A pesar de ser un niño de acción, Guillermo es un gran lector de novelas de aventuras y de misterio. A menudo deja volar su imaginación y termina identificándose por completo con los personajes de los libros que lee: bandido, detective, ladrón, contrabandista... todo es posible en su mundo imaginario. En no pocas ocasiones se anima a escribir cuentos, poesías, obras de teatro que, en su opinión, rivalizan con las de los más afamados artistas:
«-A propósito, ¿quién era Shakespeare?
-preguntó de pronto Guillermo.
-Un poeta -contestó Douglas-. Y bueno, vivió y murió.
-¿No hizo nada?
-Escribió poesía.
-Eso no es "hacer" -dijo Guillermo con desdén-. Yo sé hacer poesía; quiero decir si no "peleó" o algo así».
Guillermo posee unos recursos oratorios que dejarían pálido de envidia a cualquiera. La versatilidad de su talento verbal es literalmente inagotable. Posee una lógica tan aplastante que resulta inmensamente difícil luchar contra sus argumentos. Además, Guillermo, por regla general, no tiene más que decir una cosa para creérsela él mismo. Su elocuencia, conocida y temida por todas las personas que le tratan, termina llevándole siempre lejos del asunto que trata, por lo que todos no dudan en cortarla en cuanto pueden. Su madre suele ser objeto de muchas de estas reflexiones:
«-Ya has comido bastante pastel, Guillermo -dijo la señora Brown.
-¡Bastante! -protestó Guillermo-. ¡Si apenas lo he probado aún! ¡No hacía más que empezar a comer cuando me miraste! Es pastel corriente. No me hará daño. No lo comería si me hiciese daño. El azúcar es muy "bueno" para la salud. Los animales lo comen para estar sanos. Los caballos lo comen y no les hace daño y los loros y todo eso lo comen y no les hace ningún daño».
La conciencia de Guillermo es un órgano singular: necesita mucho para despertarse, pero cuando lo hace, exige acción inmediata. En él la gratitud no es una cualidad pasiva, sino activa, y exige ser expresada de forma tangible. Por eso, cuando le está agradecido a alguien su espíritu no descansa hasta que ha convertido esa gratitud en acción. Mucha gente asegura preferir la franca enemistad de Guillermo a su gratitud, pues cuando sale abiertamente a vengarse de otra persona, por lo general es menos desastroso que cuando se decide a ayudarla. Y es que, aunque le inspiran las mejores intenciones, Guillermo invariablemente estropea todas las situaciones en las que se ve involucrado; el destino parece complacerse en colocarlo en situaciones singulares y el mundo en general se empeña en no comprenderlo. Por lo menos, así le parece siempre a Guillermo.
Desde el punto de vista de los adultos de su alrededor, las cosas que hace Guillermo son de locos, sin sentido, absurdas. Pero el lector, que conoce a Guillermo, sabe que detrás de todo lo que hace hay un motivo. No es un niño travieso sin más, es un niño con unas cualidades extraordinarias que tiene una forma de entender la vida muy personal y siempre actúa en consecuencia. Si Guillermo fuera, en efecto, poco más que un niño que hace de las suyas, sus aventuras podrían resultar divertidas, pero no producirían ese sentimiento de conexión e identificación profunda que provocan en los lectores infantiles.
A primera vista, puede parecer extraño el éxito que cosecharon durante años los libros de Guillermo en nuestro país, teniendo en cuenta que el marco en el que transcurren sus aventuras es radicalmente distinto al nuestro. No obstante, resulta sorprendente la facilidad con la que el lector se introduce en las circunstancias vitales de Guillermo. Como señala Fernando Savater, «el mundo afelpado y verde de una pequeña ciudad inglesa, más pueblerina que urbana, con sus cottages, su vicario y señora, sus enredos de peniques, guineas y medias coronas, sus invernaderos, sus absurdos tés benéficos, todas las constantes referencias a una cultura e historia extrañas, el aire antañón de los, por otro lado, excelentes dibujos de Thomas Henry, cada una de estas cosas y su conjunto debieran habernos distanciado soberanamente de las peripecias de Guillermo».
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La realidad es que este escenario diametralmente opuesto al español no supone obstáculo alguno para que el pequeño lector se sienta identificado con ellas, muy al contrario, existe una sensación de comunión completa y total con este personaje, que se convierte en un igual, un amigo; no hay niño o niña que conozca estos libros y no haya soñado con convertirse en el quinto miembro de la banda de Guillermo.
Guillermo y su mundo
Guillermo comparte gran parte de sus aventuras con sus tres fieles amigos: Pelirrojo, Douglas y Enrique. Los cuatro forman una banda llamada los Proscritos, de la que Guillermo es líder. Los Proscritos (Outlaws) son unas figuras legendarias de la época de Ricardo I Corazón de León y de Robin Hood, muy celebradas en Inglaterra por las canciones populares que han glorificado sus hazañas. Eran partidas de valientes que estaban fuera de la ley o de la sociedad, que habitaban en los bosques y tenían su propia forma de gobierno y moral.
Los Proscritos tienen una fe incondicional en Guillermo, pues todo lo que él organiza ofrece enormes posibilidades; nunca se sabe cómo va a acabar la cosa, son actos a los que vale la pena asistir pues rara vez acaban según lo previsto. Para los Proscritos, la acción y la aventura es la esencia de la vida, y ésta carece de interés sin un elemento de peligro y emoción.
Pelirrojo es siempre el primero en contagiarse del entusiasmo de Guillermo; es su segundo de a bordo, su fiel compañero. Douglas es el más sombrío, el que siempre advierte de los peligros, aunque no necesita mucho empujón para embarcarse en cualquier aventura; Enrique es el que se toma la vida más en serio y, en ocasiones, tiene encontronazos con Guillermo, que se solucionan fácilmente con una rápida pelea cuerpo a cuerpo.
Todo es posible para los Proscritos: la lucha grecorromana, la búsqueda de tesoros, las operaciones culinarias, el juego leones y domadores, el juego de los pieles rojas... Los Proscritos saben ser colonizadores, buscadores de oro, capitanes de bandidos, caníbales, náufragos, indios, romanos... cualquier cosa. Su bebida favorita es el agua de regaliz, que elaboran agitando trozos de regaliz en agua. Se reúnen secretamente en un cobertizo abandonado que se halla a poca distancia de la casa de Guillermo, que hace las veces de cuartel general. El techo del cobertizo tiene goteras, al suelo rara vez le faltan sus buenos cinco o seis centímetros de barro, las ventanas están rotas y las paredes se componen principalmente de ventilación, pero los Proscritos sienten un entrañable afecto por el lugar y es el escenario de muchas de sus correrías.
Pocas son las aventuras en las que Guillermo se embarca sin la compañía de su fiel compañero Jumble (en inglés significa mezcla, embrollo, revoltijo), un perro de cien mil razas, de espíritu orgulloso y guerrero, que tiene un encanto peculiar. Jumble es travieso y cariñoso, y siempre está dispuesto a seguir a su amo en todos sus juegos. Guillermo convierte a Jumble en tigre, en perro pastor, en cazador de ratas... y el animal siempre está dispuesto a no defraudar a su amo.
Guillermo se aburre soberanamente en el colegio, no le encuentra utilidad alguna, para él no es más que una forma de perder el tiempo. Asiste a una escuela mixta porque sus padres esperan que la influencia femenina logre dulcificar un poco su carácter. Hasta la fecha, sin embargo, la dulcificación no se ve por ninguna parte.
Aun cuando, desde el punto de vista de los adultos, los Proscritos son irritables y maleducados, en el mundo de los niños, los Proscritos son aristócratas y hagan lo que hagan, sus compañeros de colegio los admiran y, si les es posible, los emulan.