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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 183 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

La inmigración en la LIJ actual

por Anabel Sáiz Ripoll
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 183, junio 2005

Número de páginas: 9
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Muchos de los protagonistas, los más jóvenes, los que están en un momento de cambio en su vida, los que cuestionan sus raíces y buscan su futuro, sufren problemas de identidad que tratan de resolver como pueden, ayudados casi siempre por chicos y chicas de su nuevo país (y también, todo hay que decirlo, son acosados por chicos de su misma edad). En algunas ocasiones se logra ese equilibrio tan ansiado en la adolescencia gracias a la amistad y, en otras, gracias al amor, y ahí entraríamos en otras barreras también difíciles de superar; es el caso desgraciado de Saïd y Eva, el de Ahmed y Claudia, mucho más esperanzador, ya que Claudia puede esperar a Ahmed, quien se ha ido a buscar respuestas a sus preguntas, pero Eva ha muerto y Saïd llora esa sinrazón.
Los más radicales, los menos conciliadores, los intolerantes ponen barreras difíciles de franquear: «Ellos son musulmanes y tienen costumbres diferentes. Además, la mayoría de los que emigran de su país son unos ladrones y sólo vienen a España a huir de la justicia» (¿Dónde estás, Ahmed?, p. 9).
Esto sucede, como ya se puede deducir, con los inmigrantes de otra religión, con los musulmanes, ya que ahí entran en conflicto cuestiones religiosas y malos entendidos difíciles de superar. Ahmed anda confundido y desorientado y llega un momento en que no se siente ni de aquí ni de allí. Necesita afirmar su propia personalidad: «Ni yo mismo sé lo que soy. Según donde esté, soy una cosa u otra. Entre vosotros soy un inmigrante, un musulmán. Entre los míos, un renegado que ha abandonado sus tradiciones, casi un extraño. Ni tan siquiera en mi casa, en mi propia familia, sé de parte de quién estoy» (pp. 181-182).
A Sélima le ocurre prácticamente lo mismo e inventa un nombre cuando está en Marsella, Anne, para ser aceptada por los chicos del Liceo, y vuelve a ser Sélima cuando va a Argel: «Quizá soy Sélima en Argel porque Anne se ha quedado en Marsella. Quizá cuando aterrice en Marsella me faltará otra parte de mí, la Sélima que se ha quedado en este país; pero sabré que está bien allí donde esté. ¡Como ves, es un extraño batiburrillo!» (Anne aquí, Sélima allí, p. 117).
Malika (El árbol de los abuelos) no está muy segura de que deba hablar de su abuelo Karamoko y de sus andanzas en África, y decide inventarse una identidad más segura: dirá que es carnicero. El abuelo, no obstante, tiene otros planes y da una lección a su nieta. Se presenta en clase y habla a todos los niños y lo que a Malika le resultaba extraño, encanta a sus amigos: «Todos los niños y niñas quieren que el abuelo siga contando la historia del desierto. Yo me siento importante, segura... y muy orgullosa» (p. 40). El abuelo da en el clavo cuando habla de que nunca hay que prescindir de las raíces: «Porque los árboles que tienen raíces sólidas son más fuertes que todo. Más fuertes que la sed, más fuertes que el miedo, más fuertes que el desierto». (p. 43).
Samisam también se siente diferente porque es negro y no blanco, y eso le duele. Su gato, Villano, es la voz de la conciencia, quien pone las cosas en su sitio una vez más: «¿Te sientes diferente por el color? Todos los niños son diferentes, aunque tengan el mismo color. Mírame. Soy blanquito. Pero aquí, en Pallapalla, todos los gatos son negros, o grises con rayas negras, o marrones. ¿Crees que por eso quiero cambiar mi color?» (En Pallapalla no crecen los almendros, p. 29).
Muchas veces las costumbres relacionadas con la mujer a nosotros nos resultan intolerables, en unos casos, e incompresibles en otros. Cuando, por casualidad, Fran ve a la madre de Aser con el pelo al aire y ob-serva su reacción, reflexiona al respecto y no entiende las barreras culturales: «La madre usaba ropas largas y amplias, y se cubría la cabeza con una hijab, un pañuelo blanco anudado en la barbilla. En una ocasión, durante una fiesta de cumpleaños de Aser, todos los amigos y amigas entraron en la cocina, donde ella ultimaba los preparativos del festejo, a saludarla. Se encontraba con la melena suelta y al aire, recién lavada, por lo que, al ver aquel tropel de intrusos, se había puesto a gritar en árabe de forma desgarradora, cubriéndose presurosa la cara y la cabeza con el ampuloso delantal, para que nadie pudiera ver su cabello que, según su religión, debía ocultar. Aquello a Fran la había alterado vivamente. Había pensado que muchas religiones y morales dominantes no eran justas ni amorosas con sus adeptos y fieles, levantando fronteras y muros de recelo entre las gentes, en vez de unir y hacer que las personas caminaran juntas, codo con codo, hacia el hermanamiento universal» (p. 16). El padre de Aser, por ejemplo, pese a ser una persona culta, es reticente a la hora de contratar a una abogada por el hecho de que es mujer.
Las mismas costumbres que la madre de Aser tiene Amina, en Frontera, aunque no esté muy de acuerdo con ellas. «... a ella no la dejaban salir de casa los fines de semana... Estefanía nunca le prestó atención al hecho de que ella fuera de Marruecos, salvo por dos detalles: la imagen y lo que ella creía que era falta de libertad de su compañera. La imagen era ya habitual, el hiyab, el pañuelo blanco en la cabeza, y una única túnica de pies a cabeza. Siempre la misma ropa. La falta de libertad, a su juicio, se debía precisamente a las costumbres que la obligaban a quedarse en casa para cuidar de su madre y de sus hermanos pequeños» (p. 13). Amina guarda un secreto y un buen día lo desvela: quieren casarla en Marruecos con un hombre mucho mayor, y ella huye y se refugia en casa de Estefanía; ahí entramos en una disyuntiva: ¿son buenas las costumbres del país de origen oes bueno dejarlas y avanzar? Estefanía lo tiene muy claro: va a esconder a Amina porque ya basta de fronteras y así reflexiona: «Iban a llevársela de España, para confinarla en un pueblo que ya le era desconocido, y casarla con un hombre mayor que ella. Iban a arrancarla de sus estudios, de su vida, de su futuro, para convertirla en una esclava, nada más. Satisfacer a su marido, lavar, limpiar, tener hijos... La normalidad "de allí" se convertía en monstruosidad "aquí". Y en medio, un abismo en apariencia irreconciliable» Frontera, (p. 21).
Sélima habla de estas contradicciones y opta por no decir nada y seguir su vida. Escucha lo que le dicen, pero ella no quiere ser «una joven pasiva»: «Tantas contradicciones confesadas con tanto candor me desarmaron completamente. Mientras volvía a su retahíla, comprendí que mi tía podía al mismo tiempo considerar a todas las universitarias como "perdidas" y alentar la vocación universitaria de su sobrina invocando al Buen Dios, condenar a Francia y mi educación demasiado libre mientras me ordenaba que prosiguiera tranquilamente mis estudios...» (Anne aquí, Sélima allí, p. 104).
Hamed (¡Ring!¡Ring!) se empeña en convencer a la que cree su prima Marta con estas palabras, que también hablan de un mundo en el que la tradición y la hospitalidad lo son todo: «Tú sólo eres la mujer de Alí, tú no perteneces a nuestro pueblo. Pero las costumbres del pasado, las leyes de la hospitalidad de los hombres y las mujeres del desierto, deberían seguirse en el mundo entero» (p. 27).
Acaso, una solución la da doña Carmen, en el mismo libro que acabamos de citar, cuando dice lo siguiente (y podemos entenderlo en sentido metafórico): «Nosotras hemos vivido solas, encerradas en casa, mucho tiempo. Y de pronto, sin buscarlo siquiera, en cuanto hemos abierto la puerta una rendija, nos han entrado nuevos amigos por la puerta» (p. 77).
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