RC - Artículos - La familia, modelo e impulsora de la lectura - Página 1

www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España

 >> arce.es


Última actualización: (CET)


CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 182 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

La familia, modelo e impulsora de la lectura

por Anna Gasol
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 182, mayo 2005

Número de páginas: 4
imprimir

El escritor y sociólogo argentino Alberto Manguel en su ensayo Una historia de la lectura, [ 1 ] recuerda que el ser humano empezó a leer antes de iniciarse en la escritura. Dice que la lectura, en un primer momento, fue el intento de dar sentido a los signos de la naturaleza que el ser humano no podía dominar: las estrellas en el firmamento, el recorrido de las nubes en el cielo, el diseño del tronco de los árboles..., todo lo que veía a su alrededor constituía un pretexto para buscarle una interpretación. Más adelante, inspirándose en estos signos de la naturaleza, el hombre elaboró los fundamentos de lo que serían los complejos sistemas de escritura que conocemos.
Sabemos que la lectura no podría existir sin que antes haya existido la escritura, es decir, sin que tengamos ante nuestros ojos estos múltiples signos que nos son ya tan familiares, que vemos por todas partes y que descodificamos sin ni siquiera ser conscientes de ello. Unos signos que, no importa quién los haya escrito, nos provocan la risa y el llanto, nos incitan a soñar o nos hacen reaccionar a favor o en contra. Unos signos que nos interrogan y nos interpelan.
La escritura y la lectura son, pues, los dos elementos indisociables de un sistema de comunicación que el ser humano ha elaborado a través de los siglos y que evoluciona sin cesar.
No es mi pretensión detenerme en la invención de la escritura ni tampoco hablar sobre los alfabetos antiguos, ni tan siquiera sobre la lenta y progresiva popularización que ha experimentado la lectura desde la aparición de los alfabetos hasta el descubrimiento de la imprenta, y hasta nuestros días.
Sin embargo, me gustaría detenerme un momento para hacer una reflexión sobre la infancia y la lenta y paulatina preocupación de los adultos por proporcionar lecturas a los niños y niñas.
Un poco de historia: infancia, educación y lectura
Durante siglos la sociedad prestó escasa atención a la infancia como tal. El niño era considerado un adulto en miniatura y se esperaba que creciera lo suficiente para utilizarlo como fuerza de trabajo. En la familia era una boca más que alimentar y en la medida de lo posible, se le iba integrando en el mundo de los adultos. Con unas condiciones de vida difíciles para todos y una tasa de mortalidad muy alta, la familia inculcaba unos principios básicos: la conservación de los bienes, el trabajo y el aprendizaje de un oficio para la entrada en un mundo en el cual un individuo solo -menos todavía una mujer-, no podía sobrevivir. En casos extremos, la familia también era la encargada de proteger el honor y la vida de sus componentes. En esta estructura, la función afectiva era lo que menos contaba, aunque con ello no quiero indicar ausencia absoluta de afecto.
Evidentemente, planteado este contexto, sería inútil hablar de libros específicamente destinados a niños y jóvenes. Al finalizar la Edad Media, el desarrollo del comercio y el ascenso de la burguesía cambiaron la filosofía de la vida y el concepto de cultura, ampliando sus horizontes. El florecimiento de las lenguas vernáculas favoreció la multiplicación de los libros y los puso al alcance de un mayor número de personas, lo cual, a su vez, cambió las condiciones de la enseñanza.
Si nos fijamos en el continente europeo, especialmente en los países católicos, fue a mediados del siglo xvi (con la aparición de los colegios de los jesuitas) cuando los hijos de las familias burguesas empezaron a recibir una educación humanística -en latín, la lengua internacional, indispensable para entenderse en toda Europa-, basada en una amplia cultura general.
Durante los siglos xvii y xviii la educación siguió siendo aristocrática; las pocas escuelas concebidas para el pueblo eran parroquiales y gratuitas y en ellas se impartían clases de lectura, escritura, ortografía, aritmética y catecismo. Apenas existían libros específicamente destinados a los niños y se dirigían a los hijos de la nobleza. Recordemos, por ejemplo, el Télémaque (1699), escrito por Fénélon cuando era preceptor del duque de Borgoña. Cuando se elaboraban, estos libros infantiles respondían a unos objetivos precisos:
- Servían como ejemplos y proporcionaban alguna información.
- Su principal misión era asegurar la formación moral, intelectual y psicológica de los jóvenes, siguiendo los criterios propios de la sociedad de la época. La información era, pues, seleccionada con cuidado.
- Los libros destinados a los niños no podían ser los mismos que los destinados a las niñas.
- No era necesario que los textos hubieran sido escritos y pensados para los niños.
Así pues, no podemos hablar propiamente de literatura infantil, sino de unos textos de los que los jóvenes lectores se apropiaban y que estaban marcados por dos principios fundamentales:
- Su papel formativo en el contexto de un sistema educativo determinado.
- La estrecha relación de sus contenidos con las necesidades de la sociedad de la época.
A lo largo de los siglos xvii y xviii empieza a haber una preocupación por la educación de las mujeres -recluidas a las actividades domésticas-, en textos como L'éducation des filles (1680), de Fénélon que recomienda que se las forme en lectura y escritura, gramática, historia antigua y moderna y literatura para que estén más preparadas para la vida y para hacer frente a los problemas de la época.
Los cambios políticos, sociales y económicos que marcaron el final del siglo xviii y los comienzos del xix cambiaron los conceptos en materia de educación y establecieron los fundamentos de la educación moderna, que hace necesaria la formación de todos los individuos. Precursor indiscutible de este cambio en el concepto de la educación y de noción de infancia, el Émile (1762) de Rousseau, marca una nueva etapa en la consideración social del niño.
Así pues, la nueva educación -que cada vez más se acepta como derecho de todos-, se caracteriza por la ampliación de sus contenidos culturales y humanos y tiende a la formación del individuo para que evolucione hacia una sociedad en constante progreso.
En los años que siguieron a la primera guerra mundial empieza a darse una creciente demanda de libros infantiles para cubrir las necesidades de lectura y conocimiento en las escuelas. Como consecuencia de la necesidad de producto, a medida que la edición y la distribución de libros infantiles aumentan, el contenido de las obras destinadas al público infantil evoluciona. No se trata solamente de instruir, sino de reconocer, también, el derecho de los pequeños lectores al placer y a la distracción.
Esta nueva noción de la lectura coincide con la evolución de la propia sociedad, por lo que la edición se caracteriza, por un lado, por el hecho de que hay un público que reclama lectura y, por el otro, porque tanto los educadores como las familias son conscientes de la utilidad de los libros. Se ha introducido un cambio en la consideración con que la sociedad trata a la infancia.
El final de la primera y la segunda guerras mundiales supone un cambio cualitativo importante en el mundo de la edición de los libros infantiles. Los editores ven la necesidad de crear y promover colecciones de libros destinados a los pequeños lectores: adaptaciones de cuentos clásicos y populares que en muchas ocasiones sufren modificaciones y recortes para evitar herir la sensibilidad del pequeño lector y, también, en este primer momento, demandas a escritores de reconocido prestigio para que escriban específicamente para niños.
Sin embargo, sólo a partir de la década de 1970 empiezan a abordarse temas y problemáticas sociales de actualidad en forma de novelas realistas especialmente dirigidas a un público juvenil.
Actualmente podemos afirmar que estamos asistiendo a una época de auge en lo que concierne a la edición y al consumo de libros, aunque este consumo no nos otorga ni el título ni la condición de lectores.
Número de páginas: 4
imprimir

NOTAS
  • [ 1 ] Manguel, A., Una historia de la lectura, Madrid: Alianza/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998.

¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Miércoles, 22 de Mayo de 2013 04:28:47