En 1935, la editorial Molino publica Travesuras de Guillermo (Just William, 1922), el primero de los libros de la serie de Guillermo Brown, (William Brown en el original) que alcanzará un rotundo éxito en nuestro país y llegará, con los años, a contar con más de treinta títulos. Su autora, Richmal Crompton (1890-1969), una escritora británica especializada en libros infantiles -también escribió novelas de terror para el público adulto-, logró retratar, con un lenguaje dominado con maestría y un estilo literario intachable, la Inglaterra rural de la primera mitad del siglo xx a través de los ojos de un niño travieso de eternos 11 años al que Fernando Savater se refiere como «el único anarquista triunfante que los tiempos han consentido».
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Cada libro cuenta con unas diez historias que se suceden sin continuidad ni orden aparente pero que juntas conforman las aventuras de Guillermo, un auténtico especialista en meterse en todo tipo de líos, envuelto en las más absurdas, divertidas y caóticas situaciones.
Prototipo de niño travieso y feliz
Uno de los mejores recuerdos de mi infancia son los momentos en los que mi padre me leía los libros de Guillermo Brown. Fueron muchas las tardes en las que escuché, de voz de mi padre, las aventuras de Guillermo y su banda, y sus libros aún me han seguido acompañando muchas noches a lo largo de todos estos años.
Los niños de la posguerra española crecieron con las historias de Guillermo. De hecho, en ningún país alcanzó la serie de Guillermo tanto éxito como en la España de los 50. Comparto la opinión de Savater cuando afirma que «la represión de los niños durante la España franquista los identificaba con la postura rebelde y anarquista de Guillermo».
[ 2 ] Pero también para muchos de los españoles que crecimos en los años 80, Guillermo se convirtió en un fiel compañero de aventuras. La editorial Molino reeditó la colección entre 1979 y 1980 y publicó nuevos títulos, dando ocasión a esos niños de la posguerra, que por entonces ya se habían convertido en padres, a transmitir el espíritu de rebeldía y libertad de Guillermo Brown a sus propios hijos.
A punto de alcanzar la primera década del nuevo siglo, creo que no hay mejor momento que el presente para invitar a los pequeños a conocer a Guillermo Brown. Rodeados de televisión, ordenadores y consolas de videojuegos, con una tendencia cada vez mayor a la inactividad, la pasividad y el consumismo, no se me ocurre mejor adalid que Guillermo y su mundo de acción, imaginación y aventura para recordar a nuestros hijos lo que es ser un niño feliz que vive la infancia de una manera plena.
Si hay algo que se puede afirmar con rotundidad de Guillermo es que es un niño inmensamente feliz, que apura la vida hasta su último aliento y consigue sacarle todo su jugo. Es un niño increíblemente optimista y destila alegría de vivir por los cuatro costados. Su inquebrantable optimismo sólo rivaliza en «tamaño» con su asombrosa imaginación.
Leyendo las aventuras de Guillermo nos invade una maravillosa sensación de energía y afectividad positiva; sus aventuras insuflan aliento vital, ganas de vivir: si realmente existe algo parecido a la felicidad completa, entonces está en Guillermo. De hecho, son constantes a lo largo de los libros las alusiones a estados emocionales intensamente positivos: «Guillermo se sentía enormemente feliz», «Regresó a casa mojado, sucio y alegre», «Cada uno se fue a su casa, maltrecho y magullado, pero feliz a más no poder», «Guillermo se divirtió ruidosamente», «Se había divertido de lo lindo», «Se sentía extremadamente feliz aquel día», «Aspiró el aire y lanzó un agudo silbido como himno de exaltación, triunfo y alegría de vivir», o «Y en el corazón de Guillermo anidaba una radiante felicidad».
En un entorno rural, sin ninguna de las prestaciones urbanas y tecnológicas de las que disponen los niños de hoy en día, Guillermo nunca se aburre, siempre inventa algo nuevo para hacer. La imaginación desbordante es uno de sus grandes dones. Es un niño activo e inquieto, que nunca se siente tan feliz como cuando trastoca por completo su propia identidad: pirata, bandido, piel roja, contrabandista, salteador de caminos, explorador, maquinista, deshollinador, buscador de tesoros escondidos, gitano, náufrago. Encuentra con facilidad aventuras y pone emoción en ellas. Se compromete en todo lo que hace y disfruta como pocas personas saben hacerlo en esta vida. La siguiente escena tiene lugar cuando asiste a una pantomima con su hermano mayor: «Para Guillermo la tarde fue de una felicidad sin nubes. Rió con tal entusiasmo que en un par de ocasiones creyó haberse roto una costilla, vitoreó al protagonista, siseó al traidor y aplaudió hasta mucho después de que hubieran terminado de hacerlo los que estaban a su alrededor».
Para Guillermo la vida es una novela romántica y gloriosa. Lo único que le pide es emoción, movimiento y la compañía de sus amigos. Todas aquellas cosas en las que Guillermo toma parte tienen la singular virtud de convertirse en algo completamente distinto de lo esperado. Posee una enorme determinación e iniciativa y existen pocas cosas a las que no sepa hallarles aplicación. No es un niño que actúe de manera corriente, le gusta el colorido, el romanticismo, la aventura. Los obstáculos no le vencen, siempre se las arregla para superarlos. Guillermo nunca hace las cosas a medias, muy pocas veces se deja apocar por las circunstancias, y rara es la ocasión en la que se da por vencido:
«-¿Divertirme? -estalló Guillermo-. ¿Cómo es posible semejante cosa si apenas le dicen a uno "diviértete" le salen con que "no seas travieso"? En cuanto empieza uno a divertirse, le advierten que "no sea travieso". Lo que yo quisiera saber es cómo "es posible" divertirse sin ser travieso.
-Pues la gente se divierte sin serlo, Guillermo -afirmó la señora Brown, suavemente.
-¡Quiá! -replicó Guillermo-. Sólo se lo figuran. "Es imposible" divertirse sin hacer travesuras. Basta atenerse a la lógica para comprenderlo».
El aspecto de Guillermo no es agradable: pequeño y anchote, con el pelo de punta y el rostro cubierto de pecas, es frecuente encontrarle con el traje cubierto de polvo, la corbata debajo de la oreja, el rostro sucio y las rodillas llenas de arañazos. Para Guillermo la limpieza perfecta es incompatible con la felicidad. Como exclama un pintor al verle: «Precisamente lo que yo necesitaba; un muchacho de verdad que parezca un golfo, por añadidura. Un niño sucio, bribón, con la corbata torcida y el cuello lleno de mugre».
Adora los verdes prados, los caminos y los bosques de su pueblo, escenario de trepidantes aventuras, y no puede vivir sin la compañía de su banda de fieles compañeros, con los que lucha, pelea, se mete en terreno vedado y urde planes atrevidos para desafiar al mundo entero.
Le gustan las cosas que hacen ruido: globos chillones, trompetas, silbatos, cornetas, y los animales poco comunes: orugas, insectos, ratas blancas. Sus bolsillos son un mundo mágico, siempre llenos de los objetos más extravagantes: cortaplumas, peonzas, trozos de masilla, caramelos, piedras, cordeles, tizas, gomas, peonzas, navajas, lagartijas... Guillermo también utiliza su gorra como receptáculo para algas, seres acuáticos, piedras, tierra, barro y masilla:
«-¿Para qué sirve una gorra si no es para llevar cosas en ella? Es una tontería llevarla sólo en la cabeza. Nadie usa las gorras para ponérselas sólo en la cabeza».
Niño elocuente, imaginativo y lector