas muchos más rígidas en español que en inglés. Pero de la misma forma que Joyce, en oposición a Ulises o a Finnegans Wake creó, con Dublineses, unos relatos magistrales de corte clásico, Ríos, en Cortejo de sombras (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), recupera una novela de juventud ambientada y dominada por lo fúnebre, lo misterioso y lo fantasmagórico, y por un realismo opresivo, en un pueblo de ambientes cerrados y familias rencorosas. El Dublín del primer Joyce transportado al mundo rural de Galicia en una novela de tintes sombríos.
No ficción (Anagrama), de Vicente Verdú (Elche, 1942) es un buen ejemplo de cómo se borra la frontera entre lo imaginario y lo real. El mismo título invita al desconcierto. Estamos ante las memorias de un hipocondríaco con enfisema, problemas de estómago, hipertrofia del masetero, pinchazos en el abdomen, adicto a los fármacos, al alcohol o a los porros, obsesionado con la edad, vulnerable, neurótico, depresivo, que persigue la felicidad y la armonía del cuerpo y del espíritu como quien persigue a un fantasma. Novela concebida como una secreción, como un esfuerzo estéril por despojarse del yo. «El oficio del yo» se convierte en el pavesiano «oficio de vivir».
Un lugar muy destacado merece el Dietario voluble de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Hay aquí mucho de autobiográfico y diarístico -la enfermedad que ha cambiado su vida, su ciudad, los viajes, el encuentro con amigos-, de artículo, de ensayo literario y de creación, con reflexiones sobre el paso del tiempo el azar o la búsqueda de un paisaje moral. Lo que originalmente es una selección de artículos de prensa se convierte en una fluida narración concebida como un proyecto unitario.
Campo de amapolas blancas (Tusquets), de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalar, Cáceres, 1950), nos transporta, y no sólo por el acertado título, a un mundo cercano al de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, por lo que hay de sugerencias en las relaciones afectivas y de fatídica aceptación de la desgracia. Novela breve, sutil, de una realidad apenas insinuada, en la que destacan -como oportunamente señala Luis Landero en el epílogo- la misteriosa figura del padre de H, el tono del relato, la capacidad de rememorar hechos remotos en el tiempo y la distancia con el presente narrativo, la reconstrucción de una ciudad tan ficticia como real, Murania y, subrayo yo, el carácter simbólico a través de la reproducción del cuadro de Kandinsky, las referencias a William Saroyan o a La náusea de Jean-Paul Sartre, y el mismo título: «el mejor estímulo del espíritu se hallaba en las hojas blancas de las amapolas, porque éstas contenían la esencia del paraíso, su síntesis primordial»; la «¡Amapola, sangre de la tierra, amapola, herida del sol, boca de la primavera azul, amapola de mi corazón», de Juan Ramón Jiménez.
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