El 22 de febrero de 1939 Antonio Machado moría en Colliure. Era para él el último destino de una forzosa batida en retirada que había comenzado en noviembre de 1936, cuando, por determinación del Quinto Regimiento, la intelligentzia republicana es puesta a salvo en Valencia de los bombardeos de los rebeldes sobre Madrid. Los días del poeta en Rocafort y Barcelona son aún de relativa calma y confort frente a los que se abren en la madrugada del 23 de enero de 1939, cuando las autoridades republicanas evacúan a un Machado anciano y de salud quebrada irreversiblemente a Francia. Junto a cientos de españoles que taponan la carretera del litoral catalán, bajo los bombardeos, la lluvia recia y el frío de enero, el poeta alcanza la frontera a pie y desde allí toma el tren hasta el pueblo cercano de Colliure, para alojarse en el Hotel Bougnol-Quintana. Ni los cuidados de los amigos ni la asistencia protectora del Gobierno pueden nada contra su deterioro físico y anímico: Machado cae enfermo de gravedad y fallece a los pocos días, sin duda más ligero de equipaje de lo que ni siquiera él había alcanzado a presagiar.
Este final dramático era la pieza que faltaba para redondear el mito del hombre generoso e íntegro que sufrió a España hasta entregarle la vida. Con su penosa muerte en el exilio, Machado sellaba su compromiso sin ambages con la fe democrática de la República, del que ya había hablado con elocuencia su intenso activismo intelectual para una de las tribunas de la España dividida, prolongación coherente por cierto de unas convicciones políticas bien asentadas antes de la guerra. Pero este último episodio lo alzaba definitivamente como el gran paradigma moral ante los sectores más progresistas del país. Su sacrificio, pasión y muerte por la causa de la República convirtieron a Machado de inmediato en un santo laico, el «San Antonio de Colliure» del que luego harían mofa quienes denunciaron la veneración acrítica de un poeta del que no se ponderaban valores poéticos sino, exageradamente, valores éticos y humanos.
Con todo, entre el austero funeral «de Estado» que se rindió al poeta en Colliure -doce soldados españoles de la Segunda Brigada de Caballería conducen el ataúd, envuelto en la bandera republicana- y el homenaje conmemorativo que le organizó la República «en la sombra» hubieron de pasar veinte años. En la España del interior esta vertiente del mito, la del hombre sabedor de una doctrina aderezada con unas gotas de jacobinismo, comienza a fabricarse en la prensa de la zona roja que difunde la noticia del fallecimiento y se amplifica durante las pocas semanas de vida que le quedan a la República. Pero la guerra la ganó Franco, y desde entonces, la leyenda sólo pudo alimentarse en la clandestinidad (y también -dicho sea de paso- por obra de ella).
De Escorial (1940) a Cuadernos Hispanoamericanos (1949)
No obstante, la cultura franquista no podía prescindir de un poeta de la talla de Machado. Claro que los intentos de asimilación en el proceso de reconstrucción cultural en que hubieron de emplearse los intelectuales del Régimen exigían «interpretaciones» y equilibrios difícilmente sostenibles. En efecto, «rescatar» a Machado como muy tempranamente lo hizo Dionisio Ridruejo desde la revista Escorial (1940: 93-100) resultaba una tarea costosa y de dudosa honestidad por cuanto implicaba traicionar la raíz del sistema ideológico del poeta. En el que iba a ser el prólogo a las pretendidas Poesías completas del autor sevillano, que editaría Espasa- Calpe un año después, el objetivo de Ridruejo no era otro que el de redimir para la causa falangista a un gran poeta que a su vez había sido enemigo civil. Pero retirar a Machado la etiqueta de poeta nefando obligaba a cuestionar la firmeza de su ideario político; por eso Antonio Machado había sido, según las razones de Ridruejo, uno de esos secuestrados morales atrapados por el enemigo rojo contando con «la concurrencia de la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real», a lo que había que sumar la importuna casualidad de que, en el reparto de las dos Españas, al poeta «le tocó estar enfrente». El responsable de esta lectura, que no tardaría en enemistarse con el Régimen, pronto iba a lamentar su falseamiento, y de hecho, sólo andados unos meses prohibiría su reimpresión como prólogo a la edición machadiana.
Con todo, durante la década de los cuarenta son Dionisio Ridruejo y sus camaradas del entorno de Escorial quienes, con la venia oficial y los medios editoriales a su alcance, van a cincelar la primera de las imágenes del poeta difundidas después de su muerte, o, con palabras de Valente, el que será su «primer gran apócrifo falso»: un Machado «puesto en circulación previo despojo de sus contenidos éticos o ético-políticos» (1971: 104). Lo que quedaba, entonces, era un modelo estrictamente estético que les guiaría en el proceso de rehumanización en que se hallaba embarcada toda la literatura tras la guerra. El Machado esencial e intimista, el poeta temporalista aunque desvinculado de su tiempo es el que reclaman estos autores para cimentar, al par que una palabra cordial que dé cauce a sus tribulaciones existenciales, un proyecto de interiorización que los aísle, en el espacio incorrupto de lo privado, de un entorno social problemático que les decide a la introspección más que a la protesta. Y éste es el Machado que celebra, en 1949 y con motivo del décimo aniversario de su muerte, la revista Cuadernos Hispanoamericanos , en torno a la cual se aglutinan ahora los poetas falangistas. Ellos son los promotores de un número especial que la citada publicación dedica al poeta sevillano, en realidad el primer homenaje machadiano que organiza una revista literaria española después de la guerra civil. Y Antonio Machado aún no era una figura fácil de recordar. Por eso esta nueva revista oficial, a cargo de Laín Entralgo, toma las debidas precauciones para evitar la frustración del homenaje; por ejemplo, señalando desde el mismo editorial los cauces por los que ha de discurrir la aproximación al poeta: la actualización, políticamente inofensiva, de un Machado neorromántico e intimista, a salvo de toda tentación de compromiso ético con los accidentes de la historia que pudiera levantar sospechas de disidencia ideológica.