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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 191 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Gritos, vejaciones, perdón (Travesías I)

por Juan Mata
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 191, Marzo 2006

Número de páginas: 3
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Ese suplicio del quebranto del cuerpo, que está presente metafóricamente tanto en Madrechillona como en Juul, es muy semejante al que sentían los prisioneros de los campos de concentración nazis, como atestiguan, entre otros, Primo Levi e Imre Kertész, [ 6 ] supervivientes respectivamente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald. Sus testimonios acerca de la condición de no-hombre, que en la jerga de los campos se denominaba musulmán, [ 7 ] son sobrecogedores. Perturba comprobar la tenue frontera que separa la resistencia del abandono, lo humano de lo inhumano, y cómo el sentimiento de anulación corporal los atrapaba poco a poco y amenazaba con vencerlos. El primero de ellos rememora: «Ya me han salido, en el dorso de los pies, las llagas que no se curan. Empujo carretillas, trabajo con la pala, me fatigo con la lluvia, tiemblo ante el viento; ya mi propio cuerpo no es mío: tengo el vientre hinchado y las extremidades rígidas, la cara hinchada por la mañana y hundida por la noche; algunos de nosotros tienen la piel amarilla, otros gris: cuando no nos vemos durante tres o cuatro días nos reconocemos con dificultad». [ 8 ] Y el segundo confirma: «Observaba atónito con qué velocidad, con qué desenfrenada rapidez disminuía, día a día, la carne de mis huesos, hasta que no quedaba nada, hasta que desaparecía toda mi materia blanda. Cada día me sorprendía algo nuevo, algún nuevo fallo o algún defecto, en aquella cosa que me resultaba cada vez más rara y extraña, aunque hubiese sido un buen amigo: mi cuerpo. Ya no podía ni verlo sin tener una sensación de desequilibrio, de horror». [ 9 ] Son dos experiencias distintas, pero en ambos casos la sensación es la misma: la enajenación del cuerpo, la angustia de sentir la progresiva disociación entre la conciencia y la materia carnal.
No es mi intención equiparar burdamente el grito irritado y espontáneo de una madre a su hijo o las burlas crueles de unos niños hacia los más indefensos con las atrocidades despiadadas del nazismo en los campos de concentración. Únicamente trato de señalar que la dimensión interrogadora de la literatura, su autoridad para afrontar la naturaleza del abatimiento que ocasionan la ofensa o la humillación, puede estar presente también en libros destinados a los niños. Y tampoco reclamo la necesidad de abrumarlos con farragosas disquisiciones históricas. Lo que pretendo resaltar es la identidad de valores literarios y éticos entre ciertos libros infantiles y otros tantos de adultos. Es decir, destacar la contingencia de que con unos y otros pueden afrontarse, a diferentes niveles, cuestiones capitales de la experiencia humana. Porque, ¿no es esa sensación de desgarramiento la que se hace presente, con las diferencias de grado que quieran establecerse, en los álbumes infantiles antes mencionados? En ambos libros, el cuerpo sufre la embestida del entorno -un grito, los insultos- y como consecuencia se quiebra, se disgrega y se envilece («estoy descompuesto», decimos en español para significar la angustia por un agravio o una vejación). De pronto, el cuerpo ya no es nuestro cuerpo, lo sentimos desconocido y abominable, grueso o deforme o torpe u oscuro o pequeño. Lo sentimos definitivamente como un estorbo, como un castigo. Es la posibilidad de reflexionar, gracias a las metáforas, sobre la anulación y destrucción de lo específicamente humano lo que convierte a Madrechillona y Juul en libros admirables.
Alguien podría argüir con razón que la conciencia de la inhumanidad no es propia de los niños. No, desde luego, planteada en esos términos. Pero los signos de la humillación son claramente reconocibles por ellos. Muchos niños saben que el alarido materno en Madrechillona, aun sin saber ponerle nombre, también les concierne a ellos. El quebranto emocional que sigue a un grito injusto, arbitrario, es un sentimiento universal. Cuando se les permite expresarse, muchos niños hablan de esa experiencia. Y gracias a Juul he podido saber que el odio al propio cuerpo, el deseo incluso de amputarse los miembros que los demás desaprueban o de desvanecerse después de una crítica o una mofa, es más común de lo que se admite. He asistido incluso, conmovido y paralizado, al sollozo de un alumno universitario incapaz de reprimir las lágrimas después de escuchar en clase el relato de Juul porque, muchos años después, la reconocía como propia. Él también había sufrido las amenazas y la violencia de sus iguales y hasta el momento de escuchar el relato no había tenido oportunidad de liberar las lágrimas estancadas y casi corrompi-das. El libro, por fin, lo había aliviado. Y es en esos trances, en esa afluencia inesperada de recuerdos y sentimientos, donde la presencia de los adultos se hace realmente valiosa, donde resultan ineludibles su participación y su tacto. Es la solícita inteligencia de los mayores la que hará posible la introspección de los lectores o los oyentes, la que puede conducirlos hasta el umbral de la emoción y el pensamiento, la que inspira sin abrumar. Sobre ellos recae la responsabilidad de saber interpretar los comentarios de los niños y los jóvenes, de hacer las preguntas sutiles que les permitan ensanchar y dotar de significado su propia experiencia.
El daño reparado
Y luego está la gran iluminación.
Al final de Madrechillona vemos la amorosa y paciente labor de reconstrucción que emprende la madre recomponiendo lo que previamente había desmembrado. Al término del relato, y después de haber buscado y cosido los trozos diseminados del hijo, la madre pronuncia la palabra necesaria, rehabilitadora. «Perdón», le dice al hijo, tras lo cual ambos reanudan juntos el camino. La escueta palabra le permite rehacer la situación anterior al grito ofensivo.
Y asimismo está la labor de recomposición que afronta Nora, la niña compasiva que recoge los despojos de Juul y los va acumulando con suma delicadeza en su cochecito de muñecas, dispensándoles amor, cuidados y palabras amables, y ofreciéndole finalmente un lápiz para que Juul pueda rehacerse al pensar, al escribir, al narrar, igual que ocurría con Joe Bonham, cuya voz interior se manifestaba para contarnos su suplicio. Al pedir perdón -«la madre había recogido y cosido todo»-, el daño inicial se repara, el desgarro físico y emocional llega a su fin, de la misma manera que al interesarse Nora por la suerte de los restos de lo que fue un ser viviente -«¿Qué es lo que te ha pasado?»- está propiciando el alivio, la reparación de la identidad mediante la narración de su vida. Entonces el sentimiento de integridad reaparece, la plenitud sensorial e intelectiva que constituye la naturaleza de lo humano se restaura.
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NOTAS
  • [ 6 ]

    Levi, Primo, Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik Editores, 1995; Kertész, Imre, Sin destino, Barcelona: Acantilado, 2001.

  • [ 7 ]

    «El denominado Muselmann, como se llamaba en el lenguaje del Lager al prisionero que había abandonado cualquier esperanza y que había sido abandonado por sus compañeros, no poseía ya un estado de conocimiento que le permitiera comparar entre bien y mal, nobleza y bajeza, espiritualidad y no espiritualidad. Era un cadáver ambulante, un haz de funciones físicas ya en agonía», en Améry, Jean, Más allá de la culpa y la expiación: tentativas de superación de una víctima de la violencia, Valencia: Pre-Textos, 2001.

  • [ 8 ]

    Levi, op. cit., p. 39.

  • [ 9 ]

    Kertész, op. cit., p. 168.


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