Puedo, fácilmente, desplegar en mi imaginación el mapa de la provincia de Lugo. Es un mapa que yo, amante de los mapas, fui haciendo en mi cabeza desde niño, como nos sucede a todos con la tierra en la que crecemos. Cada sitio va ocupando su lugar en nuestra cabeza y en nuestra memoria, y cuando finalmente alcanzamos a ver el dibujo que han hecho realmente los cartógrafos tenemos como una súbita revelación, el placer de encontrarnos sobre el papel lo que estaba en la fantasía. Es el placer que encontraba Otero Pedrayo, al repasar el viejo mapa de Don Domingo Fontán (el hombre que descubrió "el rostro del país", como se dijo entonces). Como Otero y como Cunqueiro, quien también relataba en otro lugar cómo descubrió el mapa de Fontán en el Instituto de Lugo y se entretuvo en buscar los nombres de las aldeas que conocía, yo también lo repaso ahora mentalmente (no lo tengo a mano y estoy lejos, de paso en Madrid). Lo despliego y deslizo lentamente la yema del dedo, de norte a sur, deteniéndome en cada una de las trece comarcas de mi provincia, la provincia de Lugo.
La costumbre de leer los paisajes como si fuesen libros me ha hecho siempre comparar el de Lugo con otros de la imaginación y la literatura, un poco al modo en que lo hacía precisamente Cunqueiro cuando contaba que había atribuido a cada comarca de Galicia un equivalente entre las de Francia, y así la Terrachá se le parecía al ducado de Orleáns, "severo y serio"; Bergantiños a Bretaña; la comarca del Ribeiro era Borgoña y el Bierzo nuestras Alsacia y Lorena irredentas.
Lo mismo me sucede a mí. Las tres Mariñas del norte (la Occidental, la Central, la Oriental) siempre me han parecido unas tierras salvajes, nuestra Normandía luguesa que, de hecho, estuvo cerca de convertirse en una Normandía de verdad, en una nación viking . Hubiese sucedido, de no haber mediado la casualidad histórica o el milagro de San Gonzalo y las avemarías, según la leyenda que a la que uno prefiera atenerse. Quizás sea por ese pasado posible que todo en esa costa luguesa tiene algo de feroz, desde los caballos que recorren sus sierras hasta el propio nombre de algunas de sus villas, como Foz (que viene de faucem , fauces). No he visto en ningún lugar del mundo golpear el mar con la fuerza con la que golpea el Cantábrico en los espolones de roca de la costa de Viveiro y San Cosme, donde dicen, y es verdad, que la erosión ha edificado hasta catedrales. He discutido el asunto con marineros de otros países y todos me han asegurado que no hay mar más peligrosa que el Cantábrico en Lugo. Así ha salido esa raza de pescadores duros, de cazadores de ballenas, que han bautizado medio atlántico con nombres gallegos, pero sobre los que, inexplicablemente, apenas se ha escrito nada hasta Luísa Castro, hija de uno de ellos. Falta por narrar la historia cosmopolita de estas rías del Norte, tan vecinas del País Vasco como del Báltico (de allí llegaban los barcos cargados con el kummel , la bebida que llegó a conocerse como "licor de Ribadeo"), vecina incluso de África, de donde llegó la pequeña colonia de los africanos gallegos, los caboverdianos de Burela y San Ciprián.
Un poco más al sur está Mondoñedo, nuestra pequeña Compostela o Braga, la ciudad mágica escondida en el valle brumoso del Masma: episcopal, hidalga, deliciosamente culta: La ciudad de aquel almirante Seijas Lobera que se carteaba con Newton, la del poeta médico Leiras Pulpeiro que descansa en su camposanto civil. La ciudad de Cunqueiro. Mondoñedo, casi despoblada, se ha quedado vacía, y en ella parece que el espacio lo llenan los fantasmas literarios de otros tiempos: el sin cabeza del mariscal Pardo de Cela (la suya rodó por el empedrado de la plaza de la catedral), el del cronista Lence Santar y sus patriarcales barbas de chivo.
No es cierto que Galicia se parezca a Irlanda, salvo en la parte de la provincia de Lugo que se llama Terrachá (la "Tierra Llana" por antonomasia), una meseta cubierta de pastizales que va desde las Mariñas hasta Lugo. En el verano, cuando su cielo está limpio y las abejas lo recorren a ras de suelo, es una tierra para caminarla y para enterrarse en ella después de haber vivido lo suficiente. Es la tierra dulce, la Arcadia en la que yo pienso cuando pienso en Galicia desde lejos. Para mi no hay camino como el que lleva de Vilalba a Meira a través de Muimenta, sobre todo en verano, cuando se ve la ropa blanca secar en los campos y gritan con fuerza los grillos.
Meira, bernarda, tormentosa (en su subsuelo hay un tesoro de hierro que atrae los rayos), es la cuna de dos ríos que han elegido caminos distintos: el Eo que marcha hacia el norte y el Miño, que recorre toda Galicia arrastrando los limos rojizos de la su nacimiento (de ahí su nombre, de minius , rojo). Donde el río, nació precisamente mi familia, que de niño me acostumbró a hablar del Miño como de un pariente. Incluso yo nací a su lado, en la calzada romana del Puente. Es decir, nací en uno de los caminos que van a dar a Roma (creo recordar que es la vía XIX, que pasa por Marsella). Lugo. Es el foro romano de la provincia, el bosque sagrado medido y edificado luego por los agrimensores que acompañaban a la Séptima Legión. En eso, Lugo resume a Galicia.
Pero volviendo a mirar la sierra de Meira desde lo alto de las murallas lucenses, recuerdo que, de niño, mi madre me llamaba la atención sobre el hecho de que aquélla cambiaba de color con las horas del día, como la catedral de Rouen que Monet pintó varias veces para estudiar sus cambios de luz. Esa sierra es comienzo de lo que lo que los lugueses llaman simplemente "A Montaña" y que consiste en una larga cordillera que va desde casi el mar en Ribadeo hasta Portugal, atravesando toda la provincia de Lugo y luego la de Ourense por su límite oriental como el reborde de una empanada. Fonsagrada, Ancares, Quiroga... Es un muro cubierto de flores en primavera y verano (está entre las tierras más ricas de Europa en este sentido) y en invierno merodeado por los lobos. De niño, aislado por la nieve en la casa solariega de los Cedrón, en Castelo de Frades, escuchaba ese silencio de Cervantes (el nombre que, en realidad, le dan los gallegos a lo que los leoneses llaman Ancares). No hay silencio como ese en toda Galicia. Allí, en el techo del país, contemplándolo desde lo alto, están el urogallo, el corzo, el rebeco, recorriendo sus senderos desde la Edad de Piedra.
Galicia está, efectivamente, inclinada como una mesa con dos patas cortas. Los geólogos lo explican por la basculación del zócalo que forma la base del país, y que se hundió hacia el Atlántico. Fue el mar entrando en los valles lo que hizo brotar las Rías y fue la tierra elevándose al otro lado lo que engendró la Montaña. Por eso la Montaña desciende hacia el interior, los Ancares hacia Sarria, Quiroga hacia la Tierra de Lemos, y luego estas hacia la Ulloa y la comarca de Chantada.
Monforte siempre se me antojó una ciudad de aire castellano o portugués, una pequeña Toledo con sus obras del Greco, su plata, su desaparecida judería y sus gusanos de seda. Culta, escéptica, mecenas... Este Monforte le parecía a Góngora "un mundo" y, exagerando mucho, le parecía insuficiente que apareciesen "seis orbes en su divisa". La Tierra de Sarria, en cambio, conserva algo del recogimiento de la Montaña: es la de los húmedos claustros de Samos donde profesó el padre Feijoo y pasó su infancia Alfonso II, es la de la magia de Portomarín de los Templarios, la ciudad sumergida por el embalse de Belesar que parece una leyenda antigua fabricada en el siglo XX (a mí me hace recordar siempre "La catedral sumergida" de Debussy, y la iba tarareando al pasar en barca sobre los tejados silenciosos). Chantada, en cambio, es báquica y está enredada en sus castañares donde aún suenan los ecos de la batalla del rey gallego Ramiro contra los normandos.