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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 185 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

El legado inagotable

por Liliana Heker
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 185, septiembre 2005

Número de páginas: 2
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Pero, en honor a las simetrías, ya que hablé de la primera vez que experimenté esa cualidad salvadora, voy a detenerme también en la última. Fue a fines del 2001, cuando mi país, y el mundo, y mis propias convicciones a propósito de mi país y del mundo parecieron a punto de saltar en pedazos. Mi sensación era que ya no me quedaba suelo sobre el cual sustentarme. Fue entonces cuando, sin saber muy bien por qué, fui a la biblioteca y saqué Madame Bovary. Lo había leído muchos años atrás, y perduraba en mí esa resaca fulgurante que queda de los libros amados: fragmentos, escenas, personajes que uno reformula y acaban siendo parte de la propia memoria. No sé qué buscaba; sé que, a partir de ese momento, me sumergí en uno de los mayores placeres que puede tener un lector: el placer de la relectura. A Madame Bovary siguieron El rojo y el negro y La educación sentimental, y los cuentos de Maupassant. Todo estaba allí, tal como yo lo había leído hacía muchos años, y al mismo tiempo todo era nuevo y yo, que no era del todo la misma que había leído esos libros por primera vez, los iba descubriendo y también me iba descubriendo, me iba leyendo a mí misma, y reconocía que la capacidad de deslumbramiento no necesariamente muere cuando alrededor, y dentro de uno, todo parece estar muriendo. Quizá yo sólo había buscado comprobar lo que estaba comprobando: que aunque todo pareciera tambalearse, ese legado que es la literatura seguía en pie, y seguía hablándome.
A favor del hombre
De algún modo estaba intuyendo lo mismo que a los siete años, ante la pequeña biblioteca de mi hermana: que por la sencilla magia de la lectura -ese acto silencioso y tan democrático que nunca les quita a los demás el derecho a rea-lizarlo- yo podía hacerme dueña de un legado múltiple e inagotable.
Mientras escribo esto, sé muy bien que ese «hacerse dueño de» alude a hombres, mujeres y niños que tienen el alimento y el techo y el tiempo que hacen falta para acceder a ese legado, que en mi país y a lo largo y ancho del planeta la gente muere sin llegar siquiera a saber que los libros siguen abriéndose, generosos, para que cualquiera pueda descubrir sus secretos. Y a propósito, debo decir que no me resultaría para nada mal, como utopía, una humanidad de posibles buenos lectores. Porque el que es capaz de ser buen lector ha de tener resueltas, ante todo, sus necesidades primarias, y, además, posee la cualidad de discernir por sí mismo lo que le causa placer y de desentrañar por su cuenta, sin preconceptos y sin fanatismo, los significados de las palabras y de los actos. Dentro de la aureola de silencio de que se rodea, el buen lector sueña, viaja, teme, se ríe, se conmueve; establece un diálogo único e intransferible entre el libro y él.
Yo no puedo asegurar que la lectura vuelva mejores a los seres humanos, sospecho, en cambio, que de esa aventura -de esa posibilidad que da la lectura de entrar en el discurso del loco o en las razones del criminal, de caer en un maelstrom o ser el emperador Adriano, de hundirse hasta el límite de lo posible en el terror, en la muerte, en el absurdo, de descubrir la textura, y la violencia y la comicidad de las palabras-, de esa experiencia múltiple e interminable y siempre intensa que es la lectura, se regresa más libre, más complejo, y también, casi siempre, más sensible y más sabio. Y entonces digo que, para mí, la lectura es un acto a favor del hombre. Ya que, hoy como ayer, sigo creyendo que la única sociedad admisible sería aquella en que todos los hombres pudieran vivir con dignidad y elegir libremente su destino, y algo que ver con esa libertad y con esa dignidad tiene la lectura.
*Liliana Heker es escritora y directora del Fondo Nacional de las Artes de Argentina.
Número de páginas: 2
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