Porque el arrepentimiento es la condición necesaria para compensar el daño infligido. Es lo que afirma el filósofo Vladimir Jankélévitch a propósito de la naturaleza del perdón: «El arrepentimiento implica drama y vida moral: vida moral, es decir, actos de contrición; vida moral, es decir, pesar vergonzoso, acompañado del sabio propósito de mejorar en el porvenir, endosando valerosamente el sufrimiento; el arrepentimiento da vueltas y vueltas al recuerdo de la culpa y procura redimirla. El tiempo del arrepentimiento, por oposición a los veinte años huecos de la prescripción, es por lo tanto una plenitud meditativa y recogida: lo que opera en el arrepentimiento es la sinceridad del lamento y el ardor intensivo de la resolución».
[ 10 ] Únicamente si hay reconocimiento de la deuda que uno ha contraído con la víctima y se esfuerza por compensarla, será posible la reconciliación. Fui protagonista involuntario de otro suceso ocurrido en un instituto de enseñanza Secundaria de Granada. En un encuentro con alumnos de Bachillerato, y como acostumbro a hacer cuando defiendo las virtudes de la literatura y la lectura, leí en voz alta el relato de Madrechillona. A aquel acto asistían igualmente algunas madres de alumnos, pues la propia Asociación de Madres y Padres de Alumnos del centro había organizado el acto junto a los profesores. Al término de la lectura, y para asombro y turbación de la propia hija allí presente, una de las madres, profundamente conmovida por la historia, le pidió perdón públicamente por si alguna vez la había herido con sus palabras y nunca lo había reconocido. La historia infantil del pingüino humillado había provocado una reacción tan espontánea como sincera, había suscitado en una madre real la necesidad de responder a las incitaciones de la literatura.
He percibido también el alivio de los niños y adolescentes a los que he leído ese libro cuando la madre del cuento, recién acabada la última puntada de los pies del hijo, le pide perdón y reanudan la marcha. Los comentarios de los niños -«La mamá del pingüino lo quiere mucho», «A mí también me grita mi mamá pero luego me quiere otra vez», «Un día le pedí perdón a mi hermano»- demuestran que son conscientes del sentido reparador de esa acción, del valor que tiene para la convivencia. Sólo así, haciendo ver, gracias a la experiencia poética, las secuelas del daño y el beneficio de la enmienda, podrá comprenderse el significado de las agresiones y hacer a los individuos conscientes de sus compromisos, no sólo en el espacio íntimo sino en el ámbito público. Otro filósofo, Rafael Argullol, y a propósito de los estragos que las guerras han ocasionado en todo el mundo, afirma que es necesario romper la cadena de complicidades que impide la aceptación de la culpa y la depuración de las responsabilidades, pues únicamente mediante la solicitud y el otorgamiento del perdón será posible eliminar la injusticia e impedir la impunidad. Y agrega: «Pero si con las de los Derechos Humanos llegáramos a formular una Declaración Universal de los Deberes Humanos -la única que daría efectividad a aquélla- no hay duda de que el arte de pedir perdón ocuparía el primer capítulo del texto».
[ 11 ] Ese deber ineludible, ese compromiso ético, sería entonces uno de los aprendizajes cívicos fundamentales, al que la literatura podría sin duda contribuir.
La cuestión es que si la emoción y el conocimiento que pueden lograrse con esos libros para niños y jóvenes son semejantes a los que pueden alcanzarse con una novela o un ensayo filosófico, ¿cómo no reparar entonces en los espacios comunes que comparten la literatura más grande con la no menos grande que se refugia en los álbumes ilustrados o los cuentos infantiles? Porque si prestáramos la atención debida a esos espacios, tal vez la literatura infantil y juvenil dejaría de ser considerada un arte menor o subalterno, apto únicamente para la diversión o las prácticas escolares, y podría ser aceptada como un principio de sentimiento y de vida, como un modo de encender el amor por la literatura.