Sélima (Anne aquí, Sélima allí) tampoco es propiamente ajena a estas muestras de racismo y nos ofrece una mirada muy lúcida y crítica sobre su experiencia que transcribimos íntegramente por su especial interés: «Y en el barrio donde vivo, aunque oigo gritar "asqueroso árabe", también oigo "asqueroso italiano", "asqueroso portugués", etc... Con las variantes despectivas al uso "asqueroso moro", "asqueroso macarrón", "asqueroso porto"... Como todo el mundo que nos rodea puede, de la noche a la mañana, ser "asqueroso algo", incluidos los franceses, "asqueroso borracho", "asquerosa puta", eso es algo que no me ha impresionado jamás. Ni las trifulcas, ni las fronteras entre los vecinos de las distintas escaleras. El racismo es la base de nuestras relaciones en el barrio. Todo ello es muy fluctuante en Pierrefort con alianzas complicadas, dominadas por las preocupaciones del momento. Por ejemplo, los franceses y los italianos se hacen muy amigos cuando los judíos critican a Palestina, pero los portugueses, los italianos y los árabes se unen en las huelgas para insultar a los "franchutes", que organizan comandos de matones para darles una buena paliza» (p. 22).
Palabras como moro y otros calificativos ofensivos, como llamar a todos los marroquíes Mustafá, aunque no sea su nombre, aparecen como motivo recurrente del racismo en los libros leídos. Muy irónico es Chirlas (El paso del Estrecho) cuando se topa con un verdadero Mustafá: «Chico, pensaba que Mustafá era nombre de personaje de cuento» (p. 27).
A Claudio (Dieciocho inmigrantes y medio) le resulta ofensivo el tono de las palabras: «Y la palabra negro a mí me pareció que la decía como algo malo, no como cuando yo le pregunté a María Dolores si podía decir que era negra» (p. 55). Porque las palabras no son las que dañan, sino el tono con que se dicen y ésa es la gran lección que le da la profesora inmigrante a Claudio:
«-María Dolores, ¿a ti te molesta que digamos que eres negra?
María Dolores se rio y luego me dijo:
-¿A ti te molesta que digamos que eres blanco?» (p. 20).
A menudo los inmigrantes despiertan sospechas entre los ciudadanos del país que los recibe, que dudan de sus intenciones o, incluso, creen que van a resultar perjudicados por su llegada. Estos prejuicios se recogen en algunas de las novelas que hemos leído, aunque nunca los sostiene el personaje protagonista. Así, el padre de Claudia en ¿Dónde estás, Ahmed? asevera: «Cada día llegan más inmigrantes a este país, y cada día hay más en paro. A este paso, los españoles nos quedaremos sin trabajo y, en cambio, todos los moros y los negros acaban colocándose y estableciéndose aquí» (p. 33).
Ésta es una opinión bastante generalizada entre la población que acaso ignora, por ejemplo, que la Seguridad Social en parte se está sosteniendo gracias a las contribuciones de los inmigrantes. Es, en este mismo libro, la madre de Claudia quien lo rebate diciendo: «El trabajo que terminan haciendo los inmigrantes no hay ningún parado que lo quiera. Esa pobre gente no viene a robar el empleo a nadie. Tienen todo el derecho del mundo a buscarse la vida en otro país» (p. 33).
Un razonamiento similar se lee en A punta de navaja: «Otro día había asegurado que los inmigrantes que llegaban a España eran un peligro cuanto que ocupaban puestos de trabajo que podrían desempeñar gentes de aquí. Aquella vez había sido Vito el que le había replicado con su ironía y aparente indolencia, sin dejar de columpiarse en la silla: "Eso no es cierto. Pero, si lo fuera, yo los animaría a que no se conformaran con robar sólo trabajo, sino también las carteras de los políticos y de los mandamases del Banco Mundial"» (p. 42).
También se considera, a menudo, que los inmigrantes recién escolarizados son un problema para el colegio y el problema está en la falta de medios que tienen los profesores para integrarlos en las aulas, no en ellos mismos que suponen una riqueza para sus propios compañeros, ya que les abren los ojos a otras culturas y a otras posibilidades. No obstante, en Dieciocho inmigrantes y medio parece, en principio, triunfar la tesis de la influencia negativa de estos chicos sobre el resto de la población escolar: «Por lo visto, en la reunión de padres de alumnos del día anterior se había dicho que "los inmigrantes eran muy conflictivos" y también que "no eran una buena influencia para los demás", y se habían dicho muchas cosas sobre nosotros y sobre los inmigrantes» (p. 96).
A Samisam, en En Parapalla no crecen los almendros, también lo expulsan del colegio y eso que aún no tiene 8 años: "Así fue como me echaron por primera vez del aula, en medio de las carcajadas de los demás niños que nunca me miraron bien. Después hubo otras muchas, hasta que cumplí los ocho años y me dijeron: "Negrito, estás expulsado. No vuelvas más a este colegio; no te dejaremos entrar"» (p. 11).
En otro frente, también es corriente que cuando hay un problema o un disturbio o cualquier asunto poco claro y se encuentran inmigrantes por en medio, lo primero que se piensa es que ellos son los culpables. De nuevo acudimos a ¿Dónde estás, Ahmed?: «En el reportaje se veía al vecindario muy alarmado. Por lo visto, el barrio está infestado de inmigrantes, y la delincuencia ha aumentado muchísimo en los últimos meses» (p. 115).
Resulta curioso que también haya otra perspectiva del racismo, muy llamativa, y es que pueden darse reacciones contradictorias y que los mismos inmigrantes muestran recelos hacia los autóctonos. Y otra vez nos sirve de ejemplo ¿Dónde estás, Ahmed? Un amigo de Ahmed, marroquí, echa en cara a Claudia los problemas que tiene el chico y se muestra radical y desconfiado:
«... es obvio que si Ahmed no se relacionara con gente como tú, no le pasaría nada de lo que le está pasando. Sus amigos, los de verdad, jamás le crearíamos problemas.
-O sea, que, según tu punto de vista, él solamente tendría que relacionarse con los de su raza.
-Exacto; su mundo es éste. Y sus verdaderos amigos, sus hermanos, somos nosotros, y nosotros jamás le trataríamos mal ni le haríamos sentir culpable por ser musulmán.
-¡Pero eso es racismo!» (p. 144).
En algún relato se explica cómo estos inmigrantes acaban en manos de la delincuencia. Así, Diko (África en el corazón) se topa con uno de esos grupos y acaba, antes de darse cuenta de su error, formando parte de una banda organizada. La razón que da este grupo de chicos es que «los españoles te miran de mala manera y siempre hay broncas. Por eso hemos decidido vivir por nuestra cuenta. Estamos bien organizados, sólo tenemos que procurar que no nos pesque la policía» (p. 139) y añade: «... aquí cada uno se dedica a hacer lo que mejor sabe: unos birlan bolsos o monederos donde pueden, en las aglomeraciones del metro, en las estaciones; otros comida o lo que sea en tiendas y grandes almacenes, y aunque esto cada día está más difícil porque hay mucha vigilancia, siempre cae algo» (p. 143).