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Ínsula 745-746 Ínsula

Cuando de aquello también hacía veinte años

por Araceli Iravedra
Ínsula nº 745-746, Enero / Febrero 2009

Número de páginas: 5
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Sin embargo, entre el grueso de colaboradores que partían a la busca de ese Machado esencial y exento de accidentes, una firma rompía la uniformidad del discurso pautado. Eugenio de Nora, un joven poeta del ámbito de Espadaña, venía a mostrar su desacuerdo con esa interpretación del sevillano como poeta lírico, ensimismado, melancólico, cultivador de una poesía «eterna» y trascendente. Más aún, se atrevía a suponer que si Machado hubiese podido asistir a la situación poética del momento, caracterizada por la propensión al intimismo y al cultivo de lo autobiográfico, la habría juzgado «negativa», «impotente » y hasta «poética y culturalmente ‘reaccionaria'». Algunos textos del poeta le servían para probar que Machado postulaba una poesía objetivista y solidaria, y que se interesaba no sólo por el hombre esencial que ve en sí mismo, sino también por el que supone en su vecino. Y proclamaba, en fin, el derecho de que, con o contra el machadismo que entonces parecía prevalecer, otros discípulos no menos auténticos potenciasen sentidos por completo diversos: frente al Machado autobiográfico, el poeta portavoz de la conciencia colectiva; frente al Machado nostálgico, el poeta crítico y combativo; y frente al Machado esencial y eterno, el poeta afincado en su tiempo. Para los seguidores de este Machado entendía Nora que el poeta había dejado «su más cariñoso y conmovedor saludo: ‘Pero amo mucho más la edad que se avecina y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea común apasione las almas'» (1949: 583-592).
El texto de Eugenio de Nora anuncia un sustantivo cambio de rumbo en el proceso de recuperación de Antonio Machado iniciado en 1940. El relevo lo van a tomar los poetas sociales, que reciben con entusiasmo el saludo machadiano y, arropados por el ejemplo del «poeta del pueblo», se apasionan en una nueva tarea común, que, naturalmente, no puede ser otra que la lucha contra el Régimen. Diez años más tarde, éste es el Machado celebrado en Colliure, y a pesar de censuras y mordazas, también en numerosas expresiones del interior.
Colliure, 1959
Eugenio de Nora sentaba tempranamente las bases de un nuevo discurso que reconocía en el pensamiento de Machado la legitimación de un proyecto poético orientado a la superación del subjetivismo. Este proyecto, etiquetado bajo los nombres de realismo social y realismo crítico, tuvo su núcleo de germinación en las páginas de Espadaña , y diez años serían suficientes para su afianzamiento como tendencia dominante. La poesía social y crítica hizo de Antonio Machado su principal bandera ética y estética: por un lado, el sustrato teórico de su obra revelaba su fuerte carácter precursor de los nuevos rumbos líricos; por otro lado, y sobre todo, Machado aparecía ante los ojos de estos poetas como una referencia insoslayable como personaje civil, del que se recuperaba su discurso ideológico hasta entonces silenciado, su moral republicana, sus reiteradas protestas de democracia y demofilia. Y su impecable coherencia con sus compromisos democráticos, que lo llevaron a morir en el exilio, lo convertía en una inmejorable arma arrojadiza contra la Dictadura. Esta instrumentalización del poeta como piedra de activismo político instituía un nuevo apócrifo falso también denunciado por Valente: «el Machado convertido en pancarta y propaganda, en campo de pelea, en dogma, batallón y monumento a medias» (1971: 104). Y así, cuando se alcanzaba el veinte aniversario del fallecimiento del poeta, ya se había recuperado el discurso interrumpido con el fin de la guerra civil y la victoria del franquismo. Fueron éstos, en verdad, los años de la definitiva canonización de Machado como «San Antonio de Colliure», elevado a enseña de la cultura de la resistencia.
Y fue precisamente Colliure el lugar elegido para la celebración más emblemática, del 21 al 23 de febrero ante la tumba de Machado, así como en el Hotel Bougnol-Quintana donde muere el poeta. La crítica ya se ha ocupado de determinar el sentido de este homenaje (Riera, 1988: 171-176). Convocado por un grupo de intelectuales franceses y al parecer respaldado por el Partido Comunista, el acto de algún modo pretendía, bajo pretexto de exaltar la figura de Machado, reencontrar a los exiliados de dentro y de fuera, según sugería el texto de la convocatoria: «Es ocasión de hacer coincidir en torno al nombre de nuestro gran poeta a los intelectuales españoles separados geográficamente por acontecimientos ya lejanos y cuyas consecuencias es de interés fundamental para España eliminar definitivamente» (en Celaya, 1979: 125). Tomaba, así, un abierto cariz de oposición al Régimen y fue, en definitiva, una conmemoración político-literaria en la que Antonio Machado era erigido en símbolo cívico. Un símbolo que -a decir de uno de los protagonistas del encuentro- vibraba principalmente «en su dimensión de futuro, como algo casi exclusivamente creado por la proyección de nuestra propia esperanza» (Valente, 1971: 219-220).
Representaba para muchos, que asentían a la consigna de reconciliación nacional lanzada por el PCE en los años cincuenta, la encarnación de un espíritu de concordia capaz de congregar en torno suyo a todos los españoles sin distinción de tendencias, tal como subrayaba por ejemplo Celaya, que glosó este y otros homenajes en distintas publicaciones extranjeras. Vale la pena reproducir algunas de sus palabras, por cuanto desvelan en su tono y revelan en su fondo el primero de los significados posibles que el acto adquiría para sus protagonistas:
El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo (1979: 120).
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