La cultura de los niños españoles de los siglos xvii y xviii se basaba fundamentalmente en las fuentes orales, con los cuentos, fábulas, y relatos de prodigios y sucesos que se transmitían por la noche a la luz del fuego. Y cuando los niños pertenecían a las clases dominantes su conocimiento se ampliaba con los catecismos, catones y libros formativos y píos, además de los propios de estudio cuando el niño tenía acceso a la educación. Eso y algunas pocas estampas e impresos populares, como las aleluyas.
Es entonces cuando comienza a aparecer lo que después será la literatura para los niños, con las ediciones traducidas y adaptadas de las obras de Esopo, Perrault, Madame D'Alnouy, La Fon-taine, Fenelón, Madame de Beaumont, Campe, Berquin, etc. Y obras del romancero tradicional español, así como algunos versos de Lope y otros clásicos y poco más tarde los fabularios de Iriarte y Samaniego, mientras que a finales del xviii aparece el primer periódico para la infancia en español, la Gazeta de los Niños, modelo editorial que se desarrollará sobre todo en el siglo xix al mismo tiempo que una incipiente industria cultural dirigida a los niños.
A lo largo de este proceso de afianzamiento y desarrollo de la literatura infantil, las formas impresas más populares acompañan a los libros y los periódicos infantiles y a veces los sustituyen con fortuna: «Yo creo que en cuanto poseyó un catecismo del padre Astete, dos libros de cuentos infantiles y tres pliegos de aleluyas echó los cimientos de su librería», escribió Enrique Menéndez Pelayo de su hermano Marcelino cuando éste era niño. Al amparo de las diversas variedades gráficas y literarias que el niño recibió en siglos pasados fue como arraigaron las formas específicas de la literatura y la prensa infantil.
Origen y características
Las aleluyas, que se dirigían a todos los lectores con una clara función recrea-tiva, facilitaron a los niños españoles el primer acercamiento a las formas elementales de la lectura a través de la imagen y de textos esquemáticos y fáciles. Es imposible comprender y valorar la importancia de las aleluyas y su impacto sobre los lectores de aquel tiempo sólo desde nuestra propia óptica y la consideración del hecho editorial y de los lectores actuales. Hay que tener presente que la sociedad española del xviii y de principios del xix era agraria y estamental y soportaba unas elevadísimas tasas de analfabetismo. No existía una educación básica generalizada y no había libros baratos ni bibliotecas, y por otra parte, tampoco existían las infraestructuras necesarias para hacer posible una oferta cultural que llegase a toda la población española.
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En aquella sociedad, las aleluyas, junto con los romances, estampas, relaciones de hechos y otros papeles populares, abrían a sus lectores una ventana al mundo y al conocimiento. Especialmente gracias a sus imágenes, las aleluyas ofrecían una instrucción rudimentaria a los lectores menos cultos y generalmente iletrados, adultos y niños, que a través de aquellos impresos baratos recibían muchas veces sus primeros conocimientos sobre personajes, hechos históricos, arte, literatura, etc., situados fuera de su panorama vital.
Las aleluyas forman parte de la estampería popular ligada a la literatura de cordel -también llamada literatura de caña y cordel- y en España son uno de sus ejemplos mejores y más populares. En lo formal, se trata de impresos sueltos que se presentan como hojas de tamaño variable, aunque acabó por imponerse el tamaño del pliego (equivalente al doble folio: 42 x 30´5 centímetros en su modelo más habitual), con series impresas de imágenes sobre un tema concreto. En su primera etapa, las aleluyas son sólo enumerativas y recogen una colección de estampas o viñetas, que más tarde, al desarrollarse el lenguaje gráfico, serán descriptivas y finalmente llegarán a tener una intención narrativa.
Cada hoja de aleluyas agrupa una serie de 48 estampas o viñetas, que se presentan ordenadas en el sentido de lectura en ocho hileras de seis viñetas cada una, aunque hay variables significativas de sólo 16, 32, 36 ó 40 viñetas. En las hojas más primitivas, las viñetas podían ser redondas aunque pronto se impuso el formato rectangular, y ya desde el siglo xviii comenzaron a llevar textos complementarios, sobre todo en verso. Inicialmente estas hojas impresas recibían el nombre genérico de aucas en el ámbito cultural catalán, mientras que en el resto de España recibieron el nombre de aleluyas.
Las ilustraciones o viñetas se dibujaban expresamente en función de la historia narrada. Después, los dibujos se traspasaban, mediante la talla, a bloques de madera y con estos grabados se imprimían las viñetas de la aleluya. Al avanzar la técnica y con el desarrollo de las artes gráficas se utilizó también la litografía y la zincografía y, más tarde, el fotograbado. En el siglo xix fue relativamente frecuente la reutilización de grabados pertenecientes a aleluyas de décadas anteriores, sobre todo cuando sólo mostraban relaciones de animales, oficios, edificios, etc., además se procedió en múltiples ocasiones a reimprimir aleluyas antiguas, cuyos textos se redactaban de nuevo para adecuarlos a la época.
Las primeras aucas no llevaban textos y su origen era el juego; uno de los ejemplos más antiguos es el Joc de l´auca, grabado por Pere Abadal de Moiá en 1676. A partir de los ejemplares más primitivos, algunos folcloristas han afirmado que tenían un origen derivado del augurio y la adivinación astrológicos. El hecho de que entre las imágenes de estas aucas se encuentren las del sol, la luna y otras figuras pertenecientes a los signos del zodíaco ha llevado a agruparlas como «aucas del sol y la luna». También se han hecho cábalas y se ha teorizado sobre las similitudes existentes entre estas primeras aucas con el juego de la oca, mientras que otros estudiosos han ligado sus orígenes al juego de la lotería e incluso con la temática de los azulejos de los oficios, por la repetición de algunos de los elementos gráficos que son comunes a soportes tan diversos.
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El nombre genérico corriente en España, aleluyas, deriva del modelo de unas hojas que llevaban impresas estampas piadosas junto con la palabra aleluya.
[ 3 ] Documentalmente, según la entrada realizada en el primer tomo del Diccionario histórico de la lengua española de la RAE, el artículo aleluya -en una de las quince acepciones principales de la palabra- se refiere precisamente a estas estampas que se lanzaban al aire en ciertas fechas durante los oficios religiosos. Con el tiempo se perdió esta acepción y la palabra aleluya terminó por popularizarse como nombre de uso común referido a la hoja o pliego de papel que lleva impresa una serie de viñetas, con textos al pie, formando una descripción o una narración en imágenes.
[ 4 ] El uso y la costumbre han hecho que también equiparemos esta palabra con los dípticos de versos pareados, de rima fácil, situados al pie de cada una de las viñetas que forman la aleluya. Algo similar ocurre con el auca, en la que mientras que cada uno de sus dibujos recibía el nombre de rodolín, el texto que más tarde llevó al pie se llamó rodolí.
Se han establecido paralelos entre la aleluya y otros impresos populares europeos realizados a base de series de viñetas que llevan pies de texto. Es el caso, por ejemplo, de los Bilderbogen alemanes, con menos viñetas y más evolucionados narrativamente que las aleluyas, y también de los pliegos franceses de las imágenes de Epinal, cuyas hojas coloreadas se publicaron en varios idiomas, incluido el español, y se distribuyeron no sólo en Europa sino también en varios países de Latinoamérica e incluso en los Estados Unidos. Aunque ninguno de estos impresos es igual a la hoja de aleluyas ni por su forma ni por su contenido, todos los modelos editoriales corresponden al tronco común de la gran tradición de la estampería popular europea.