¿Por qué es necesaria esta aparición? En primer lugar, porque, como ya hemos dicho, Carlomagno no es capaz de descifrar los signos de la maravilla sobrenatural, y necesita una explicación complementaria. En segundo lugar, porque es necesario el mandato apostólico para iniciar una cruzada de liberación, que, por lo demás, es también una forma de peregrinación. Y, en tercer lugar, desde el punto de vista histórico, porque el mandato apostólico, que marca los orígenes de toda la historia de la ciudad, supone una explicación alternativa al descubrimiento de la tumba apostólica por Teodomiro, obispo de Iria Flavia (versión ofrecida en otras páginas del mismo
Liber Sancti Iacobi ), cuya historia es la versión más conocida actualmente
[ 4 ] , y que de este modo carecería de cualquier relevancia en el descubrimiento de la tumba y en la propagación de la peregrinación. Así pues, al menos en lo que se refiere a este punto, la versión del descubrimiento de la tumba ofrecida por el
Pseudo Turpín (porque eso es, a fin de cuentas, la orden de su liberación) es claramente contraria a la tradición que hacía del obispo gallego el único protagonista del evento.
En realidad, ésta es la aparición mayor del Apóstol, y, como vemos, su papel es doble: garante de la explicación sobre los orígenes de la historia, e introductor del emperador Carlomagno en la empresa, a quien concede garantías de orden personal al final de su vida. Pero a partir de aquí, el Apóstol, o, más concretamente, sus obras, sólo se hacen presentes gracias a la invocación de Carlos, que solicita a Santiago y a Dios el derrumbamiento de los muros de las ciudades de Pamplona y Lucerna, que ofrecen fuerte resistencia a sus tropas en esta primera campaña
(
PT , cap. II, p. 14 y cap. III, pp. 15-16). Más allá de estos puntos, la única referencia clara al Apóstol, con excepción de un momento aislado en el texto, que veremos más adelante, es una que aparece al final de la segunda expedición, y que, en gran medida, supone el cumplimiento de la palabra dada al soberano al inicio de esta primera campaña: tras la muerte de Carlos, los diablos refieren a Turpín, narrador del texto
[ 5 ] , que han reñido sin éxito en Aquisgrán con el Apóstol por el alma de Carlomagno. Y que éste dispuso en uno de los platos de la balanza, en la que se medían sus buenas y malas obras, las piedras con las que edificó las iglesias del Camino, lo que le valió la salvación
[ 6 ] . Pero al margen de que, para algunos críticos, esta acción apostólica demuestra la unidad de la obra y de ambas expediciones
[ 7 ] , lo cierto es que dicha acción sitúa la presencia de Santiago en dos niveles claramente diferenciados, el segundo de ellos mucho más vinculado con el contenido del texto que el primero, que se limitaba a justificar el origen de toda la expedición. Pero también es cierto que esta presencia del Apóstol, al principio y al final del relato turpiniano, lo delimitan clarísimamente desde el punto de vista ideológico, y le conceden, al menos, una unidad de sentido, vistas las cosas desde una lectura lineal.
La escena de las piedras de las iglesias nos lleva a otro de los puntos tratados en el presente trabajo: el de la construcción por Carlomagno de iglesias a lo largo del Camino de Santiago, incluyendo la basílica edificada en la ciudad compostelana. Dichas iglesias se han construido, fundamentalmente, al final de la primera campaña, en el capítulo V. Pero también hay que añadir que la ciudad de Santiago, descrita como una localidad sin relieve en el capítulo III (
PT , cap. III, p. 15), comienza a disfrutar de ciertas prerrogativas imperiales como consecuencia de esta primera campaña, prerrogativas que se verán aumentadas en el capítulo XIX, al final de la guerra contra Agolant, caudillo moro que invade el suelo español. De hecho, en este capítulo V, la ciudad y el Camino, ambos embrionarios, parecen situarse en un mismo nivel, casi de interdependencia: Carlos funda una basílica en la ciudad, establece en ella una orden monástica, la colma de tesoros, y en el camino de vuelta a Francia funda un cierto número de santuarios, algo justificable, desde luego, por la tendencia marcadamente imperial de esta primera parte
[ 8 ] .
Pero sabemos que muchos de los privilegios compostelanos son, naturalmente, ficticios. Así, la regla monástica de San Isidoro es inexistente, tanto como el ofrecimiento a la basílica compostelana de un gran tesoro tomado de las tierras sarracenas conquistadas, pero ambas referencias deben entenderse en el contexto de un relato de ficción, que tiende a magnificar los privilegios históricos, y pretende cerrar el ciclo iniciado con la aparición apostólica. Pero dichos tesoros sirvieron, además, para construir estas otras iglesias en el Camino de Santiago, que sólo ahora comienza a tener una cierta entidad. Ya se ha dicho que la ubicación de estas iglesias se sitúa en el Camino francés de Santiago, pero también en puntos de la antigua geografía imperial, como la iglesia de Aquisgrán, o en ciudades relacionadas con la realidad histórica de la Francia del siglo XII, como la iglesia edificada en París, ciudad vinculada, por lo demás, a la vía turonense. El resto lo constituyen edificios religiosos ubicados en Béziers, Toulouse, un punto indeterminado entre Aix-en-Gascogne (la actual Dax) y San Juan de Sordes, es decir, localidades pertenecientes a las vías turonense y arelatense del Camino francés ( PT , cap. V, p. 17).
Así termina la primera expedición en lo que se refiere a los aspectos que nos interesan aquí. Por supuesto, los cambios con respecto a la situación inicial de dominio sarraceno son muy notables, pero la situación todavía está muy lejos de lo que representan Compostela y su Camino en el siglo XII, en parte dominado por unas reivindicaciones y logros de la iglesia jacobea inimaginables siglos antes. Pero esta nueva situación se percibe enseguida en la segunda parte del texto, al final de la guerra contra Agolant, en el capítulo XIX, al que ya se ha hecho referencia. En este capítulo, sin embargo, sólo se habla de la ciudad de Santiago, a la que se le concede prioridad absoluta frente al Camino, que sólo aparecerá perfectamente definido algo más tarde, y por medios algo distintos. La ciudad compostelana es el lugar elegido por Carlomagno para la celebración de un concilio, que coincide con el fin de la guerra (y que, en realidad, sólo es posible por ese motivo), en el que se colma a Santiago de todos los derechos posibles desde el punto de vista político y religioso, coincidentes, además, con las aspiraciones de la época de Diego Gelmírez, que pretendía, incluso, competir con la mismísima Roma: se reconoce la autoridad del arzobispo de Santiago por encima de los demás, se establece la obligación de pagar un tributo de cuatro monedas, que pagarán todos los hombres libres de Hispania y Galicia, se concede primacía a Santiago sobre los demás centros espirituales de España, y se le concede a esta sede la dignidad apostólica, porque alberga la tumba, ya liberada, del Apóstol
(
PT , cap. XIX, p. 36). Como complemento, sigue una digresión sobre las tres sedes de Santiago, Roma y Éfeso, que consagra a estos centros como puntos neurálgicos de la Cristiandad, lo que, obviamente, trasciende la dimensión peninsular de la iglesia compostelana, y la sitúa al mismo nivel que Roma
[ 9 ] .Y, dicho sea de paso, estas asombrosas referencias a la iglesia de Santiago suponen un elemento nuevo con respecto a la visión que tenían sobre el fenómeno compostelanista los libros anteriores del
Liber [ 10 ] . La importancia de las prerrogativas compostelanas fueron reproducidas, además, en el capítulo XXII de la misma crónica, donde se establecieron otros privilegios semejantes concedidos a la abadía francesa de San Denis, que algunos consideraron, incluso, como el lugar en el que se originó el
Pseudo Turpín .