Si antes mencionábamos la facilidad con que Lyra es capaz de hilvanar historias y el provecho que durante toda la narración saca de su don, no es menos cierto que el momento de su encuentro con la harpía -en El catalejo lacado- marca un punto de inflexión, impone un cambio forzoso de actitud respecto del concepto de fabulación, cuando el monstruo mitológico es presa de la rabia y vocifera «¡Liar!», efectivo anagrama del nombre de Lyra, cuyo significado en inglés traduciríamos por «mentirosa» o «embustera», y que ni la traducción castellana ni la catalana han podido mantener, con la consiguiente pérdida de gran parte de la intención del escritor. A partir de entonces, la chica se ve obligada a tomar conciencia de que las mentiras ya no son la solución a un problema o a una peripecia; tan sólo aquellas historias que brotan de la propia experiencia vital de un personaje surtirán el efecto esperado, todo ello en un ejercicio muy unamuniano del concepto de «intrahistoria».
Will Parry, por su parte, aporta a la narración el equilibrio y la solemnidad ante determinadas situaciones que el carácter de Lyra en cierto modo descuida o rehúye. El joven Parry, un año menor que Belacqua, se muestra como alguien reservado, precavido, racional, mucho más introvertido que la chica, un personaje que se ha visto obligado a madurar más deprisa que la mayoría de los chicos de su edad al desaparecer su padre y tener que hacerse cargo de su madre mentalmente enferma; un chico que al principio de La daga mata a un hombre en legítima defensa por accidente, pero que, pese a aceptar las consecuencias de su acción, se niega a convertir el episodio en el centro de su vida y, en lugar de ello, es capaz de subsumirlo a su experiencia vital, lo que le ayuda a enfrentarse a la violencia cada vez que ésta se cruza en su camino. A medida que el relato progresa, Will descubre que vale la pena confiar en Lyra; los sentimientos que ella le despierta le dan la fuerza suficiente para contarle sus secretos más recónditos y sus inquietudes más íntimas, lo que le permite desarrollarse como persona completa, en un ejercicio de traslado del amor maternal al amor carnal, y madurar hasta el punto de aceptar la opción de destruir la daga de la Torre de los Ángeles que le hubiera permitido convertirse en regente del universo. Parry comprende la diferencia que existe entre el deseo de imponer la propia voluntad y la independencia de esa misma voluntad, en un eco directamente relacionado con la obra épica de Tolkien y la entidad autónoma del Anillo Único o con el pensamiento vinculado al concepto de la voluntad de poder.
Lord Asriel y la señora Coulter
Una de las bazas con las que Pullman más gratamente sorprende al lector es la hondura psicológica de los padres de Lyra. La inmensa mayoría de las novelas dirigidas a un público juvenil que se editan hoy en día presentan personajes claramente maniqueos, pero la trilogía de La Materia Oscura intenta evitar caer en este juego de buenos contra malos y, a cambio, ofrece caracteres atizados por las dudas, conscientes de lo erróneo de sus acciones, y capaces de rectificar y de sacrificar su vida para salvar la de sus semejantes. En este caso, los padres de Lyra Belacqua terminan aceptando que, pese a sus ansias de poder, el destino les tiene reservado el propio sacrificio para salvaguardar la vida de su hija.
Al principio de la historia, Lyra vive convencida de que lord Asriel, un bravucón déspota, malhumorado y dedicado a sus propios propósitos, es su tío. Aunque, a lo largo de la mayor parte de la trilogía, Pullman hace pensar al lector que el principal propósito del padre de Lyra es derogar a la Autoridad y arrebatarle el poder, al término del tercer libro queda claro que la verdadera intención de Asriel es instaurar lo que el escritor denomina la República del Cielo, una suerte de paraíso libre de la tiranía de la Autoridad y del Magisterio, dirigido por el libre albedrío, en el que la libertad de elección por parte de sus moradores pasa por encima del dogma impuesto por los poderes religiosos terrenales. Sin embargo, las acciones de Asriel no siempre responden a motivos tan altruistas, pues recordemos que él es el responsable de la muerte de Roger, el amigo de Lyra en el Jordan College de Oxford.
La señora Coulter, en cambio, se presenta ante la chica como una bellísima aristócrata que representa la feminidad que Lyra jamás ha conocido durante los años que ha vivido en el Jordan College de Oxford. Sin embargo, al final del primer volumen descubre que se trata de un personaje cruel y despiadado, agente de la Iglesia y amante del director del Jordan College, lord Boreal, el cual dedica sus esfuerzos a perfeccionar las técnicas de separación a que somete a los niños y a sus daimonions para obtener el secreto del Polvo, la principal preocupación de la mayoría de los personajes que aparecen en la trilogía. La forma en que lord Boreal lleva a cabo su labor recuerda a los experimentos que los nazis realizaron durante la segunda guerra mundial en civiles inocentes.
También es cierto que, en nombre del poder, al cierre de La daga, la señora Coulter parece dispuesta a sacrificar la vida de su hija para evitar una nueva tentación por parte de una segunda Eva, si bien capítulos después queda manifiesta la intención de protegerla de los intereses del Magisterio. No obstante, los métodos de los que se sirve para salvaguardar a su hija -mantenerla cautiva en una cueva bajo los efectos de sedantes- acaso resultan demasiado sospechosos para el lector y no parecen el mejor camino para satisfacer sus instintos maternales recuperados tras abandonar, al poco de nacer, a su hija al amparo de Ma Costa, una giptana.
A lo largo de toda la narración, Coulter se revela ante la mayor parte de los personajes como una peligrosa seductora, capaz de cautivar a jóvenes (al verla por primera vez Will, se queda fascinado por su belleza y por sus maneras) y adultos, a personajes de carne y hueso y a entidades sobrenaturales (como en el caso del enviado de la Autoridad, el ángel Metatron, a quien consigue engañar y, junto a lord Asriel, llevar hasta la muerte), algo que la convierte en un personaje muy próximo al arquetipo de mujer fatal, astuta, manipuladora, cono-cedora de las debilidades tanto de su propio sexo como del contrario y que no duda en aprovechar este refinado conocimiento para lograr sus objetivos.
Daimonions: la encarnación de la conciencia
En más de una ocasión, Pullman ha declarado lo satisfecho que se siente como escritor de haber sabido incluir la figura de los daimonions en la trilogía que más triunfos le ha procurado. Si bien es cierto que los daimonions no son en ningún caso una creación original de Pullman, sí es una verdad innegable que los personajes ofrecen matices y peculiaridades que responden a la fértil imaginación de su autor.