Ahora bien, de todas las historias que hemos leído, una destaca sobre todas las demás por su crudeza y dramatismo. Es La isla, de Armin Greder. En ella, con unos dibujos muy sugestivos y con un texto parco y conciso, sin retoricismos, se nos narra «una historia cotidiana». La de un hombre que llega a una ciudad y nadie lo acepta, pero lo alimentan porque no quieren que muera, aunque lo tratan peor que a una alimaña porque nadie lo conoce y no saben nada de él y todos tienen miedo y sospechan: «... no podemos mantener a cualquiera que llegue hasta nosotros», se indignó el tendero, «porque nosotros mismos terminaríamos pasando hambre». Este hombre los atemoriza y tejen sobre él las más burdas historias porque es distinto, porque no es como ellos: «Estaba presente en sus días y también en sus noches, cuando se asustaban al soñar con él. Los hombres corrían la voz sobre una amenaza cuando se hablaba de él. Las mujeres se quedaban en la cocina y advertían a sus hijos de que no se acercaran al establo de las cabras». Por último, expulsan al extranjero y construyen una muralla alrededor de la isla porque no quieren recibir visitas de intrusos.
La isla más que un álbum ilustrado para los niños, es un alegato para los adultos, para que reflexionemos y entendamos que lo que es distinto no tiene por qué ser peor.
La lengua. «Es una manera que tienen ellos de hablar» [ 7 ]
La cuestión lingüística no es baladí en el caso que nos ocupa. Y quien esto escribe lo sabe muy bien por experiencia profesional. Cada año son muchos los chicos y chicas que se matriculan en nuestros colegios e institutos y muchos los problemas que se plantean a la hora de enseñarles la lengua o las lenguas, ya que en las comunidades autónomas con idioma propio son dos las lenguas que deben aprender, aunque éste sería tema para otro estudio que supera lo que hoy aquí estamos reseñando.
En el caso de los inmigrantes de Hispanoamérica el problema lingüístico desaparece, al menos en parte, aunque siempre hay alguna variedad en usos y acentos como nos cuenta Claudio: «Diego y Héctor, en lugar de decir "tú" dicen "usted" y en lugar de decir "vosotros habéis visto" dicen "ustedes han visto". Es una manera que tienen ellos de hablar y, por lo visto, así hablan todos donde ellos viven» (Dieciocho inmigrantes y medio, p. 55).
El asunto se complica cuando el idioma que se habla está muy alejado de los románicos, como puede ser el árabe. El padre del muchacho en De una a otra orilla se siente impotente por no dominar el idioma: «Si supiese hablar bien el idioma, ya le hubiese hecho una visita a tu profesor hace mucho tiempo. ¡Habría visto cómo me las gasto! ¡Le hubiese enseñado a respetar a Dios!» (p. 82).
A Sélima en el colegio de Marsella al que acude le dicen los profesores: «Sélima, pequeña, tienes que olvidar tu lengua materna cuando entres en clase... Nadie pone en duda que es una bella lengua, pero piensa en un pastel, una tarta por ejemplo, una tarta en la que sustituyéramos el azúcar por la sal... Tendría un sabor malísimo, ¿no crees...? Ahora imagina que el francés es una tarta. Utiliza azúcar y no sal... Notarás que tiene un sabor maravilloso y ya no querrás probar otra» (Anne aquí, Sélima allí, p. 10).
Saïd (Un viento frío del infierno) entiende que debe hacer un esfuerzo y dominar el español: «Ahora vivo en España, ya no estoy en Marruecos, aquí nadie entiende el francés y menos el árabe, tengo que hablar y escribir bien el español. Sólo así podré dar clases a mis amigos sin cometer faltas. Aunque, la verdad, ellos con tal de hablar un poco, con tal de chapurrear y salir adelante, se apañarán. Como dicen las octavillas que entregamos a los posibles alumnos, "Clases gratis de español para extranjeros". Tenía que haber puesto para "magrebíes", porque si me sale un japonés o un ruso, la he fastidiado» (p. 30).
Villano, el gato de Samisam (En Pallapalla no crecen los almendros) razona con el niño para que entienda que no hace falta renunciar al idioma materno ni al nuevo: «¿Acaso Ma-musaid no te contaba cuentos en su lengua? ¿No te hablaba siempre en su idioma? ¿De dónde eran las nanas que te cantaba cuando te llevaba a dormir? [...] ¿Y aquí? Continuó Villano. ¿Es que no empezaste a gatear aquí? ¿No diste aquí tus primeros pasos? ¿En qué idioma te enseñan?» (p. 33).
Doña Carmen, la anciana de ¡Ring! ¡Ring!, admira que sus huéspedes sepan tantos idiomas: «¡Fíjate! Nosotras sólo sabemos español. Pero estos niños conocen dos lenguas, y Hamed, tres. ¡Son listísimos!» (p. 41).
Luna, la pequeña africana de Las trenzas de Luna, escribe en una carta lo mucho que le ha costado aprender el idioma, pero que su esfuerzo ha valido la pena porque se puede comunicar con otros niños como ella: «He aprendido a leer hace poco tiempo y aún me cuesta trabajo, pero como las cosas que me decíais en ellas eran tan bonitas, me costó menos esfuerzo. También he aprendido a escribir hace poco tiempo, por eso he tardado en contestaros. Tengo que pensar mucho cada palabra antes de escribirla para no equivocarme y, a pesar de todo, a veces me confundo y las escribo mal» (p. 87). En cambio, Diko (África en el corazón) domina el español cuando llega, porque lo aprendió en África con Juan, su amigo madrileño. Esto le facilitará una comunicación efectiva.
Kadina y el chico del pupitre de al lado nos dan una lección de convivencia porque se entienden sin ningún problema: «El chico del pupitre de al lado comentó en voz alta, muy contento: "Nosotros dos sí que nos entendemos". Era verdad. "Hola" arriba y "Hola" abajo, con una sola palabra y unos gestos, Kadina y el chico del pupitre de al lado se entendían perfectamente» (La reina de los mares, p. 33).
Integración e identidad. «Las costumbres y las religiones separan más que la propia naturaleza de las personas» [ 8 ]
La mayoría de los libros que estamos analizando muestran que, en un principio, las distintas costumbres y la cultura propia de los inmigrantes chocan cuando entran en contacto con las nuevas costumbres y la nueva cultura. Aquí, sin ir más lejos se celebra la Navidad y esto resulta a veces un problema para estos chicos: «Intenté decirle que no éramos ricos, que mi padre no era más que un trabajador emigrado, y que nosotros no celebrábamos la Navidad porque éramos musulmanes» (De una a otra orilla, pp. 15-16). A este niño le gustaría celebrar la Navidad como el resto de sus compañeros y los envidia: «Aquella noche tuve pesadillas. Me imaginé entre una multitud de niños reunidos en una gran sala muy decorada. Todos habían recibido un regalo, salvo yo. Entonces, pasé por delante de cada uno de ellos para deleitarme con los regalos que tenían en sus manos. Lloré de envidia» (pp. 31-32).
En El regalo de la abuela de Sara, de Ghazi Abdel-Qadir, se resuelven sin estridencias estos problemas religiosos y culturales ya que «el pueblo constaba de dos partes. En una vivían principalmente los cristianos, cuyas casas se agrupaban alrededor de una vieja capilla; en la otra, los musulmanes, cuyas casas se levantaban en torno a una mezquita. El abuelo me había explicado una vez que esa separación no había sido intencionada, sino que se había producido por sí sola» (p. 51).