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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 194 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

ESTUDIO. Philip Pullman: el realismo de la fabulación

por Víctor Aldea
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 194, Junio 2006

Número de páginas: 7
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El origen de esa entidad se remonta con claridad al concepto socrático de «demonio» en el sentido de lo que hoy entendemos como «intuición» y a la idea cristiana del ángel de la guarda, a la existencia de una voz interior o de una conciencia que encauza las acciones y los pensamientos de quien la posee. La gran diferencia es que Pullman le concede a este concepto la corporeidad, lo hace visible, aprovechando la corriente de pensamiento propia del chamanismo de que los animales de compañía son algo más que meros animales. Según la tradición chamánica, el espíritu errante que se separa del cuerpo durante los episodios de trance adopta una forma animal, una forma que responde a la esencia vital del individuo. Sin embargo, en el uso que Pullman hace de estos personajes en sus novelas, semejante separación resulta imposible en los humanos (no así en las brujas), y el distanciamiento entre humano y daimonion es una de las experiencias más traumáticas a las que una persona puede verse sometida. Recordemos al respecto el episodio en que Lyra tiene que desprenderse de Pantalaimon en la orilla del río antes de cruzar hasta la tierra de los muertos en El catalejo lacado o el proceso de separación al que la señora Coulter somete a un grupo de pequeños en Bolvangar para sus propósitos experimentales en favor del Magisterio.
En el mundo de Lyra los daimonions adoptan precisamente esta tridimensionalidad, mientras que en el universo de Will (el nuestro) esta esencia individual permanece oculta a ojos de propios y extraños. Físicamente, las personas y sus daimonions comparten un vínculo que, aunque invisible, resulta esencial en su relación con el medio en el que viven. La energía que une a los humanos y a sus daimonions es muy poderosa y por esa razón al final de Luces del norte lord Asriel necesita separar a Roger de su daimonion, con el fin de aprovechar esa energía para tender un puente hacia un universo paralelo.
Una de las principales características que definen a los daimonions es que, salvo en contadas ocasiones, pertenecen al sexo contrario al del personaje humano que completan. Pullman, que en algunos momentos de la trilogía se hace eco del pensamiento oriental del I-ching, parece querer afianzar en la figura de los daimonions el equilibrio de fuerzas contrarias que establecen la armonía universal, la idea platónica de la división del alma humana en dos partes: la física y la intangible.
Si bien todos los humanos en el mundo de Lyra poseen un daimonion visible, la principal diferencia que existe entre los que acompañan a los niños y los que van junto a los adultos es el hecho de que los primeros tienen la capacidad de mutar constantemente, mientras que los segundos ya han adoptado la forma definitiva de un animal que representa el verdadero carácter del personaje. Durante la conversación que Lyra mantiene con uno de los personajes en el primer libro acerca de por qué llegará un momento en que Pantalaimon perderá la facultad de cambiar de forma, Jerry el marinero le cuenta que los daimonions que adoptan una forma definitiva ayudan a los niños a tomar conciencia de sí mismos en su camino hacia la vida adulta, convirtiéndose en un punto de apoyo a la hora de descubrir el lugar que cada uno ocupa en el mundo. Los daimonions simbolizan, en definitiva, la oposición entre la maleabilidad, la naturaleza mercurial y el potencial infinito de los niños y la realidad de ordinario estática de la vida de los adultos.
Pullman y la religión
Philip Pullman jamás ha ocultado los ecos religiosos que vertebran el esqueleto de su criatura narrativa. La figura del paladín más destacado de la lucha en contra de la Iglesia como institución tradicional recae en el personaje de lord Asriel, que harto de los excesos históricos cometidos por el Magisterio decide enfrentarse a la propia Autoridad, derogarla y establecer en un mundo paralelo lo que se conoce como la República del Cielo. La oposición de opiniones entre la defensa del libre albedrío de lord Asriel y el sometimiento a las reglas dictadas por la Iglesia por parte de la señora Coulter representa la división que termina en una contienda a muerte entre quienes defienden que la Iglesia siga adelante con la esclavitud impuesta a sus fieles y los que, por el contrario, buscan liberarse del yugo al que se ha visto sometida la humanidad desde el pecado original de Eva.
Para Pullman, el personaje bíblico de Eva obró bien al contravenir la prohibición expresa de comer la fruta del Árbol del Conocimiento. Con independencia de su obra literaria, Pullman considera que la Iglesia es la responsable de atizar la idea del pecado y de la tentación original para reprimir a sus fieles con el fin de someterlos con el sentimiento de culpabilidad que atenaza sus vidas. En las más de mil doscientas páginas de su trilogía, el autor decidió que Lyra y Will debían desobedecer las enseñanzas del Magisterio, si bien es cierto que quienes los apoyan, la mayoría de los personajes con los que se cruzan a lo largo de los tres libros, nunca cuestionan sus acciones y aceptan su proceder como algo bueno no sólo para ellos mismos, sino para todos. A medida que progresa la acción, los personajes de la trilogía toman conciencia de que si Lyra llega a experimentar el amor carnal como algo bonito, exento de toda culpa, ello echaría por tierra la autoridad represiva que el establishment eclesiástico lleva siglos encargándose de fomentar. Básicamente, ésa es la razón por la que el presidente del Magisterio, el padre Hugh MacPhail, decide poner fin a la vida de la joven, encomendándole el trabajo a otro religioso, el padre Luis Gómez, cuyo nombre castellano parece un guiño más que probable a la antigua Inquisición española que durante siglos se enzarzó en la caza de herejes, que finalmente perece a manos del ángel Balthamos.
El principal ataque por parte de Pullman contra la doctrina cristiana es la existencia de organismos dirigidos por seres humanos empecinados en reclamar la fuerza motriz del universo para sí mismos al precio que sea con el fin de que satisfaga sus propósitos, que poco tienen que ver con el cristianismo primitivo. Pese a las dotes de narrador de Pullman, en ocasiones el escritor carga de un modo implacable contra las creencias religiosas cristianas y contra sus representantes, en especial contra los sacerdotes, a los que describe como seres muy proclives a empinar el codo, malhumorados y déspotas y entre cuyas lindezas se cuentan la supervisión de actos de tortura o el afán de cometer asesinatos, como en el caso del padre Gómez. Esta manera de presentar a los personajes adscritos a los intereses del Magisterio termina convirtiéndolos en auténticas caricaturas, lo que en cierto mod conlleva la idea de que jamás han existido monjas o párrocos buenos, algo que hace un flaco favor a la creación de su autor.
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