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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 191 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Gritos, vejaciones, perdón (Travesías I)

por Juan Mata
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 191, Marzo 2006

Número de páginas: 3
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He visto a niños de 2, 3, 4 años embelesados ante espectáculos de teatro y danza como Toc, Toc, Toc o Pedro y el lobo o I colori dell'acqua o Mua, mua; [ 1 ] he visto a niños de 7 y 8 años silenciosos y felices ante obras de Alexander Calder o Joan Miró; he visto a niños de todas las edades intensamente atentos a la lectura, realizada por sí mismos o por adultos, de cuentos como No es fácil, pequeña ardilla, Elmer o El lugar más bonito del mundo. [ 2 ] Son observaciones personales y por tanto no tienen valor demostrativo, pero han sido tan reveladoras e incontestables esas experiencias que me afirman en la convicción de que la acostumbrada muralla que elevamos entre el mundo adulto y el infantil, «eso no lo entienden los niños», tiene más que ver con los prejuicios y las perezas de los mayores que con las capacidades intelectuales y emotivas de la infancia.
En el mundo de la vida, son precisamente las cosas que no entendemos del todo las que más nos subyugan, las que más nos incitan a preguntar e indagar.
Y lo dañino de ese prejuicio son las oportunidades desaprovechadas, quizá para siempre, de ofrecer a los niños experiencias irrepetibles, motivos para poder pensar junto a los adultos sobre las cosas que importan y les importan. Porque con la misma frecuencia con que he escuchado esas prevenciones -«esto no es apropiado para los niños»-, he escuchado también las manifestaciones de incredulidad que siguen al júbilo de una representación, un concierto o una lectura: «ni por asomo podía imaginar que los niños reaccionarían así de bien». Pero ¿acaso qué tipo de resistencia esperaban de ellos? ¿Qué insensibilidad les presuponían? ¿Qué escasa inteligencia les asignaban?
A propósito de ciertos libros infantiles percibo idéntica desconfianza. Sus argumentos, su lenguaje o sus ilustraciones resucitan con frecuencia el consabido dictamen. Y cuanto más valiente es el libro, es decir, cuanto más delicada es la cuestión que aborda o más arriesgado es su planteamiento visual, más insistentes son esos comentarios. Lo cierto es que muchos álbumes y libros para niños evidencian una hondura y una ambición difíciles de encontrar en tantos libros escritos para los adultos. Dos de esos peliagudos asuntos, la humillación y el perdón, que bien podrían encuadrarse en la categoría de «impropio de niños», tienen, sin embargo, en la literatura infantil ejemplos admirables que hacen que las historias que cuentan puedan equipararse a la más grande literatura.
Tu cuerpo ya no es tu cuerpo
Guardo un muy vivo recuerdo de la película Johnny cogió su fusil, dirigida en 1971 por Dalton Trumbo, autor a su vez de la novela que la inspiró. [ 3 ] Cuando la vi por primera vez, hace más de treinta años, me conmovió hondamente. Su concisión, su desnudez, su alternancia de tonalidades (blanco y negro para las secuencias de la sala del hospital; colores vivos para los recuerdos felices) me produjeron la impresión de haber presenciado una obra maestra, irrepetible, no tanto por su perfección técnica como por ser uno de los alegatos antibelicistas más feroces y sobrecogedores que había visto nunca. La posterior lectura de la novela corroboró esa sensación.
Lo más estremecedor era la imagen del cuerpo amputado de Joe Bonham, desmembrado en realidad, poco más que un torso palpitante y tendido en una aséptica sala de hospital, que mantenía intacta su conciencia a pesar de los destrozos físicos, que conservaba activa su capacidad de pensar, su memoria y sus emociones, y de las cuales se servía para narrar su vida, sus sueños aniquilados, sus días alegres, sus rencores contra la propaganda patriótica que puede conducir a un joven risueño hasta la mutilación o la muerte. Pocas metáforas contra las guerras tan transparentes y desasosegadas como aquel trozo de carne desgarrado, lúcido, aferrado a la vida gracias a su capacidad de razonar. Esa inconcebible condición de hombre vivo aunque deshecho. «Se preguntó cómo había podido salir con vida. Había tíos que se arañaban el pulgar y se morían. El alpinista se caía de un escalón, se fracturaba el cráneo y moría el jueves. Tu mejor amigo iba al hospital para operarse del apéndice y cuatro o cinco días después estabas junto a su tumba. Un pequeño microbio como el de la gripe acababa con la vida de alrededor de diez millones de personas en un solo invierno. Entonces ¿cómo era posible que un tío perdiese los brazos y las piernas y los oídos y los ojos y la nariz y la boca y siguiera viviendo? ¿Cómo entenderlo?», [ 4 ] esto se lee en la novela que sirvió a Dalton Trumbo para denunciar las atrocidades de las guerras gracias a la conciencia palpitante e irreductible que había subsistido a las mutilaciones.
Rememoro esa imagen del cuerpo descuartizado y pensante al leer libros de literatura infantil como Madrechillona o Juul. [ 5 ] También en ellos hay unos cuerpos pensantes y descuartizados. En el primero, un joven pingüino se deshace en pedazos después de un grito furibundo de su madre. El hijo se quiebra y sus miembros se dispersan por el universo, el mar, la jungla, las montañas, la ciudad y el desierto, a pesar de lo cual conserva su capacidad de razonamiento, igual que le ocurre a Joe, y gracias a ello el joven pingüino puede ir relatando su suplicio, su dificultad para pedir auxilio, su soledad. El estupor ante la humillación padecida, con su consecuente desarticulación física, no le paraliza sin embargo el pensamiento y la memoria. En Juul, por el contrario, es una mutilación voluntaria y dolorosa lo que sucede ante los ojos atónitos del lector. El protagonista -¿un muñeco, un niño?- va despedazándose brutalmente tras cada insulto, tras cada carcajada, tras cada reproche de sus compañeros. No es la explosión de una bomba, como en el caso de Joe, ni un grito desmesurado, como en el caso del pingüino, sino las burlas de los otros -anónimas voces sin rostro- lo que empuja a Juul a desprenderse sucesivamente de sus rizos, sus orejas, sus ojos, su lengua, sus piernas... hasta quedar reducido a una cabeza que sus verdugos usan finalmente como pelota para jugar al fútbol. Ingenuamente confía en que ese sucesivo desgarro corporal acabe calmando la saña de sus acosadores. A pesar de sus amputaciones físicas, Juul no pierde en ningún momento la conciencia de su tormento.
He advertido los silencios interrogativos y perplejos de los niños que escuchaban la historia del pingüino destrozado y sus inmediatas asociaciones con los momentos de afrenta e impotencia sufridos por ellos mismos, y también las risas nerviosas y las repugnancias de los adolescentes que precedían, en el caso de Juul, al estallido de rabia y al desahogo de las víctimas, a los reproches amargos a los compañeros por los insultos padecidos. En ambos casos -en Madrechillona con más suavidad; en Juul más descarnadamente- he comprobado la potestad reveladora de la literatura, su capacidad para provocar la reflexión, para liberar los silencios, para calmar las angustias acumuladas.
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NOTAS
  • [ 1 ]

    Obras, respectivamente, de Théâtre de la Guimbarde (Bélgica), Compañía Etcétera (España), Compagnia La Baracca (Italia) y Da.Te Danza (España).

  • [ 2 ]

    Ramón, Elisa y Osuna, Rosa, No es fácil, pequeña ardilla, Pontevedra: Kalandraka, 2003; McKee, David, Elmer. Madrid: Altea, 1995; Cameron, Ann, El lugar más bonito del mundo, Madrid: Alfaguara, 1996.

  • [ 3 ]

    Trumbo, Dalton, Johnny cogió su fusil, Barcelona: Bruguera, 1981.

  • [ 4 ]

    Trumbo, op. cit., p. 81.

  • [ 5 ]

    Bauer, Jutta, Madrechillona, Salamanca: Lóguez, 2004; De Maeyer, Gregie y Vanmechelen, Koen, Juul, Salamanca: Lóguez, 1996.


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