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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 179 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Historia de las lecturas infantiles. Las aleluyas (Primera lectura y primeras imágenes para niños (siglos XVIII-XIX)

por Antonio Martín
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 179, febrero 2005

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La industria editorial de aleluyas

Globalmente, la producción editorial de aleluyas de Cataluña fue superior a la del resto de España y sus editores contribuyeron decisivamente a la creciente popularización de estos pliegos hasta el primer tercio del siglo xix, momento en que Madrid tomó el relevo como centro editorial y desarrolló una producción de aleluyas muy activa el resto del siglo, ya con ciertas características de edición industrial. La aleluya se mantuvo en auge hasta bien entradas las primeras décadas del xx, aunque más mecanizada, más comercial, más populachera. Muy lentamente fue decayendo aunque permaneció hasta la Guerra Civil. E incluso ha llegado hasta nuestros días, más como curiosidad que como producto editorial.
En conjunto tenemos que hablar de muchos centenares de aleluyas diferentes -¿podrían llegar a miles, quizá, los modelos editados?- para los siglos xvii-xx. El hecho es que la edición de aleluyas constituyó un fenómeno comercial y cultural de gran importancia durante varios siglos. Como referente tenemos las cifras señaladas por Jean-François Botrel en su apunte estadístico sobre las aleluyas del xix, para las cuales da ediciones y tiradas del orden de: doce ediciones del pliego D. Pedro el cruel o el zapatero del Rey; diez ediciones de El judío errante; nueve de Historia de Atala; ocho de la Lotería recreativa, La Mitología para los niños, Vida de un criado de servir y La tierra de Jauja, etc. [ 5 ] Por lo que si contamos con que la tirada de cada edición era de unos 5.000 ejemplares y, aun tomando estas cifras a título de ejemplo, no cabe duda de que estamos hablando de tiradas que, sumadas a lo largo de casi tres siglos, nos dan un total que habría acumulado millones de ejemplares de aleluyas.
Respecto a los autores de aleluyas, tanto el escritor como el dibujante han quedado generalmente anónimos, y no digamos el posible autor del guión, si es que existió. Solamente conocemos con seguridad los nombres de unos pocos dibujantes de aleluyas, entre ellos Eduardo Sojo, Noguera, Tomás Padró o Francisco Ortego, por ejemplo, mientras que Gayano Lluch cita los nombres de más de cincuenta dibujantes y grabadores de aucas, sin que se alcance a delimitar claramente la especialidad de cada cual, mientras que da una docena larga de escritores de textos de aucas valencianas muy concretas, ya en el siglo xx. [ 6 ] Todo ello supone menos que una gota de agua en el océano de papel impreso de la producción de aleluyas españolas. Sabemos más de algunos de los grabadores que reprodujeron los dibujos, cosa por otra parte lógica por cuanto muchos de ellos hacían constar su nombre dentro de una de las viñetas de la aleluya. De estos destacan, sobre todo, los grabadores cuyo trabajo ha quedado recogido en las investigaciones sobre historia del arte, entre ellos Sadurní, José Vilanova, F. Noguera, Rivero, Marto, etc.
La producción de aleluyas se concentró en las ciudades de Valencia, Barcelona y Madrid, especialmente en las dos últimas donde el tejido industrial y el desarrollo de las artes gráficas eran mayores. Hay que señalar que generalmente los editores de aleluyas también las imprimían, pues solían poseer taller propio. También podemos encontrar una producción dispersa y relativamente importante en lugares como Alcoy, Játiva, Reus, Gerona, Vich, Tarragona, Lérida. Manresa, Valladolid, Sevilla, etc. Entre los editores conocidos, podemos destacar en Valencia los nombres de: Imprenta y Librería de Idelfonso Mompié, Imprenta y Librería de Laborda, Librería de Juan Martí, Imprenta y Librería de Miguel Domingo, etc. En Barcelona y entre otros, los de la Imprenta de Ignacio Estivill, Sebastián y Jaime Matevad, Librería de Sola, Imprenta de los herederos de la Vda. de Plá, Imprenta de José Piferrer, Imprenta y Librería del heredero de Pablo Riera, Imprenta de Pedro Ortega, Imprenta de Manero, Imprenta de Juan Llorens, Antonio Bosch, etc. Y para Madrid, donde se establecieron varios impresores catalanes de literatura de cordel, el más importante fue José María Marés y Roca, quien según Amades comenzó a editar aleluyas en 1842, además hay que contar con el trabajo editorial de Manero, Boronat, Ferrer, E. Fernández, Mateu, Mondon, Hernando, etc.
Hasta muy avanzado el siglo xix, el editor-impresor de la literatura de cordel solía ser también quien la vendía. De esta manera el taller de imprenta se convertía en punto de distribución para la venta directa y para la difusión, a través de un amplio repertorio de vendedores ambulantes que compraban los pliegos de aleluyas en cierta cantidad directamente al editor para después venderlos al por menor; entre estos vendedores los más característicos fueron los ciegos que también vendían romances y coplas por las calles. Otros puntos de venta de aleluyas fueron los puestos de periódicos, las librerías, los cafés y botillerías, las cacharrerías, herbolarios, tiendas de tejidos, etc., lo que señala la extensión y popularidad que las aleluyas tenían en la sociedad española.
La distribución debió ser prácticamente total gracias a los individuos y oficios que se dedicaron a la venta ambulante al menudeo en los mercados de las pequeñas ciudades y por los pueblos -de forma similar a lo que en Francia fue el colportage-. Además, el aumento progresivo de la red ferroviaria y la regularización del servicio de correos facilitó a los editores el envío de todo tipo de prensa e impresos a sus corresponsales en provincias. En conjunto ello permitió crear una red de distribución que pudo cubrir prácticamente todo el país, lo que equivale a decir los principales núcleos de población. Así, hay que creer que la difusión y la lectura de los impresos populares del siglo xix y muy concretamente las aleluyas no debieron de tener su límite en las redes comerciales, sino en los niveles de alfabetización y en los hábitos de lectura de la sociedad española de la época.
Las aleluyas en la cultura de los niños
En la sociedad del siglo xviii, cuando la instrucción popular era muy precaria, las aleluyas cumplían, más allá de su inmediato propósito comercial, funciones de información e incluso funciones didácticas y adoctrinadoras, ya que facilitaban a sus lectores el acceso a través de los dibujos y textos a un conocimiento esquemático y rudimentario de una temática variada, como eran las fábulas, las biografías de hombres ilustres, la historia, la geografía pintoresca y las vistas de monumentos, las obras de teatro y novelas, etc.
Las primeras aleluyas se dirigían a un público múltiple y eran de carácter enumerativo: describían tipos y costumbres, mostraban monumentos o referían sucesos, como hacían, por ejemplo, el Auca dels oficis, las referidas a los gritos de vendedores callejeros, a la procesión del Corpus, a los edificios notables de Barcelona o el viaje de Carlos IV a Cataluña. Otras ofrecían contenidos recreativos referidos a fiestas y funciones. Y algunas pocas se dirigían expresamente a los niños. En su origen las aleluyas se dirigían a lectores indeterminados, un público formado por todo tipo de gentes, sobre todo de extracción popular. Ahora bien, debido a su mayor capacidad recreativa respecto de los libros de su tiempo, al atractivo de la imagen y a su bajo coste, las aleluyas acabaron por ser posiblemente el medio que tenía mayor interés para los niños de aquel tiempo, lo que facilitó e impulsó su consumo y demanda por parte de éstos.
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NOTAS
  • [ 5 ] . Jean-François Botrel, «La serie de aleluyas Marés, Minuesa, Hernando», en Aleluyas, Urueña: Ediciones de tf. Media y Diseño, S.A., 2002.
  • [ 6 ] . Rafael Gayano Llluch, Aucología valenciana, Valencia: Biblioteca Valenciana de Divulgación Histórica, 1942.

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