Al fin y al cabo, no sólo enseñamos los distintos saberes
de las distintas materias, sino también los usos lingüísticos
relacionados con estos saberes.
Si todo el profesorado maneja textos en sus respectivas áreas,
resulta lógico que un objetivo común a todas ellas sea el
desarrollo de la competencia textual del alumnado, sin la cual no es posible
la adquisición de términos, conceptos y teo-rías con
los que se organiza todo tipo de conocimientos.
Por tanto, se trata de poner objetivos a lo que se sabe para escribirlo.
Y estos objetivos no son otros que los de cualquier situación comunicativa:
contar, convencer, mostrar, describir, exponer, opinar y seducir.
Convendría decir claramente que como profesores no tenemos ninguna
obligación de hacer lectores, ni en serie, ni en cadena, ni en fila
india. Diría más: la prioridad de las escuelas e institutos
no es hacer lectores. Los profesores y las escuelas no son responsables
de los niños y adolescentes que no quieren leer, sino de los que
no saben leer.
Como profesor, soy responsable del desarrollo de la competencia lectora
de mis alumnos, pero no de si experimentan placer o les salen callos en
las cisuras por leer o no leer.
Como profesor, tengo la obligación de saber cuáles son
las habilidades y estrategias que conducen al alumnado a desarrollar dicha
competencia lectora. Pues lo importante y decisivo es esto: que sepan leer,
que comprendan y entiendan lo que leen. Porque sin comprensión no
hay nada. Ni deleite, ni afición, ni hábito, ni reconstituyentes
simbólicos, ficcionales o metafísicos. Que más tarde
quieran leer o no, es asunto de su voluntad, de su carácter y de
su temperamento. Al fin y al cabo, leer es un acto libre, ¿no? Pero
si no se sabe leer, me río yo de si el asqueroso imperativo es incompatible
con el verbo leer o con su forma perifrástica.