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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 183 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

La inmigración en la LIJ actual

por Anabel Sáiz Ripoll
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 183, junio 2005

Número de páginas: 9
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Hamed y su familia, en ¡Ring!¡Ring!, de Montserrat del Amo, proceden igualmente de África; lo mismo que Mustafá, en El paso del Estrecho, de Fernando Lalana. Luna, en Las trenzas de Luna, de Alfredo Gómez Cerdá, comenta que «nací en un país muy bonito situado en el centro de África». Coincide con ella el abuelo de El árbol de los abuelos: «... hace mucho tiempo, yo vivía en un poblado de África. Muy lejos de aquí, pero muy cerca del desierto» (p. 19). Y en un oasis vivía la pequeña Kadina, de La reina de los mares, de Montserrat del Amo. El padre del muchacho que cuenta la historia en De una a otra orilla, de Azouz Begag, procede El Ouricia, una pequeña aldea del norte de África que echa de menos continuamente: «Cuando era joven, en África, mi padre vivía con mi madre en una aldea, que no era más que unas cuantas casas rudimentarias apretadas unas contra otras» (p. 19). El joven Diko, en África en el corazón, de Mª del Carmen de la Bandera, lleva a sus espaldas una historia durísima y, aunque procede de Camerún, puesto que es un dowayo, su vida se ha mezclado con turbios asuntos en Liberia.
Sin duda, vemos que la añoranza y el recuerdo de la tierra aflora más en los mayores que en los jóvenes. Ellos miran hacia delante, mientras que sus padres aún miran hacia atrás. La única excepción a lo que estamos diciendo es, precisamente, Diko, que nunca va a olvidar sus orígenes ni sus raíces, aunque siga buscando una nueva vida.
Aser, en A punta de navaja, de Carmen Gómez Ojea, es sirio. Y Sélima, en Anne aquí, Sélima allí, de Marie Féraud es argelina: «Así pues, soy argelina, "árabe" como se nos llama y como también nos llamamos nosotros mismos, porque árabes o cabileños o bereberes, los pueblos que forman el Magreb todavía son niños recién nacidos» (p. 22).
Otros inmigrantes proceden de Hispanoamérica, aunque son menos, pero también queremos mencionarlos aquí. De Haití son los inmigrantes que naufragan en El loro de Haydn, de Felipe Juaristi: «Del interior del barco, para sorpresa de los policías, comenzaron a salir, hasta contar veinte, hombres, mujeres y niños, de aspecto cansado, todos ellos de piel negra y brillante como el tizón» (p. 24). También de América proceden los inmigrantes en Dieciocho inmigrantes y medio, de Roberto Santiago: «Todos los niños y niñas que eran de América del Sur se repartieron por las clases del colegio» (p. 45). Dominicano es el inmigrante que es asesinado en A cielo abierto, de Fernando Claudín. Y de Cuba es Alain, el niño que ha dejado la isla con sus padres en pos de un nuevo futuro.
Y, finalmente, Samisam, personaje de En Pallapalla no crecen los almendros, de Amina Nasser, nos habla de un país desgraciado, de donde tuvo que huir su madre, Mamusaid, por motivos políticos: «Pallapalla era un pueblo rico, no como el de Mamusaid, que era un país mísero entre los míseros. Era el país más infortunado del mundo. Estaba gobernado por un tirano; un rey impuesto en contra de su pueblo al que nadie quería porque repartía injusticia. ¿Quién podía querer a un rey que robaba a su gente para aumentar su fortuna y condenaba a su pueblo a vivir en la tristeza?» (p. 15).
País de destino. «Acaso no había otro lugar donde naufragar» [ 3 ]
Encontramos un destino muy similar en los inmigrantes «ilegales» que es el estrecho de Gibraltar y sus zonas cercanas. Justo allí pierde la vida el abuelo de Mustafá, en El paso del Estrecho, y al Estrecho llega también Habib -Noche de luna en el Estrecho- cerca de El Ejido. Diko -África en el corazón- recala cerca, en Tarifa, aunque se menciona también Algeciras, pero acaba desplazándose a Madrid en donde encontrará un Centro de Acogida y el principio de una nueva vida. Saïd -Un viento frío del infierno- también vive y estudia en Madrid. Los dos inmigrantes ilegales que naufragan en Cuéntamelo de nuevo, de Pedro Sorela, lo hacen en la isla del Risco de las Alas, en Canarias, un lugar alejado y con pocos medios de comunicación.
Más al norte viven Aser, en A punta de navaja. Concretamente vive en Gijón. Y Luna, en Las trenzas de Luna, vive en algún lugar de Asturias. Los inmigrantes que proceden de Alemania y viajan hacia Marruecos, en ¡Ring!¡Ring!, llegan a Zaragoza en donde pasan una noche en casa de dos ancianas, al principio reticentes, pero luego acogedoras. Y en las preciosas playas de Zarautz, en El loro de Haydn, naufraga el Stella Maris: «... no todos los días viene un barco a naufragar a la playa más limpia y bonita del Cantábrico, a la joya de las playas; no todos los días aparece en la muy nombrada y poética playa de Zarautz un buque con bandera panameña» (p. 12).
Y ya fuera de España, Sélima, en Anne aquí, Sélima allí, vive en Marsella. En cambio, la familia De una a otra orilla vive en Lyón y el niño narrador reflexiona acerca de los contrastes entre la aldea de su padre y su nueva ciudad: «La soledad no existía. Los hombres vivían juntos en la época de las aldeas. Con el paso del tiempo las aldeas crecieron, sus habitantes se hicieron más numerosos, comenzaron a vivir unos separados de los otros y la soledad se instaló entre ellos. La gente empezó a marcharse; se iban a unas enormes construcciones llamadas rascacielos. No se cruzaban más que en los ascensores y no se atrevían a hablarse o a mirarse. La soledad creció tanto como los edificios. Muchos se volvieron locos, pero ya no eran los simpáticos locos de la aldea, sino locos que producían miedo a los demás. Se construyeron manicomios para cuidarlos, para separarlos de la gente. Para las personas viejas se inventó el término de "tercera edad" y se construyeron residencias para que estuviesen más tranquilas en su soledad. ¡O para que dejasen tranquilos a los demás!» (pp. 22-21).
La llegada. «¡Vamos, al agua! ¡Sólo tenéis que ganar la orilla!» [ 4 ]
¿Cómo llegan los inmigrantes a su nuevo país? Es una cuestión angustiosa en ocasiones porque muchos llegan de manera ilegal, ocultándose y, por lo tanto, son víctimas de mafias establecidas que los engañan y trafican con su dolor. Suele ocurrir con los africanos que, en muchas de las novelas leídas, llegan en patera, con todo lo que ello comporta, ya que son arrojados al mar para evitar que las lanchas de la Policía Nacional los intercepten. Leemos el momento con precisión en El paso del Estrecho: «Distinguió luces de posición moviéndose rápidamente en la distancia e imaginó lo que ocurría: las lanchas de la Policía Nacional trazaban rumbos de caza [...]. De pronto un chapuzón. Y otro más... Y otro. Y otro...[...] el aire se había llenado de gritos en árabe, aspavientos y chapoteos desesperados...» (p. 20).
Jordi Sierra i Fabra en Noche de luna en el Estrecho (Nit de lluna a l`estret) investiga en los preparativos de ese viaje, en cómo hay quien lo intenta una y otra vez y se deja toda la fortuna de su familia en el intento y cómo, al final, la embarcación es frágil y todo resulta una mentira en la que un puñado de inmigrantes se juegan la vida: «La pastera aixecà la primera onada d`escuma en picar de proa contra l`aigua, amb la pluja provocada pero això, sota la nit tan clara com bonica, i tan espectral como silenciosa, tret del soroll del motor i de les onades, els rostres dels seus ocupants es van desencaixar per primera vegada, amb les mans aferrades a la fusta i els cossos embolcallats en una tensió que ja no els abandonaria» (p. 157).
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NOTAS
  • [ 3 ] El loro de Haydn, de Felipe Juaristi, p. 9.
  • [ 4 ] El paso del Estrecho, de Fernando Lalana, p. 20.

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