Ignoro si la situación actual es la que nos merecemos. Si el pesimismo
más o menos reinante es lo que, después de más de veinte
años dedicándonos con absoluto entusiasmo a la creación
de lectores, obtenemos como resultado de dicha entrega. Pero sería
bueno que no cayéramos en cierta ingenuidad masoquista.
Si hemos aceptado desde hace años que la escuela y el sistema
educativo no transforman la realidad social, ¿por qué hemos
de esperar que desde la escuela o el instituto se vayan a fabricar lectores
en serie? ¡Como si tal producción fuera posible y natural!
Semejante mecanicismo explicativo no es convincente. Lo único que
se consigue con él es responsabilizarnos de un hecho en el que, contra
todas las apariencias, apenas tenemos una incidencia decisiva. Los lectores,
caso de que se hagan, se hacen en casa, no en la escuela, ni en el instituto.
En la escuela y, sobre todo, en el instituto, más bien se deshacen.
De cualquier modo, si estamos abonados al método mecanicista como
discurso explicativo, habría que convenir en que si algo ha fallado
no ha sido precisamente el entusiasmo del profesorado, sino, con toda probabilidad,
los medios empleados, tanto teóricos como prácticos. A mayor
abundamiento hay que consignar que las distancias insalvables entre el discurso
teórico y la práctica cur-ricular se han vuelto endémicas.
Muy poco de lo que se discurre en laboratorios o en universidades, ámbitos
que en su mayoría son ajenos a la práctica docente, llega
al aula en condiciones de hacerse realidad.
Lo paradójico de esta situación es que seguimos lamentando
los niveles bajos de lectores -como si nos fuera en ello todo nuestro prestigio
y profesionalidad-, pero citamos como causas de tales índices vergonzosos
las mismas razones que tradicionalmente se invocan.
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Cabría apuntar, por tanto, que si las causas señaladas
no son las verdaderas razones del bajón o estancamiento de lectores,
tampoco sus aplicaciones prácticas serán las más adecuadas
ni las más óptimas. Porque si el diagnóstico no es
correcto, tampoco lo será su propedéutica, en especial, la
llamada tradicionalmente animación lectora. La responsabilidad de
los teóricos en este aspecto resulta decisiva. Si ellos no han sido
capaces de dictaminar cuáles son las causas reales de este bajón
lector, es imposible dar, por tanto, con los medios adecuados para erradicarlas.
En el fondo más superficial, el hiato entre teoría y práctica
sigue siendo una de las causas más relevantes de que la situación
actual produzca tantos gorigoris apocalípticos relativos al nivel
lector de la población, sea infantil, juvenil o adulta.
La animación lectora
Lamentablemente, la animación lectora no hace lectores. Puede
que ayude a desarrollar en los niños una actitud positiva hacia el
libro y hacia la misma lectura, pero si lo consigue será más
por las actividades socializantes creadas alrededor del libro que por el
propio libro. Podría decirse que la animación lectora está
muy bien hasta que llega el momento de leer un libro. Mientras no haya que
leer, la animación es una gozada.
La animación lectora no basta. Ni en Primaria, ni en Secundaria.
La animación lectora es una especie de muleta ortopédica que
ayuda a mantenerse en pie, lo cual no es poco, pero no ayuda a andar.
Leer no es ningún juego, ni ninguna aventura, ni ningún
viaje. Dejémonos de tópicos y metáforas que en nada
ayudan a entender el complejo acto lector. Leer es haber leído. Ello
supone un ejercicio, un trabajo cognitivo y metacognitivo, un movimiento
recursivo de la inteligencia y de la afectividad, de la memoria, del léxico,
del imaginario social y simbólico y, en última instancia,
de los conocimientos referenciales que uno alberga en su personalidad. Añádase
a ello la coerción física real de estar en silencio, de no
moverse y de poner los cinco sentidos en la página. Estamos, por
tanto, ante un panorama que en nada se parece a un juego de verdad.
Es curioso que la animación lectora se practique en los niveles
educativos más tempranos, es decir, en el sector de lectores que
menos la necesitan. De ahí su éxito. Los niños y niñas
de Primaria no necesitan animación de ningún tipo. Se vuelcan
en la lectura a poco que les abras un libro lleno de entusiasmo lingüístico
y de complicidad psicológica.
El problema serio de verdad está en la transición de la
pubertad a la adolescencia y juventud. El derrumbe es casi total. Es inaudito
el número de alumnos y alumnas que hasta la fecha leían y,
de pronto, dejan de leer. Y ojo, porque en su mayoría son adolescentes
cuya competencia lectora está suficientemente desarrollada. Aquí
la cuestión no es que no sepan leer; es que no quieren hacerlo. En
la mayoría de los casos porque no les gusta. En realidad, no les
ha gustado nunca. Si han leído, lo dicen de forma bien clara, es
porque se les ha obligado a hacerlo mediante el acomodo de la coacción
exquisita, democrática y el blablabla más o menos coercitivo.
Pero, también, añaden que no se arrepienten de haber leído.
Sólo que ahora, en plena adolescencia, no les atrae hacerlo.
El hábito lector
La existencia de esta legión de adolescentes que no quieren leer,
sabiéndolo hacer, muestra que la lectura no es un hábito que
se forme en los años de la escolarización en Primaria y, menos
aún, en Secundaria.
Y es que el hábito lector no se forma en la escuela, sino en casa.
Los lectores rara vez se hacen en la escuela. Vienen predispuestos desde
la familia. No negaré que la escuela hace algunos lectores, pero
poca cosa. La labor más entusiasta de la escuela, y ya no digamos
de los institutos, en los tramos superiores, consiste en anular casi por
completo esa inclinación lectora que comenzó a cultivarse
en los primeros años.
Se tiende a considerar que un alumno que ha leído durante toda
la primaria seguirá haciéndolo en el siguiente nivel educativo
con el mismo entusiasmo. Se trata, sin duda, de una representación
lineal y muy conductista de lo que es la lectura y la afición a leer.
Pero la realidad es otra. Los hábitos, caso de que existan, exigen
una fuerza de voluntad consciente y no son resultado de una influencia externa,
más o menos exquisita o ruda. El hábito se forma con actos
de la voluntad y del carácter. No son producto espontáneo
de una educación recibida pero no construida activamente por el sujeto.
Y no hay que olvidar que las prácticas de lectura se inscriben, por
lo general, en un régimen más o menos conductista y coercitivo,
el del aula; rara vez, el de la biblioteca. Los hábitos no son resultado
de la inconsciencia, ni fruto espontáneo de la repetición.
Hay que echarle ganas y tiempo, reflexión y trabajo. No nos hacemos
lectores porque sí. El ser humano es un manojo de elecciones, las
cuales, en determinado momento, se hacen selectivas, exclusivas y excluyentes.
Si la influencia del entorno escolar fuera decisiva, todo el mundo se
haría lector, quisiera o no. Pero aquí hay algo más.
Posiblemente, una predisposición subjetiva, proveniente, tal vez,
del ADN. No diré que la inclinación a leer sea innata, pero
intuyo que tiene que ver con el componente neurobiológico del sujeto.
Hijos de padres lectores empedernidos se convierten unos en lectores y otros
no leen ni lo imprescindible para que sus padres dejen de darles la matraca
autoritaria de que lo hagan. Desde luego, demos a la educación lo
que es suyo, pero ¿cuándo llegaremos a otorgar de manera exacta
y pertinente lo que pertenece a la genética? Pues por mucho que se
diga, y por mucho que los animemos, jamás conseguiremos que todos
los niños y las niñas lean por, ¿cómo dicen?,
¡ah, sí!, por placer. Ya. Ni por placer ni por obligación.
No quieren leer, aunque sepan hacerlo. Es inevitable. No toda la humanidad
infantil y juvenil está destinada a convertirse en un Borges coyuntural.