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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 179 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Historia de las lecturas infantiles. Las aleluyas (Primera lectura y primeras imágenes para niños (siglos XVIII-XIX)

por Antonio Martín
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 179, febrero 2005

Número de páginas: 4
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Hay que señalar que la idea de la infancia como una etapa concreta del desarrollo del ser humano, con características muy específicas, es un hecho que hoy nos resulta evidente, pero el triunfo de los niños ha supuesto un largo camino de errores y desconocimiento. En el siglo xviii se «descubre» al niño, pero es la sociedad del xix la que lo «inventa» como concepto y dedicación, tras varios siglos en los que el valor que se le concedía no era otro que el de su futuro rendimiento como hombre adulto, por lo que aún no existía una formulación concreta sobre la infancia y sobre la conveniencia, si no la necesidad, de dotar a dicho grupo de posbilidades de acceso a los bienes culturales. [ 7 ]
En este marco y desde fecha muy temprana las aleluyas fueron miradas y leídas por los niños, pero lo cierto es que los editores de aquel tiempo apenas si pensaron específicamente en estos lectores, ya que durante mucho tiempo tuvieron escasa entidad como grupo de edad con un perfil propio. Siendo ésta una de las razones por las que el nicho sociológico de la infancia tardó en concretarse como público al que dirigir una oferta concreta. Lo confirma el examen de los fondos conservados, por el que se ve como las aleluyas que podríamos considerar de carácter infantil por su temática y planteamiento son escasas en el siglo xviii y en buena parte de la primera mitad del xix. Otra cosa es que los niños, como en otras ocasiones y en otras materias, se apropiasen de las aleluyas para jugar con ellas y para mirar sus viñetas, iniciándose así en la lectura voluntaria y recreativa.
Esto se produce en momentos en los que ya se ha comenzado a producir libros y ediciones dirigidos expresamente a los niños, sobre todo en el siglo xix. Ahora bien, respecto a la producción editorial de esta primera etapa hay que darse cuenta de que a veces se trata de obras no pensadas ni escritas originalmente para los niños, que han sido adaptadas posteriormente a sus niveles de conocimiento y presuntamente a su lenguaje, mientras que en otros casos se trata de libros que si bien sí están escritos expresamente para los niños, adolecen de una excesiva carga educativa que se intenta disfrazar bajo aparentes formas recreativas según la fórmula del «enseñar deleitando». Es así como la situación y características de la primera etapa de la literatura infantil española permite valorar mejor la importancia del trasvase del público receptor de las aleluyas, de los adultos a los niños.
La aleluya, además de elemento de juego es o puede ser material de lectura, eso sí: con gran apoyo gráfico, como corresponde a una sociedad profundamente iletrada como era la española de siglos pasados, incluso hasta bien entrado el siglo xx. Y como material de lectura se inscribe sin duda en la oferta más popular que reciben los niños y posiblemente una de las más atractivas gracias a las viñetas dibujadas que en realidad constituyen la parte fundamental de la aleluya.
Desde muy pronto los niños se apropiaron de las hojas de aleluyas para sus juegos. A este respecto tenemos abundantes testimonios que cuentan cómo los niños españoles recortaban las viñetas y jugaban con ellas. Juegos piadosos y otros no tanto, entre los primeros se cuenta el que consistía en recortar las estampas o viñetas que formaban las aleluyas de tema religioso para lanzarlas desde los balcones y ventanas al paso de las procesiones de Semana Santa y el Corpus al grito de «¡Aleluya!» o «Aleluyas finas». [ 8 ] Entre los juegos profanos estarían aquellos en los que las viñetas recortadas servían de moneda infantil para cambios y trapicheos, para jugar a la baraja, para jugar a la lotería, para levantarlas de una mesa con un golpe de la palma de la mano ahuecada (como más tarde se hará con los cromos), etc., etc. Incluso, según algún estudioso, los niños se habrían servido de las viñetas recortadas de una o más aleluyas para reagruparlas en órdenes caprichosos y reinventar nuevas historias.
El éxito que las aleluyas alcanzaron entre los niños dio lugar a que a partir del segundo tercio del siglo xix los editores creyeran en la posibilidad de aumentar su negocio con la edición de aleluyas dirigidas expresamente al naciente público lector infantil. Ello dio lugar a hojas destinadas al juego con títulos tan específicos como: Baraja infantil, Lotería infantil, Juego de la ruleta para los niños, Los juegos de la infancia, etc. También aleluyas con temas, personajes y relatos propios de estos lectores como Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, El vicio y la virtud, etc. A las que se unen las aleluyas referidas a obras literarias como Fábulas de Esopo, Aventuras de Telémaco, Fábulas de Iriarte, Don Quijote de la Mancha, Robinson Crusoe, etc.
El desarrollo de los pliegos dirigidos a los niños llevó incluso a cambios en la misma apariencia física de las aleluyas, que durante mucho tiempo se imprimieron sobre papel blanco pero que en el siglo xix pasaron a imprimirse también en papel de color (amarillo, azul, rojo, naranja, violeta...) para captar mejor la atención y el interés de los niños. También se potenciaron los contenidos didácticos, forzando incluso para ello la temática y la intención de muchos de los títulos dirigidos a los niños, seguramente para buscar la aprobación de los adultos, padres, maestros y sacerdotes ante el consumo expreso de las aleluyas por parte de los lectores infantiles.
La importancia que alcanzaron las aleluyas como parte de la cultura infantil dio lugar a que, ya entrado el siglo xx, los editores de los últimos periódicos para la infancia y de los primeros tebeos tomaran el modelo de la aleluya para integrarlo en los contenidos de sus publicaciones, unas veces como parte de sus contenidos y secciones, como es el caso de los tebeos Pulgarcito (1921), Caperucita (1924), Pinocho (1925), Alegría (1925), etc. Y en otras ocasiones dando hojas de aleluyas impresas aparte, como suplementos del tebeo que se difundían con su título y pie editorial, tal es el caso de las que editaron por ejemplo La Mainada (1921) o Boliche (1936). [ 9 ]
Aleluyas, lectura para ver y mirar
Pese a su pobreza técnica y a su escasa calidad: dibujos esquemáticos, textos elementales, mal papel, impresión descuidada y grabados muchas veces machacados y gastados, las aleluyas fueron un producto de consumo fácil por parte de los niños, por tratarse de uno de los más asequibles y, sobre todo, por basarse en la imagen, cuando en España los libros eran un bien relativamente escaso y, desde luego, caro, aún no existían periódicos en su forma moderna y la producción cultural se dirigía a los poderosos y ricos.
Al principio, las viñetas no llevaban ningún texto, pero pronto se incluyó dentro de ellas una palabra que reforzaba y completaba el significado y sentido de la imagen dibujada. Hacia 1840 esta palabra explicativa ya había sido sustituida por un texto narrativo situado al pie de cada viñeta. En la mayoría de los casos, el texto se presentaba versificado en pareados, aunque también había aleluyas cuyos textos eran tercetos y cuartetos; incluso algunos pliegos llevan enormes textos narrativos, de varias líneas, que prácticamente anulaban la expresividad de las imágenes. Pero, los pareados fueron los textos más frecuentes en las aleluyas y se presentaban en versos octosílabos, con una rima pegadiza fácil de recordar.
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NOTAS
  • [ 7 ] . Paul Hazard escribió páginas de gran interés sobre la «discriminación» cultural y social en que el niño permaneció durante siglos, en Los libros, los niños y los hombres, Barcelona: Juventud, 1950.
  • [ 8 ] . Sobre esta costumbre infantil, ver el prólogo de M. Matoses a su libro ¡Aleluyas Finas!, Barcelona: López Editor Librería Española, S.f.
  • [ 9 ] . Sobre los contenidos de la primitiva prensa infantil española veáse Antonio Martín, Apuntes para una historia de los tebeos, Barcelona: Glénat, 2000.

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