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La Historia Interminable en el cine...y debe ser contada en otra ocasión

por Ernesto Pérez Morán
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 180, marzo 2005

Número de páginas: 2
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Al cumplirse veinticinco años de la publicación de La historia interminable, nos acercamos a las distintas versiones cinematográficas que se han hecho hasta ahora de la novela de Michael Ende. Una aproximación que, como la obra literaria misma, abrirá más caminos de los que pueda dejar cerrados y no pretende acotar los distintos temas dentro de unos límites estrictos, dado que el reino de fantasía tampoco los tiene.
Hace un cuarto de siglo, Michael Ende escribió una obra que, con la perspectiva del tiempo, se ha convertido en un clásico de la literatura fantástica. Cuenta la peripecia del joven Bastian, que roba un ejemplar de La historia interminable de la librería del señor Koreander y se refugia en el desván del colegio para leerla, adentrándose así en el mundo de Fantasía. Allí conocerá a los singulares personajes que lo pueblan y acabará entrando físicamente en el relato y salvando de la destrucción a ese uni-verso imaginario, al darle un nombre a la Emperatriz Infantil. Tras correr mil aventuras y pedir otros tantos deseos, Bastian regresará finalmente al mundo real, del que se había evadido por medio de la lectura, como sostiene básicamente el propio libro.
Claro que, al resumir así su argumento, se hace un flaco favor a la obra de Ende, porque La historia interminable es mucho más que una hábil acumulación de anécdotas divertidas. Habrá que empezar aludiendo a la impresión material del texto en dos colores, tal como lo conocimos en España -en otra espléndida traducción de Miguel Sáenz- a través de la cuidadosa edición de Alfaguara: tinta rosa para los párrafos que se refieren al mundo real y verde para los pertenecientes al de Fantasía. Comienzan así un apasionado canto a la lectura y una defensa del mundo de los sueños frente a la realidad cotidiana, matizados y enriquecidos uno y otra por innumerables sugerencias paralelas: la posibilidad de que el lector modifique la obra valiéndose de sus propias experiencias y recuerdos; el tema clásico del doble, personificado en este caso por Bastian y Atreyu; la capacidad del ser humano para contar historias, y también para olvidarlas; las relaciones entre ficción y rea-lidad; la importancia del pasado sobre los actos futuros... Éstos y otros aspectos jalonan una novela sobre la que se han elaborado múltiples interpretaciones.

La existencia de un discurso político de fondo, o de una determinada dimensión teológica en el texto, por ejemplo, han dado pie a numerosos y acalorados debates. Aquí nos interesa más, sin embargo, la relación que puede haber entre la historia que se cuenta y el sujeto que asiste a ella. Porque la idea de un relato que cambia según el lector que lo asimila, y que además se basa en la fantasía de éste -el hecho de que Bastian conozca el pasado del reino de los fantasios sólo puede explicarse si Fantasía es, en realidad, su propia imaginación-, enlaza a la perfección los dos campos que son objeto de nuestro análisis: el cine y la literatura.

Uno de los mayores méritos de la novela consiste precisamente en introducir ese denso entramado intelectual en una narración tan bien construida como apasionante y fácilmente comprensible para lectores de todas las edades. Un texto que permite una doble aproximación, y que funciona como ese espejo del Oráculo del Sur que atraviesa el protagonista: en plena sintonía con una de sus ideas motrices, la obra cambiará dependiendo de quién la lea, además de enfrentar a cada lector con sus propios miedos. Tal vez por eso, algunos sesudos críticos, aislados, afortunadamente, han mostrado siempre cierta indiferencia hacia este relato, que consigue explicar determinados temas -como la tan posmoderna tendencia a jugar con los límites entre la realidad y la ficción, por ejemplo- de una forma mucho más brillante que bastantes estudios teóricos. Y, además, divirtiendo.
Veinte años son muchos años
Un lustro después de la publicación original, cuando la novela llevaba vendidos cuatro millones de ejemplares y había sido traducida a veintisiete idiomas, unos avispados productores alemanes decidieron sacar partido de aquel éxito. Y lo hicieron poniendo veintisiete millones de dólares sobre la mesa -tantos como traducciones, precisamente- e intentando imitar al pie de la letra el modo de producción hollywoodense. Para ello contrataron a Wolfgang Petersen, director entonces muy valorado, como autor de la aclamada El submarino (1981), y que hoy es más conocido por alardes tecnológicos tan espectaculares como vacuos: La tormenta perfecta (2000) y Troya (2004). La música de Giorgio Moroder -con una pegadiza melodía cantada en inglés, pensando en el mercado internacional-, la colaboración del propio Michael Ende en el guión y un despliegue de medios inusual para un film europeo, debían hacer el resto.
La película comienza cuando un Bastian apolíneo, interpretado por el delgadísimo Barret Oliver -en abierto contraste con el protagonista «realmente gordo» de la novela- despierta una mañana, después de haber soñado con su madre muerta. Tras una conversación bastante sensiblera con su padre, el joven es perseguido por tres chicos de su colegio, que lo obligan a meterse en un contenedor de basura. Ese incidente servirá de excusa para justificar la entrada de Bastian en la librería del señor Koreander, aunque es un recurso innecesario, que sólo se explica como guiño a las convenciones del cine comercial, igual que ocurre con el goteo de situaciones sentimentaloides que salpican el desarrollo del film. Menos mal que, desde el momento en que el protagonista se refugia en el desván, la película remonta el vuelo, alcanzando momentos de notable brillantez narrativa: para sugerir que Fantasía es en realidad la imaginación del propio Bastian, cuando aparece Atreyu el cazador vemos cómo aquél mira sorprendido su mochila, en la que se puede distinguir una pegatina de un cazador de búfalos.
Sin embargo, más allá de éste y otros hallazgos -las transiciones entre los dos mundos son probablemente lo mejor del film-, de una narración algo académica pero que nunca se hace pesada, y de un final que llega sólo hasta la mitad del argumento de la novela, la verdad es que La historia interminable ha resistido mal el paso del tiempo, quedando inevitablemente anticuada en muchos aspectos. Las críticas del momento, por ejemplo, subrayaban admirativamente su despliegue de efectos especiales. Y hoy, para unos espectadores acostumbrados a las más avanzadas veleidades digitales, Fújur se parece más a un perro de trapo que a un dragón de la suerte, por ejemplo; los temibles ojos de Gmork dan más risa que miedo; los paisajes supuestamente inabarcables de Fantasía -algunos de ellos, por cierto, rodados en Almería y Huelva- resultan artificiosos, mientras que otros tienen toda la vetusta apariencia del cartón-piedra; y los vuelos de Bastian a lomos de Fújur «cantan» más que esas efigies pechugonas rodeadas por un insufrible efecto «flou».
El propio Michael Ende, después de intervenir en la elaboración del guión, y de obtener por ello una considerable cantidad de dinero, pidió que se retirara su nombre de los títulos de crédito, ya que, en su opinión, la película resultante era «un gigantesco melodrama comercial hecho de cursilería, peluche y plástico»...
Con todo, y a pesar de sus defectos y de la tajante descalificación del escritor, se puede decir que esta primera versión de La historia interminable, firmada por Wolfgang Petersen, fue bastante digna, no sólo en comparación con la mayoría de las adaptaciones de textos de similar categoría, sino de modo muy especial si se contemplan las dos «continuaciones» que iban a aparecer después.
Cómo se destroza un texto literario
Número de páginas: 2
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