Las historias leídas, contadas, repetidas, por los padres o los abuelos, en la escuela, en la biblioteca escolar o pública, permiten que el pequeño oyente construya un patrimonio colectivo que se instala en su memoria. Su imaginación almacena imágenes comunes a todos: bosques donde perderse hasta encontrar el camino; cabañas donde calentarse cuando hace mucho frío, donde saciar el hambre y apagar la sed; montañas altísimas que hay que escalar, ríos que hay que cruzar, desiertos que hay que recorrer hasta llegar al objetivo propuesto. Personajes bondadosos y personajes malvados; héroes diminutos o tan grandes como un edificio; seres valientes o miedosos, apuestos y hermosos o bien feos y terroríficos... Todos ellos les ayudan en el conocimiento de sí mismos, de los otros y del mundo que los rodea. Y, como vienen haciendo los lectores desde tiempos inmemoriales, los oyentes, en el futuro, transmitirán estas experiencias a otros, enriqueciendo todo este imaginario colectivo con sus propias experiencias y su sabiduría.
Las historias, los cuentos, las palabras repetidas, día tras día, por el adulto, construyen en el niño unos vínculos invisibles con la lectura y la escritura, pues el álbum es el primer encuentro del niño con la lectura, con la interpretación de la historia, compuesta por imágenes y texto. Poco a poco, el pequeño nota que hay una relación directa entre los signos misteriosos del libro y las palabras que pronuncia el adulto. Aquellos signos representan un código secreto que el niño quiere descifrar porque son la clave de un universo mágico. Esta herencia cultural que se inicia en el seno de la familia ayuda al niño a modelar una serie de habilidades que, una vez aprendidas, se desarrollan y se transforman, y le sirven, a lo largo de su vida, como estímulo para la creatividad.
De la misma manera que el juego despierta la curiosidad del niño y estimula su capacidad de imaginar y de imitar al adulto por medio de la exploración y la experimentación, el cuento maravilloso nutre su ilusión y «sirve de guía al niño en términos que su consciente y su inconsciente pueden interpretar y favorece el desarrollo de su personalidad».
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La doctora Teresa Colomer hablando sobre el descubrimiento de los libros y el progreso lector de los niños afirma que «la relación entre los niños y las niñas y los libros, hasta los 6 años, se construye básicamente a través de su lectura compartida con los adultos»
[ 6 ] y hace hin-capié en una serie de aspectos de esta iniciación a la literatura que el adulto contribuye a desarrollar en el niño, entre los cuales destacaría el hecho de establecer una situación afectuosa y relajada que favorece el diálogo entre ambos, la creación de los mecanismos de anticipación y razonamiento que son propios de la lectura y la posibilidad de enseñar a fijar la atención en los detalles y de favorecer la interrogación y la ampliación del propio mundo.
Más adelante, el pequeño descubre que hay dos clases de lenguaje: el lenguaje hablado, que se utiliza todos los días y sirve para acompañar los actos de la vida, lo que pasa y lo que está a punto de pasar, formado por frases a veces inconexas, desordenadas e incompletas, pero que sirven para hacerse comprender, y otro lenguaje, el de los libros, que explica historias con un lenguaje preciso que tiene un comienzo, un desarrollo y un final. Un lenguaje que no deja de ser extraño, puesto que es hablado -la prueba de ello es que el adulto lo transmite con su voz-, pero también es escrito, con una organización de las palabras que permite contar la historia de la mejor manera posible.
Escuchando cuentos, repasando con los ojos y con el dedo las palabras que lee el adulto, compartiendo las historias que presentan los álbumes y los cuentos infantiles, el niño y la niña se apropian de formas gramaticales, de frases complejas, de formas sintácticas, de palabras desconocidas que saben a mágicas y parecen mensajes secretos. Todo ello añade encanto a la historia, porque para el pequeño todo en la historia es importante: el propio cuento, los personajes, la voz del adulto, el ritmo del texto y las palabras. Aunque sean palabras y formas gramaticales que no utilizan todavía en el lenguaje hablado, poco a poco, formarán un bagaje en su memoria, un equipaje que, llegado el momento del aprendizaje de la lectoescritura en el centro escolar, les ayudará a estar más familiarizados con el lenguaje.
Motivación e imitación
Los seres humanos no nacemos siendo lectores. La adquisición de las competencias que nos convierten en lectores expertos es lenta y progresiva. El comportamiento lector se adquiere a través de la motivación y la imitación, una imitación que el niño interioriza progresivamente mediante propuestas variadas, con libros de gran calidad, con diversidad de temáticas y autores, con el objetivo de que cada niño y niña encuentre lo que le interesa según su edad y madurez personal.
Así se logrará la implicación activa del pequeño lector, su identificación con los personajes, su proyección en la acción del libro, introduciendo sus interpretaciones, recuerdos y análisis o bien interrelacionando sus convicciones con las del libro, de manera que la comprensión lector-libro nacerá en algún momento de este proceso.
Para que la imitación inicial se convierta en motivación profunda, es imprescindible que el niño y la niña tengan la libertad de construir su proyecto de lector o lectora, pasando de saber leer a querer leer, es decir que, después de haber integrado las dimensiones afectiva, cognitiva y pragmática que comporta una lectura eficaz, sean lectores apasionados, interesados y críticos.
En busca de recetas
Buscar, seleccionar, leer en voz alta, acompañar la lectura de los niños y las niñas en el seno de la familia, aparte de alimentar la herencia literaria de los pequeños, propicia la comunicación entre el adulto y los niños y sirve, además, de garantía para la transmisión cultural. Con ello, las familias favorecen en los niños el placer y la experiencia del descubrimiento, la formulación de interrogantes que despertarán su imaginación y su inteligencia, ayudándoles a descubrir la realidad y a asumir su historia y las peculiaridades de su cultura.
«Contagiar el deseo de leer -afirma Emili Teixidor-, es como contagiar cualquier otra convicción profunda: sólo se puede conseguir, o mejor intentar, sin imposiciones, por simple contacto, imitación o seducción... El mejor contagio/contacto es el ejemplo.» Y añade a continuación en el primero de los «trucos» que sugiere: «primero lee tú y los demás imitarán el placer que tú expandas. Predica con el ejemplo».
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Cuando oímos contar un cuento «además del contenido de la historia, tenemos la voz de quien habla, y también la calidez de su mirada, las expresiones de su rostro, sus gestos... vivimos una situación única, porque la complicidad y la intensidad de las miradas y el juego de modulaciones de la voz hacen de aquel acto un momento único que no volverá a repetirse jamás de la misma forma. En este sentido, contar cuentos es una obra de arte, una obra de arte efímera que, sin embargo, deja una huella duradera. Cuando contamos un cuento a nuestros hijos..., hemos hecho un esfuerzo para apropiarnos de la historia, para memorizar las canciones o las fórmulas de repetición, o bien aquellas que ayudan a iniciar y a finalizar el relato. A través de nuestras palabras y de nuestro cuerpo se produce el milagro de la comunicación y, además, hacemos de puente entre personas de otras épocas que expresaron sus incertidumbres, alegrías y aprensiones mediante los cuentos, y los oyentes de hoy, los cuales -herederos del mismo legado humano-, se sienten cautivados por las mismas historias».
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