Yo, por mi parte, me sigo permitiendo, casi veinte años después, continuar acompañando a Guillermo en sus incontables aventuras, y siempre me invade una inmensa alegría cuando me imagino a este amigo de la infancia correteando eternamente por los prados junto a su querido perro Jumble, con el pelo de punta, el traje cubierto de polvo y los bolsillos llenos de cachivaches, dispuesto a reunirse con su banda de Proscritos en el viejo cobertizo.
No quiero terminar sin permitir al lector que disfrute de uno de los mejores pasajes de la saga, por su humor, su inteligencia y frescura. Pertenece a «Guillermo y los antiguos romanos», del libro Los apuros de Guillermo:
«Guillermo, Douglas, Enrique y Pelirrojo regresaban juntos del colegio. Reinaba gran excitación en el pueblo. Una Sociedad Arqueológica estaba haciendo excavaciones en el valle y había descubierto restos de una antigua quinta romana.
-Y están encontrando pedazos de cacharro y cosas por el estilo -dijo Enrique.
-De poco sirven si están rotos -murmuró Guillermo.
-Sí; pero apuesto a que los vuelven a pegar con cola.
-A los cacharros, cuando están pegados con cola, se les cae el agua -dijo Guillermo, con infinito sarcasmo-. Lo sé porque lo he probado. Sea como fuere, no veo yo de qué sirve encontrar cacharros rotos. Yo podría darles la mar de cacharros rotos, que sacaría de la basura, si eso es todo lo que quieren. Nuestra criada siempre está rompiendo cacharros. Ésa sí que hubiera resultado una romana antigua excelente. A mí me parece que los romanos no deben de haber sido gran cosa, a pesar del bombo que se les da, cuando se pasaron la vida rompiendo cacharros.
-No se pasaron la vida rompiendo cacharros -exclamó Enrique, exasperado-. Los cacharros sólo se rompieron al ser enterrados.
-Bueno -contestó Guillermo con voz de triunfo-. ¡Mira que enterrar cacharros!... Casi es tan estúpido como romperlos. Eso de que una raza de hombres, como dicen que eran los antiguos romanos, se pasara la vida enterrando cacharros... Siempre me ha parecido que había algo raro en eso de los romanos... y luego nos dicen que los consideremos grandes cuando lo único que han hecho es enterrar pedazos de cacharro... A mí no me han gustado nunca, prefiero un pirata o un piel roja, ea.
-Bueno, pues están encontrando dinero también -dijo Enrique, defendiendo con firmeza la fama de la raza desaparecida.
-¿Dinero de verdad? -inquirió Guillermo, con interés-. ¿Dinero que puede uno gastar?
-No -contestó Enrique, irritado-; dinero romano, naturalmente... Lo están encontrando por todas partes.
-¡Hay que ver! -exclamó Guillermo, con desdén-. ¡Romper cacharros y tirar por todas partes dinero que nadie puede gastar!». n
* Beatriz Vera Poseck es estudiosa de la literatura infantil y juvenil.