Después de muchas vicisitudes, Will y Lyra se encuentran. Ella ha tenido unos sueños en los que se aparece su amigo Roger, desaparecido, que le pide que vaya a la tierra de los muertos. Mientras ella accede a este mundo, sus padres, que en ese momento claramente tratan de protegerla, viven una serie de peripecias para evitar que la Autoridad acabe con la chica. De hecho, acaban muriendo para salvarla. Por su parte, Lyra y Will descubren que están enamorados, pero tienen que separarse. Malone, una científica del mundo de Will, les explica que el Polvo desaparece porque Will ha abierto demasiadas ventanas a otros mundos y deberá cerrarlas todas salvo una, aquella por la que los espectros de la tierra de los muertos recobran su libertad para integrarse en el universo. Los dos amigos saben lo que eso significa: cada uno tendrá que regresar a su mundo, pues vivir de forma prolongada en un universo extraño los haría envejecer muy deprisa y morir en poco tiempo; jamás tendrán la oportunidad de volverse a ver, pero entienden que no les queda otro remedio y así obran. De todos modos, acuerdan encontrarse en el Jardín Botánico de sus respectivos mundos al mediodía el día de San Juan para poder sentir que están juntos. Will regresa a su mundo con Malone y una vez allí rompe la daga pensando en la separación de Lyra que, por su parte, ya en su mundo, se escapa con Pantalaimon hasta el Jardín Botánico, donde promete a su daimonion que tanto ella como Will están resueltos a ayudar a construir la República del Cielo en la tierra, una república que ambos entienden como aprovechar al máximo la vida terrenal que se les ha concedido, haciendo partícipes de ello a cuantos los rodean.
El comienzo de la trilogía
Desde sus inicios como narrador, Pullman siempre ha defendido a ultranza la fabulación como un elemento indisociable de la trayectoria vital de quien se acerque para escuchar o para leer sus historias: el cuentista debe ofrecerse al servicio de un argumento claro y de un sentido trepidante de la aventura y debe proponer un elenco de personajes dotados de autonomía suficiente que les permita disfrutar de una libertad de elección que, en ocasiones, puede quedar alejada de las filias o fobias del propio escritor. Con este grado de autonomía se consigue la verosimilitud y la coherencia de unos hechos y unas acciones que visten la progresión narrativa de los libros. La trilogía de La Materia Oscura procura dar buena cuenta de ello.
Crisol literario en el que confluyen distintas influencias, entre las que se cuentan el poema épico El Paraíso Perdido de John Milton (de donde Pullman sacó el título genérico de la trilogía), las obras del poeta visionario inglés William Blake, un breve ensayo filosófico del romántico alemán Heinrich von Kleist -Sobre el teatro de marionetas- e incluso personajes universales de la literatura infantil como los Mumin de la autora finlandesa Tove Jannson (de los que el autor se sirvió como modelo para crear a los mulefas), la trilogía es una obra en la que Pullman se propuso ofrecer su particular visión del mito del pecado original. Y lo hace a través de los ojos de dos preadolescentes, Lyra Belacqua y Will Parry, y de un despliegue de personajes, subtramas y arquetipos, todo ello barnizado con una pátina de reflexión filosófica que puede ser la razón por la que los libros han gozado del favor de un público tanto joven como adulto. La riqueza del texto, como ya sucediera con La historia interminable de Michael Ende, da pie a un amplio abanico de lecturas que permite a cada lector satisfacer sus propios intereses e identificarse con alguno o algunos de sus múltiples personajes.
Personajes
Aunque Pullman confía la acción de los tres volúmenes a Lyra y Will, sus dos protagonistas, también es cierto que ofrece una impresionante galería de caracteres que aparecen y desaparecen a lo largo de las más de mil páginas de la trilogía; muchos de ellos le permiten abrir nuevas tramas en el argumento principal de La Materia Oscura -como si se trataran de la daga mágica de Will que sirve para penetrar en mundos y submundos-, desarrollar nuevas posibilidades de interpretación y aportar nuevas informaciones a los acontecimientos que se relatan en los tres libros.
En función de esta ambición narrativa, no resulta casual la aparición de John Faa, el líder giptano, de Iorek Byrnison, el oso polar que se convierte en el mejor aliado de Lyra en Luces del norte, de Lee Scoresby, el aviador que ayuda a localizar al padre desaparecido de Will, de Serafina Pekkala, la reina de las brujas, o de Mary Malone, la monja convertida en científica de El catalejo lacado, cuyas enseñanzas abrirán los ojos a la pareja de jóvenes protagonistas acerca de la verdadera naturaleza de la misión en que se han enzarzado. Sin embargo, a pesar de esta nutrida galería de personajes hay dos que sobresalen: la señora Coulter y lord Asriel, los padres de Lyra (cuya consanguinidad la niña desconoce hasta bien entrada la acción desarrollada en la trilogía); ambos tienen una rica complejidad psicológica, atrapados entre el reconocimiento de su paternidad, sus propias ambiciones y el trágico sacrificio de sus vidas, en realidad, por amor a su hija.
Lyra y Will
Lyra Belacqua representa el espíritu más libre, menos juicioso y más impulsivo de toda la trilogía, y su irreflexión muchas veces se ve reconducida por las opiniones de Pantalaimon, su daimonion/alma/conciencia, que en los tres libros se esfuerza por canalizar el arrojo más primario de la chica. Pullman convierte a Lyra -que posee una capacidad innata para inventar, hilvanar y contar historias- en un personaje independiente, desconfiado, tozudo e incluso irrespetuoso ante la autoridad adulta, con un comportamiento propio de caracteres literarios como el Guillermo de Crompton, el Penrod de Tarkington o el Tom Sawyer de Twain.
Creerse huérfana hace que el único vínculo estrecho que es capaz de mantener sea con Roger, el chico de la cocina del Jordan College, y que le sirva de acicate para emprender sus aventuras tras enterarse de su desaparición. A lo largo del viaje, no obstante, Belacqua se verá obligada a asumir distintas responsabilidades (como cuando debe hacerse cargo del aletiómetro), las cuales desembocarán en la elección que deberá tomar con Will en la parte final del tercer libro; una elección que conlleva un gran sacrificio, gracias al cual la muchacha se muestra a lo largo de la trilogía como un personaje psicológicamente maduro y complejo, cargado de matices que evitan convertirla en alguien excesivamente bueno o en una rebelde sin una causa a la que encomendarse.