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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 183 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

La inmigración en la LIJ actual

por Anabel Sáiz Ripoll
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 183, junio 2005

Número de páginas: 9
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A Diko -África en el corazón- le proponen que sea él, ya que maneja muy bien las barcas, quien transporte a la gente «para quemar el Estrecho»; porque es menor, a cambio le ofrecen dinero. Carmen de la Bandera entra en todos los detalles de esos viajes hacia la tierra prometida. No sólo viajan hombres, sino mujeres con niños de pecho que han de ser silenciados para que la policía no los descubra. Y la llegada está llena de sobresaltos: «Antes del desembarque, unos focos de luz nos envolvieron mientras que las voces de "¡Alto!" sembraron el pánico. Se oyó la orden de los patrones: "¡Saltad! ¡Estamos cerca de tierra!" Los haces luminosos barrían la zona creando el desconcierto. Los bultos humanos caían por la borda. El chapoteo de los desesperados nadadores levantaba remolinos de espuma. La pateras viraron: rápidamente emprendieron el camino de vuelta sin importarles el destino de la carga que les servía para su negocio. Entre brazada y brazada observé cómo la guardia española detenía a los que llegaban a tierra» (p. 129).
A menudo saltan las alarmas y se encuentran cadáveres de inmigrantes en las costas andaluzas o canarias; son los que no han llegado, son los que han naufragado y han perdido la vida en ese empeño. En Cuéntamelo de nuevo, uno de esos inmigrantes salva milagrosamente la vida: «Sobre su piel negra aparecían unas manchas blancuzcas: sal; la sal del mar. Eso quería decir que el hombre se había mojado. Y eso y la sangre en la frente, además de su ropa destrozada y su aspecto general, querían decir que era un náufrago» (p. 106).
En De una a otra orilla el viaje a Lyón se hizo en un barco, en el Kaiorouan. El padre del niño que narra la historia llegó en ese barco y tuvo miedo, pero luego, con el tiempo se fue acostumbrando: «Después de dos o tres travesías, conocía bien el Kairouan. Ya se había acostumbrado a él, como se acostumbra un pequeño animal doméstico a una casa nueva. Ya no le tenía miedo» (p. 55).
En El loro de Haydn se destapa una trama de tráfico de personas: «El hombre, en una mezcla de español y francés, afirmó venir de Haití, añadió que pagaron mil dólares por persona a un pirata llamado Duvalier, traficante en carne humana y en todo ser vivo o muerto, en todo objeto que pudiera ser vendido. Su destino era Calais, donde pensaban tomar un boque para llegar a Lowestoft...» (p. 50).
En La reina de los mares se ofrece la mirada inocente de una niña, Kadina, quien dulcifica el dolor del viaje, aunque sin escatimar los detalles: «Kadina y sus padres se embarcaron de noche y a escondidas con otros muchos, en una playa solitaria. La luz de la luna abría en el mar un sendero de plata. La barca se mecía suavemente, como un camello de tablas. De pronto se oyó un ruido extraño apareció una luz que avanzaba rápida sobre las olas. No eran truenos ni relámpagos, sino sirenas y faros. Todos se movieron asustados y se volcó la barca. ¿La reina de los mares? Kadina tuvo suerte de alcanzar una playa con sus padres, pero llegó empapada tiritando, sin bultos, sin mantas, sin pañuelo, sin nada...» (p. 25-27).
Hamed y su familia en ¡Ring!¡Ring! vienen de Alemania y cruzan España en verano para ir a su tierra de vacaciones, ellos ya se han asentado; pero siguen siendo inmigrantes aunque puedan desplazarse en su propio coche. Es una estampa familiar en las carreteras españolas y en los últimos años se están habilitando zonas de descanso para estas personas que conducen sin parar más de 24 horas seguidas con un solo objetivo: volver a su tierra en vacaciones.
En Las cartas de Alain, la huida es en balsa, dado que la familia de Alain huye de Cuba en busca de una vida mejor: «El mar estuvo muy frío al principio. Luego nos acostumbramos, bueno, con un poco de miedo. Pues hay que ver lo grandes que son las olas cuando navegas en un barquito, pequeño como cáscara de nuez, en medio de un mar oscuro y profundo» (p. 13).
Luna y su familia -Las trenzas de Luna- son refugiados políticos, que han llegado a España huyendo de la guerra de su país: «Mis padres trabajaban las tierras y yo iba al colegio con mis hermanos mayores. Pero comenzó una guerra terrible que acabó con todo: nuestras tierras fueron arrasadas, nuestra casa y nuestro pueblo fueron incendiados; murieron muchas personas, entre ellas mis hermanos y llegaron el hambre y las enfermedades. Mis padres y yo conseguimos escapar a través de la selva, andando durante días y noches. Llegamos a otro país, y luego a otro, y a otro... Eran países muy diferentes al nuestro, con otras costumbres y otros idiomas. A veces me parece un milagro haber sobrevivido» (p. 88-89).
De otros no se dice cómo llegaron, aunque aquí habría que hacer una salvedad social. Depende de la procedencia y de los recursos económicos que se tengan, la acogida es mejor, más favorable. No llegaría igual el padre de Asar, que es cirujano y ejerce como tal -A punta de navaja-, que Diko o Habib, quienes apenas tenían algo que llevarse a la boca. Claro que, una vez en el destino, todos tendrán dificultades, como veremos.
Primeros momentos, legalización. «Eso lo arreglo yo.» [ 5 ]
Una vez que el inmigrante ha recalado en el país de acogida no acaban los problemas, sobre todo si es un inmigrante ilegal, como sucede en algunos de los relatos que hemos leído. Diko (África en el corazón) es «un mojaíto», que es el nombre que dan por la zona del Estrecho a los que llegan en patera. Primero recibe la ayuda de una pareja «comprometida con el sufrimiento de los demás. Vivían en una zona donde es frecuente la llegada de pateras. Formaban parte de una asociación que prestaba auxilio al que lo necesitase en los primeros momentos del desembarque. Los orientaban, les indicaban a dónde dirigirse según cada caso» (p. 132). Después acaba en un Centro de Acogida, regentado por el padre Ángel en Madrid y, por último, reencuentra a su amigo Juan y parece que empieza una nueva vida para él.
Carmen de la Bandera, a la hora de hablar de los primeros momentos de los inmigrantes que llegan en patera a España, se inspiró en el llamado Padre Pateras, Isidoro Macías, franciscano de la Cruz Blanca, quien desde el año 2000 se dedica a socorrer por todos los medios a los ancianos, las mujeres embarazadas y los niños que llegan en ese precario medio a las costas andaluzas.
Habib (Noche de luna en el Estrecho) se salva de una muerte casi segura y entra en Almería como inmigrante ilegal. Poco a poco va entendiendo su situación y acaba viviendo, más bien malviviendo, en Alicante. Llega hasta Barcelona y, por último, desengañado de todo, vuelve a su país. Habib llega a la conclusión de que es un ciudadano de tercera en un mundo que pensaba que era de primera.
El Chirlas, un muchacho (aunque luego resulta ser muchacha) metido en el negocio del contrabando, salva de morir a un inmigrante y luego siente que sus vidas se vinculan, por distintos motivos: «Era un muchacho. Un moro. Lloraba a moco tendido y decía cosas atropelladas que Chirlas no entendía» (p. 24).
En el Albergue de Zarautz (El loro de Haydn) acogen a los inmigrantes ilegales y les dan de comer: «Los polizones estaban en el comedor. Les habían prestado ropa usada, limpia y seca, pero no a todos les iba bien: a algunos excesivamente chica. Parecía salidos de algún circo abigarrado y extraño. Pero se les veía aseados, saludables y con apetito. [...] Comieron, según supo el comisario de labios de Estefanía Monte de Oca, la encargada del Albergue, un buen plato de arroz acompañado con tomate y calamares fritos y troceados, luego alubias del país, y al final pollo con patatas y pimientos fritos. Se comieron también todas las cerezas, naranjas y melones que pudieron» (p. 48).
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NOTAS
  • [ 5 ] La reina de los mares, de Montserrat del Amo, p. 34

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