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Ínsula 745-746 Ínsula

Cuando de aquello también hacía veinte años

por Araceli Iravedra
Ínsula nº 745-746, Enero / Febrero 2009

Número de páginas: 5
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Entre la delegación de poetas españoles que asistió a Colliure, resultó ser Blas de Otero el único representante de la generación del realismo social, acompañado por un nutrido grupo de la emergente generación de los cincuenta: Valente, González, Caballero Bonald, más los catalanes Gil de Biedma, Barral, Goytisolo y Costafreda. Todos juntos posaron en una célebre fotografía que sirvió para presentar a los «poetas de la resistencia» en revistas y periódicos extranjeros. Y sirvió asimismo de fotografía generacional. Pues, en efecto, también ha sido de sobra destacada la enorme trascendencia que cobra el evento para el lanzamiento del conjunto de poetas amigos liderado por el «grupo de Barcelona» (Riera, ibíd.). Éste es el acto generacional por antonomasia y el punto de partida de una meditada operación propagandística que tiene lugar a través de dos movimientos paralelos calculadamente vinculados al homenaje de Colliure: una maniobra «de taller» -la antología Veinte años de poesía española - y una «gestión editorial» -la colección poética «Colliure»-, ambas encomendadas a José María Castellet (Barral, 1982: 177). La antología se abría con una dedicatoria «A la memoria de Antonio Machado, en el veinte aniversario de su muerte», pues, según anunciaba el prologuista, la nueva generación se siente «unida y en movimiento precisamente [...] conmemorando el veinte aniversario de la muerte de Antonio Machado». Además, Castellet presentaba a los jóvenes como una generación orientada hacia «una poesía realista que hace suyos, en líneas generales, los postulados que Antonio Machado propugnara» (1960: 55 y 101). La colección, de hecho, busca en su serie de títulos proyectados probar la vigencia de ese «realismo histórico» de supuesta ascendencia machadiana. Si los textos finalmente publicados -de Celaya a Valente, de González a Barral- daban en efecto la razón a las tesis promulgadas por el editor de la antología es algo que habrán de dirimir los análisis efectuados en los trabajos que componen este número. En todo caso, parece claro que lo que se jugaba en «Colliure» trascendía el puro terreno de la estética, o la estética era lo más residual: «Allí se fraguó -recuerda Caballero Bonald- una especie de pacto político-moral-literario», y ello «aun contando con que nuestras respectivas poéticas no tuvieran muchos puntos comunes» (en Payeras, 1990: 39). Pues por encima estaba el empeño en un proyecto político de oposición al Régimen -consolidar una literatura de la resistencia- y una cuestión de política literaria -la promoción de un grupo generacional.
1959: Machado en el interior
Pero algo se movía también en el interior. De hecho, muchos que no acudieron a la cita de Colliure se congregaron en Segovia -por ejemplo, el mismo Celaya- en un homenaje de parecido signo celebrado en la casa donde había vivido el poeta. La significación del acto quedaba de nuevo fijada en el texto de la circular, que aludía por cierto en los mismos términos al evento paralelo de Colliure: «Un homenaje a Antonio Machado resuena, inevitablemente, como un homenaje al pueblo español» (en Celaya, 1979: 126). Un doble homenaje, así, de - sarrollado en un clima de semiclandestinidad y bajo una fuerte vigilancia policial. Relata Gabriel Celaya que fue silenciado por todos los medios de difusión oficiales, prohibidos los actos públicos y que, con intención de boicot, fue convocado un homenaje alternativo, éste de inspiración oficial, a la misma hora en Soria (1979: 122), donde el Régimen trataba aún de apropiarse de un Antonio Machado «químicamente puro». Mientras tanto, resulta cuando menos llamativo que las palabras del acto segoviano -pocas y alusivas- fueran pronunciadas por Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, dos intelectuales que habían capitalizado en la pasada década la celebración del poeta desde la ladera oficial. Ahora, sin embargo, se alineaban con quienes empuñaban los versos subversivos de «Una España joven», y Ridruejo recordaba «cómo nuestro poeta supo hacer suyos todos los dolores y las esperanzas del pueblo español» (ibíd.: 128). En realidad, la evolución ideológica trazada por este viejo falangista ya le conducía a proponer, en algunos ensayos contemporáneos de la conmemoración machadiana, una manifiesta palinodia respecto de las «apreciaciones de urgencia» efectuadas en 1940 (1973: 81-86), o a hilvanar títulos tan reveladores como éste de su colaboración para el diario Le Monde: «En commemorant l'anniversaire de la mort d'Antonio Machado l'élite intellectuelle espagnole manifeste contre Franco» (1976: 365).
Los homenajes a Machado devinieron en efecto, según revelan los documentos de este y otros protagonistas, una forma de protesta de los intelectuales españoles. En verdad, la asimilación de la figura del poeta por parte del franquismo exigió hasta el final lecturas muy sesgadas y graves mutilaciones; resulta desde luego sintomático, como lamenta Celaya (1979: 124), que veinte años después de su muerte siguieran sin publicarse en España sus obras completas. Pero la medida de los forcejeos del poder contra los intentos de restauración de una imagen y un significado que ya difícilmente podían sofocarse nos la presta asimismo la inflexión de las entregas que algunas publicaciones periódicas consagraron, también en 1959, a la memoria de Antonio Machado. Ahora es el caso de la malagueña Caracola y de Acento cultural . La primera acoge en los números 84-87 (1959-1960) sus páginas extraordinarias dedicadas al poeta sevillano. El breve editorial que preside el volumen aparece esta vez -frente al que orientaba en 1949 el especial de Cuadernos Hispanoamericanos - libre de sesgo de ninguna clase. El homenaje incorpora, junto a algunas colaboraciones ensayísticas, una amplia serie de poemas procedentes de plumas del más diverso acento: desde José Herrera Petere, Leopoldo de Luis, Jaime Gil de Biedma o Jesús López Pacheco hasta José Antonio Muñoz Rojas o José María Pemán. Y el tono de los textos, por fuerza desigual a la vista de esta nómina, oscila entre el lirismo y la épica, el intimismo y el compromiso, la invocación de la filiación ideológica de Machado y la expresa negación de la misma. Sobre todo, resulta interesante comprobar hasta qué punto el posicionamiento político incide en la elaboración del tópico de la muerte del poeta en el que recalan la mayor parte de las composiciones: mientras las más combativas acentúan como es lógico la tragedia de la guerra, con su consecuencia de muerte en el destierro («La sombra de Caín, que tú cantaste,/ todo lo oscureció, ¡ay claro cielo!,/ y entonces te marchaste/ llevándote la muerte de tu suelo»), las más «oficialistas» tratan de eludir el dramatismo y restan trascendencia a este episodio inculpador («Pero su encierro/ en su alma igual y sencilla/ fue tal, que, por maravilla,/ nunca estuvo en el destierro»). Con todo, y pese a esta ausencia de uniformidad, la lectura de las colaboraciones poéticas permite detectar que el perfil del referente machadiano ha cambiado visiblemente de signo: el componente político invade ya la escena, y esto por más que la redacción de la revista insista en mantener una cuidadosa profilaxis en la antología de poemas machadianos (tal vez sometida a expurgo) que clausura la entrega, pues nada hay en ella que rescate la voz del Machado republicano e institucionista, ni siquiera en los textos -más proclives a la «doctrina»- de la serie de la guerra.
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