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Ínsula 745-746 Ínsula

Cuando de aquello también hacía veinte años

por Araceli Iravedra
Ínsula nº 745-746, Enero / Febrero 2009

Número de páginas: 5
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Distinto y más audaz es el talante de Acento cultural , que dedica a Machado su entrega de marzo de 1959. Y ello pese a que también esta revista vinculada al S.E.U. -aunque presidida por un extraordinario espíritu de independencia- hubo de padecer las coerciones de la censura. Con todo, tanto en el texto inicial que precede a las colaboraciones como en la «Antología de urgencia» que cierra el volumen se adivina una clara voluntad de mostrar el rostro «nefando» del poeta. Desde luego no podemos suponer inocente que el editorial se abra evocando los emblemáticos versos finales de «El mañana efímero», poco menos que convertidos en lema de la poesía de la resistencia; y el lamento que sigue por la intacta vigencia del mensaje machadiano -«tan realmente válido como a su muerte»- no ofrece lugar a dudas. Las colaboraciones acogidas por la revista se reparten entre la prosa y el verso. Y si entre las primeras se cuentan ensayos que sientan algunos presupuestos del realismo social (en las firmas de Garciasol o Moreno Galván), Acento no logra evitar la injerencia de «una palabra católica, una palabra cristiana, una palabra española, rabiosa y auténticamente española», a cargo de Adolfo Muñoz Alonso. De las colaboraciones en verso, varias son las voces que cultivan por entonces la poesía social -Figuera, De Luis, Caballero Bonald, Goytisolo, López Pacheco- y que proponen la imagen y el discurso de Machado consabidos: el poeta que muere por su pueblo y cuya palabra ejemplar alberga una virtualidad salvífica. No obstante, si nos atenemos al testimonio de Celaya (1979: 123), faltan algunas composiciones que no lograron burlar la censura (entre otras, las de Otero y el mismo Celaya): el Director General de Prensa prohíbe toda alusión a los homenajes de Colliure y Segovia y ordena la inclusión de los poemas leídos en el homenaje oficial de Soria (y, en efecto, se publican los de López Anglada, Salvador Jiménez o Manuel Alcántara). Con estos datos, resulta sin embargo sorprendente que en la antología machadiana que incorpora la revista sea Campos de Castilla el libro de poesía mejor representado -con predominio de los versos civiles y combativos-, y la selección dé entrada asimismo a las provocaciones de Mairena, en textos a veces tan inequívocamente acusatorios como éste: «La patria [...] es, en España, un sentimiento sencillamente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invaden y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera». Arbitrariedades censoras aparte, queda claro que se ha resquebrajado la compacta imagen de Machado como poeta ensimismado, soñador, incansable sondeador del misterio, para colarse ya sin remedio por esa fisura el icono progresista que deposita la esperanza colectiva en el martilleo coral de los yunques.
Un viaje de ida y vuelta: 1959-2009
1959 es el año en el que Antonio Machado alcanza la cima de su popularidad entre los poetas españoles. A partir de esta fecha, el fervor machadista inicia su declive; y si en los primeros sesenta todavía se repiten las visitas a Colliure y los homenajes a Machado, éstos aparecen, cada vez más, como mecánicos reflejos rituales que como iniciativas de sincero entusiasmo. La destitución de este magisterio se produce paralelamente al progresivo languidecimiento y agotamiento en sí misma, hacia mediados de los años sesenta, de la literatura social, vinculados a un generalizado desencanto de la lucha contra el Régimen. Y el simultáneo abandono de Machado no sólo puede leerse en el menguado vigor de los eventos conmemorativos, sino también en la paulatina desaparición de menciones poéticas y guiños intertextuales (durante un tiempo tan habituales como buscados), o más explícitamente, de las apelaciones al poeta en los textos programáticos de quienes antes se decían sus discípulos. Los poe - tas del medio siglo que en la selección de Rubén Vela Ocho poetas españoles (publicada en 1965, pero elaborada entre 1959 y 1961) otorgaban un unánime lugar de privilegio a la influencia de Machado han disuelto su uniformidad a la altura de 1968, y en la Antología de la nueva poesía española preparada por José Batlló matizan, muchos de ellos, la importancia de un ejemplo que acabó por revelarse menos estético que moral.
Es precisamente en torno a esta fecha cuando la actitud iconoclasta de una nueva generación, formada de espaldas a la poesía social, protagoniza una reacción orientada a derribar el mito que la tiranía cultural de la «poesía académica» imponía como el maestro al que emular y venerar. Antes que una sólida razón estética, era esta rebeldía la que promovía su rechazo, pues, como bien analizó Valente, más que a Machado en sí, los jóvenes recusaban sin saberlo ellos mismos «sucesivas imágenes de éste que ellos ya no querían llevar [...] en procesiones más o menos heredadas» (1971: 103). Y así fue como el santo laico fue desalojado de su pedestal. Con todo, del espíritu de ruptura de los polémicos novísimos no participaron otras formas coetáneas de escritura que, sin necesidad de consumar la desavenencia de los padres, mostraron su voluntad de continuismo con la poesía anterior. Otra serenidad les asistió para saber reconstruir bajo sus diferentes máscaras el verdadero rostro de Machado, y lejos de negar su magisterio, conquistaron una manera de acercamiento personal y la libertad para reconocer en la obra del poeta, sin mitificaciones ni beaterías, uno de los eslabones de su propia identidad. Es lo que permite que sigamos hallando, a cargo de poetas de esta generación (D. J. Jiménez, J. L. Panero, J. Munárriz, M. d'Ors...), composiciones que convocan desde múltiples tonos al Antonio Machado exiliado en Colliure, aunque algunas se propongan ciertamente como una respuesta a la instrumentalización de este episodio por quienes se encargaron de erigir sobre él uno de los falsos apócrifos del poeta. Esta más aquilatada lectura sólo fue realizada por el bloque novísimo una vez superados los planteamientos heterodoxos que identificaron el primer momento generacional; al viraje estético que no tarda en restaurar en el texto los vínculos cordiales acompaña una postura más juiciosa ante la tradición, y ambos extremos repercuten de modo favorable en la recepción de Machado. Es entonces cuando el más insolente de la coqueluche castelletiana, Pere Gimferrer, se anima a proclamar que «Antonio Machado nos sigue mostrando su camino», y rectifica iniciales reservas contra el «costumbrista rural» y el «moralista casero» (1975: 11); y para el año del cincuentenario de su muerte, mayor es la pasión que pone en sus palabras uno de los seniors, Antonio Martínez Sarrión, al despreciar las «torpes pellas» de antaño contra la «inmensa estatura» del poeta y defenderla con fervor reverencial que nos devuelve a otras épocas: «Antonio Machado, fallecido y sepulto en el exilio hace 50 años y fresco hoy en su obra como rosa de abril, no precisará ni de una aspirina en el agua para seguir conservando la lozanía» (1989: 2).
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