Los pueblos, desde el origen de los tiempos, han llevado a cabo movimientos migratorios. Si buscamos en la más remota antigüedad veremos que ya entonces se tiene noticia de la emigración y la inmigración, según sea el punto de vista adoptado. En la Biblia se habla de estas cuestiones y de cómo el pueblo elegido tuvo que emigrar en diversos momentos de su historia. Sin ir más lejos, y por poner un único ejemplo, Abraham, inspirado por Dios, abandonó su lugar de origen: «Deja tu patria, sal de tu tierra y de la casa de tu padre. Ve al lugar que yo te indicaré». (La Biblia de los jóvenes. Antiguo Testamento, Espasa-Calpe, 2001).
Introducción. «Yo también soy inmigrante» [ 1 ]
El fenómeno de la inmigración no es nuevo para nosotros y no debería sorprender al pueblo español que, por distintas razones, se ha visto abocado en el pasado a emigrar. Así, Mercedes Neuschäfer-Carlón, en Antonio en el país del silencio, habla de una familia de emigrantes españoles en Alemania y de las reacciones de los vecinos al saber que vivirían en su misma escalera. La propia escritora se dedicó a dar clases a los hijos de los inmigrantes españoles y así surgió su vocación literaria: plasmó en sus libros los cuentos que les contaba a esos chicos. Los comentarios, pues, que se hacen en Antonio en el país del silencio no son muy halagüeños, al menos al principio: «Los vecinos de la casa, sin embargo, no se habían alegrado con la noticia de la venida de la familia extranjera. [...] Parece que para el piso de arriba nos van a traer asociales o trabajadores extranjeros, que es lo mismo. Lo mismo no, pero casi. Mañana voy yo al Ayuntamiento a ver si puedo arreglarlo» (p. 17).
Hoy nuestro país ya no es el punto de salida, sino el de llegada y acaso el de acogida porque España sigue siendo, igual que ocurriera en la Edad Media, el puente entre culturas, la europea y la africana. Eso más que molestarnos, como parece que aún ocurre, debería enorgullecernos. No sólo hablamos de la inmigración por motivos económicos, sino de esa otra forzada por cuestiones políticas, que se llama exilio y del que también se podría escribir en otro momento.
La inmigración no es una cuestión privada, que se pueda mantener en el secreto, sino que es algo público y social, algo que por otra parte nos viene desbordando en los últimos tiempos. Los gobiernos de todos los países que reciben inmigrantes tratan de regularizarla aplicando distintas leyes y normas. Y nuestro objetivo en este artículo no es cuestionarlas. Ahora bien, es un hecho que ni la enseñanza ni el trabajo ni la percepción del ocio son las mismas ni serán las mismas cuando los inmigrantes hayan dejado de serlo y se hayan consolidado diversas generaciones de ellos. Entonces quizá asistamos a otro fenómeno de mezcla, de intercambio, de riqueza; pero aún estamos empezando a conocernos y a respetarnos. Ya Diko, en el barrio de Lavapiés, se da cuenta de la mezcolanza: «Salí a una plaza como tantas otras, pero con algo que destacar: había marroquíes, chinos, negros... como si allí se dieran cita las variadas razas que pueblan Madrid» (África en el corazón, p. 139).
Mucho se podría escribir al respecto; pero aquí, en estas páginas, nos interesa registrar la forma en que los narradores plasman el hecho de la inmigración en sus obras y la reflejan desde un punto de vista humano más allá de cuestiones políticas o económicas, aunque sin desdeñarlas cuando surgen.
El Diccionario de la RAE define «inmigrante» como «que inmigra» e «inmigrar» como «Llegar a un país para establecerse en él los naturales de otro». Detrás de estas escuetas palabras hay toda una peripecia vital que la literatura pretende recrear, enfocar, analizar, narrar. Así, en Dieciocho inmigrantes y medio, de Roberto Santiago, leemos nada más empezar este diálogo:
«-Papá
-¿Qué?
-Papá, ¿qué es un emigrante?
-Pues... es... como..., o sea..., un emigrante es..., es..., un emigrante es uno que se va».
Y sigue:
«-¿Y un inmigrante?
-Pues uno que viene».
Al padre, como a otras muchas personas, le resulta incómodo hablar de estos temas con su hijo porque no sabe cómo abordarlos, porque tiene aún prejuicios, porque desconoce la realidad humana y profunda «de los que se van y de los que vienen». Y es Claudio, su hijo, quien le da una buena respuesta: «... en clase de Ética la profesora ha dicho que los inmigrantes son nuestros amigos y que hay que respetarlos y quererlos..., y también ha dicho que cualquiera de nosotros podría ser un inmigrante» (p. 10).
La literatura infantil y juvenil de los últimos tiempos presta especial atención a la inmigración y suele tratar temas relacionados con ella, como el racismo, el choque de culturas, el aprendizaje de la nueva lengua y otros más que iremos esbozando en las siguientes líneas. Muchas son las obras destinadas a públicos de todas las edades que abordan con seriedad y honestidad la inmigración; muchas de estas obras se centran en el ámbito que hoy nos ocupa. Trataremos de analizar distintos títulos, más de 25, en los que la inmigración ocupa un primer plano. Aunque nos refiramos tanto a obras destinadas para los más pequeños como a las destinadas a un público adolescente, por las citas y los planteamientos veremos que el tratamiento varía y que es más realista, por lógica, en las narraciones dirigidas a los jóvenes, y más tierno en las destinadas a los primeros lectores.
Hemos seleccionado, pues, una serie de libros, creemos que lo suficientemente significativos y atractivos de autores españoles en su mayoría, aunque no en exclusiva, puesto que aparecen títulos relevantes de autores extranjeros, que nos van a servir para ofrecer las líneas generales (nunca exhaustivas) del tratamiento de la inmigración.
País de origen. «He atravesado el desierto» [ 2 ]
El país de procedencia de los inmigrantes es básico porque nutre su memoria, a él vuelven en los momentos de añoranza y de él han sacado sus tradiciones y costumbres. La mayoría de los inmigrantes proceden del continente africano, de Marruecos sobre todo, de Argelia, de Camerún; otros, menos, de Sudamérica y ninguno, al menos de las obras tratadas, de China o Japón, ni de los llamados países del Este. Vamos a verlo con ejemplos, que serán la base de este análisis, puesto que lo que pretendemos es ofrecer no nuestra opinión (pese a que sea inevitable no hacerlo), sino la de los escritores.
Ahmed, el protagonista de ¿Dónde estás, Ahmed?, de Manuel Valls, acaba de integrarse al curso escolar y procede de Marruecos, aunque no se especifica muy bien: «... el muchacho marroquí que había entrado en el insti aquel curso» (p. 8). También es de Marruecos, sin precisar, Amina, en Frontera, de Jordi Sierra i Fabra.
Más específica resulta la procedencia de Saïd, en Un viento frío del infierno, de Carlos Puerto, que viene del Atlas: «Yo nací del lado del desierto, aunque el desierto está lejos de casa...» (p. 86). Habib, en Noche de luna en el Estrecho, de Sierra i Fabra, también es del Atlas.