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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 182 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

La familia, modelo e impulsora de la lectura

por Anna Gasol
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 182, mayo 2005

Número de páginas: 4
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La lectura y la autoafirmación del individuo
El desarrollo de las nuevas tecnolo-gías y de los medios audiovisuales ha acrecentado la importancia de la lectura, modificando sus funciones. Si a principios del siglo xx ser lector era un sello de prestigio social y denotaba la pertenencia a una determinada clase que disponía de tiempo y recursos para acercarse a la cultura, no serlo no presuponía un desequilibrio personal ni un condicionante para no sentirse integrado en el entorno social. Actualmente, las cosas han cambiado de manera radical, tal como hemos modificado nuestra filosofía de vida. Existen, ciertamente, muchas vías de acceso a la cultura -el cine, la televisión, internet, los viajes...-, pero el desarrollo de las nuevas tecnologías ha convertido la eficacia en la lectura en una de las actividades fundamentales de la vida diaria. Hemos ganado en capacidad de autonomía gracias al acceso a la información, pero al mismo tiempo necesitamos ser mucho más hábiles en comportamientos semióticos y lingüísticos, auditivos y visuales.
Leer es una forma de vida que requiere soltura en la manipulación de los soportes de lectura, seguridad en el planteamiento de las cuestiones y en la apropiación de los componentes del entorno de lectura: lugares (bibliotecas públicas, escolares, especializadas, y librerías), objetos específicos en cualquier soporte (periódicos y revistas, diccionarios, anuarios, libros diversos...) o bien situaciones vivenciales (rótulos de señalización, instrucciones de los aparatos, etiquetas de los productos de consumo corriente en casa...).
En el informe de la UNESCO: La educación encierra un tesoro, [ 2 ] se invita a los gobiernos a tomar medidas educativas para evitar que en el siglo xxi se incrementen todavía más las desigualdades sociales: «No albergamos ninguna duda de que la capacidad de los individuos para acceder y tratar la información será determinante para su integración en el mundo laboral y también en su entorno social y cultural».
La auténtica democratización de la lectura se basa en que todos los ciudadanos tengan la posibilidad de acceder libremente a la pluralidad de registros que supone adquirir la experiencia plena de la lectura: acceso al saber, conocimiento del lenguaje y construcción del propio yo.
Acceso al saber mediante la lectura funcional -mezcla de los aprendizajes funcionales de la vida cotidiana y de los aprendizajes motivados por la curiosidad personal-, que sirve de apoyo en la trayectoria formativa de cada individuo y le permite construir un capital cultural que, en el futuro, le dotará de unas habilidades que le permitirán el acceso a un puesto de trabajo más cualificado, a mantener el dominio sobre una sociedad que cambia de forma constante, a abordar la información con un sentido más crítico, a no estar al margen, a comprender el mundo y a sentirse partícipe de él. Conocer más el lenguaje para usarlo mejor.
Enriquecer el vocabulario a través de la lectura permite una mayor habilidad en el uso de la lengua y una mayor variedad de registros y recursos lingüísticos para expresarse con más agilidad y riqueza y, por consiguiente, una mayor eficacia para que cada individuo sepa defender con mejores argumentos sus derechos.
La antropóloga francesa Michèle Petit afirma que en la vida del ser humano es determinante el peso de las palabras o el peso de su ausencia: «Cuanto más capaz es uno de nombrar lo que vive, más apto será para vivirlo, y para transformarlo». [ 3 ] Si no somos capaces de dar nombre a lo que vivimos, si no tenemos palabras para pensarnos, sigue diciendo Petit, no nos queda más que la violencia del cuerpo o la expresión de los sentimientos mediante actos violentos.
El descubrimiento de los libros y la literatura
Conocimiento de uno mismo a través de la lectura de placer. Un camino privilegiado, a cualquier edad, para conocernos, dar sentido a la existencia, a la vida, poner voz al sufrimiento y dar forma a los deseos y los sueños. La lectura de placer, desde las primeras edades, debería propiciar la apertura de la imaginación, el lugar de expansión del repertorio de las posibles identificaciones, el lugar donde encontrar las palabras que sirvan para expresar lo más secreto, lo más íntimo de cada individuo. Pero hemos de convenir en que el placer es personal y, por tanto, cuando desarrollamos el gusto por la lectura en los niños, no debemos confundir el placer con la imposición. Hay que permitir que cada niño construya su propio placer porque ha integrado el dominio de la lectura y es capaz de utilizar la lectura y la escritura en cualquier circunstancia.
El escritor Emili Teixidor afirma que «el placer de la lectura sólo se produce cuando el acto de leer se convierte en una creación, en un acto productivo, cuando el libro sabe poner en juego las facultades del lector. Los mejores libros son los que dan al lector suficiente espacio para rehacer el texto a medida que lo está leyendo». [ 4 ]
El gusto por la lectura empieza antes de saber leer. «No sé leer», dice un pequeño de 2, 3 ó 4 años. Es cierto, porque todavía no ha adquirido la técnica que le permitirá descodificar los signos. Y sin embargo, es falso, porque desde los ocho meses manipula los libros, los abre y los cierra, los coloca en el estante, sabe escoger el que prefiere y, en alguna medida, sabe qué esconde cada uno de sus libros en su interior.
Desde el primer año de su existencia, el niño empieza a desplegar mecanismos complejos que lo preparan para la lectura autónoma, la lectura que practicará en un futuro próximo, tan pronto como haya descubierto los secretos de la descodificación de los signos.
Cuando damos un libro a un bebé nos divierte ver cómo le da vueltas, una vez tras otra, lo lame para conocer su sabor, lo muerde, lo mira de uno y otro lado. De pronto, percibe que aquel extraño y sorprendente juguete tiene posibilidades: cambia a cada página, se abre y duplica su tamaño, contiene dibujos distintos, las imágenes presentan colores diferentes, permite movimientos diversos según se abra de uno u otro lado. Son pocos los objetos o los juguetes que le ofrecen tantas posibilidades de transformación de una manera tan fácil y natural.
Desde que nace, el niño debe tener libros a su alcance, de una manera natural. Es el adulto de su entorno quien debe guiarlo en el funcionamiento del objeto-libro y en el descubrimiento de los lugares que lo contienen, seleccionando los álbumes y los libros más oportunos a su universo. El niño asocia el objeto-libro al mundo maravilloso que le desvela el adulto, un mundo distinto del suyo, aunque relacionado con él. Un mundo cuyos personajes se comportan de la misma manera que él o bien hacen todo lo que a él le gustaría hacer. Un mundo que le permite hacer preguntas y dar respuestas, y le ofrece la ocasión de expresar sus emociones.
Gracias a la intervención del adulto, el libro adquiere una dimensión extraordinaria porque, no solamente abre las puertas a un universo, sino que es un instrumento de intercambio y colaboración entre el adulto y el niño. Alrededor del libro compartido, lo demás no importa. En la memoria del niño estas imágenes estarán para siempre asociadas con la complicidad y la ternura compartidas; una ternura física -sentados uno junto al otro-, y una complicidad y ternura intelectuales porque, mientras dura la historia, el niño y el adulto estarán inmersos en la misma aventura, las mismas emociones. Están encerrados en una especie de burbuja, dentro de la cual puede suceder todo porque, pase lo que pase, lo comparten. Y en esta actividad no están solos sino que, apropiándose del patrimonio que el escritor y el ilustrador ponen a su alcance, a partir de un universo propuesto, unos personajes, unos temas, unas ideas, unas imágenes, se convierten en depositarios del imaginario colectivo.
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NOTAS
  • [ 2 ] AA.VV, La educación encierra un tesoro, Madrid: Santillana, 1996.
  • [ 3 ] Petit, M., Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1999.
  • [ 4 ] Teixidor, E., «Estrategias del deseo o trucos para leer», en La Vanguardia, suplemento Culturas, 135, miércoles 19 de enero de 2005.

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