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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 178 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Las mil caras de la luna. Un paseo por el astro de la noche de la mano de la literatura infantil

por Juan Ignacio Pérez Palomares
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 178, enero 2005

Número de páginas: 6
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«Una noche de luna llena, la araña comenzó a hilar para arriba y Tono se fue hacia la luna» (Tono, el hilo y la araña).
Pero no nos engañemos. Subir a la luna, aunque sea con la imaginación, no es tan fácil como parece:
«Para subir a la luna / y secarle sus ojitos, / no me valen los luceros, / como humildes peldañitos. / ¿Será porque son dorados / en un cielo azul añil? / Sólo sé que no me sirven / para llegar hasta allí» (Volando por las palabras).
¿Y por qué es tan interesante alcanzar la luna? ¿Podría ser que ella precisara un poco de compañía y fuese necesario caminar sobre su superficie para hacerle cosquillas con los pies?
«¿Sabes por qué la luna parece que está triste allá arriba en el cielo? Pues porque se siente sola.» (Viaje a la luna).
¿Podría ser que algún amigo nos hubiera pedido lo inalcanzable y no nos pudiéramos negar a traérselo?
«Rodolfo trepó hasta la cima de una colina próxima y lo intentó de nuevo. Incluso usando el palo, la luna seguía estando demasiado lejos. Rodolfo agitó su palo a un lado y a otro, pero la luna parecía seguir riéndose de él» (Rodolfo y el cumpleaños).
¿Puede que sea un niño goloso y consentido el que nos lo pida?
«"Mamá, yo quiero la luna", / le dijo a su madre un niño, / y ella dijo con cariño: / "Ya te compraré yo una". / "Yo no quiero cualquier luna, / sino la luna del cielo"» («El niño que quería la luna», en Fábulas de ayer y hoy).
¿O quizás es que la curiosidad puede más que cualquier otra razón?
«Hacía mucho tiempo que los animales deseaban averiguar a qué sabía la luna.
¿Sería dulce o salada? Tan sólo querían probar un pedacito» (¿A qué sabe la luna?).
Lo cierto es que los pocos afortunados que lo consiguen quedan tan aturdidos que no suelen dar demasiados detalles:
"Es... es..., ¿cómo describirlo?... Un paisaje de pesadilla, de muerte, de espantosa desolación... Ni un árbol ni una flor, ni una brizna de hierba... Ni un pájaro, ni un ruido, ni una nube... En el cielo, negro como la tinta, brillan millones de estrellas... pero inmóviles, heladas, sin ese parpadeo que, desde la Tierra, las hace tan vivas...» (Aterrizaje en la luna).
Y, junto a los que se esfuerzan por alcanzarla, también hay quien intenta traerla hasta la Tierra con las mismas estrategias con las que ella nos embelesa a nosotros, aunque corriendo el peligro de quedar hechizado ante su presencia:
«El pirata se quedó mirándola extasiado. Sintió un escalofrío. Ya no tenía miedo. Ya no era feroz. Tiró el sable, dejó caer la coraza y murmuró:
-luna, maravillosa luna, eres tú quien me ha capturado a mí» (El pirata que quiso capturar la luna).
Algunos utilizan métodos caseros que acaban dando resultado:
«-¿Y cómo pensáis atraparla? [...]
Entonces el hombre sacó un tarro del cestito en el que llevaba la cena y explicó que tenían que untar de miel la punta del campanario.
-Así, cuando la luna aparezca, se quedará pegada» (Querer la luna).
Pero, a los que no conseguimos alcanzarla ni atraerla hacia nosotros, siempre nos queda el consuelo de acercarnos a ella a través de libros que, combinando literatura y divulgación, nos describen sus características:
«Es muy hermoso y gratificante para la vista contemplar el cuerpo de la luna. La luna no está envuelta en una capa suave y pulida, sino áspera y desigual cubierta por todas partes, igual que la superficie de la Tierra, con grandes promontorios, profundos valles, simas» (Mensajero de las estrellas).
Espectadora del teatro de la Tierra
La luna es el gran ojo de la noche. Lo saben todos los niños, incluso los que precisan de la voz de los adultos para leer un libro:
«La noche tiene ojos claros como la luna y un manto muy oscuro donde todo se esconde» (La noche).
Como ojo de la noche, la luna descubre el gran teatro de nuestro planeta, las penas y alegrías de sus habitantes, la vida que se oculta en los más recónditos lugares... Sobre la faz de la Tierra no hay secretos para ella:
«Y si la luna pudiera hablar... contaría que en el desierto el viento levanta la arena y los nómadas se cobijan detrás de una duna» (Si la luna pudiera hablar).
A diario asiste asombrada a los procesos de la vida sirviendo incluso como patrón de medida del tiempo:
«Cuando la luna asomaba por la colina, dio a luz un gatito.
Cuando la luna se encontraba sobre las ramas del roble negro, dio a luz otro gatito.
Cuando la luna se fue, Pandora ronroneaba de satisfacción, y lamía y mantenía calientes a sus dos gatitos» (Pandora).
Cuando la acción discurre en una extrema fantasía, la luna también puede entrar en acción y dar su opinión sobre lo que está ocurriendo:
«Ni nada revoloteó inundando todo de color.
Al sol y la luna les gustó lo que veían.
-¡Nos quedamos! -dijeron» (Cuando Lía dibujó el mundo).
Espectadora omnipresente, no sólo contempla, descubre y opina; también da sentido a la vida de los seres menos favorecidos por la Naturaleza:
«-Mamá, ya sabrá la luna / lo mucho que yo la quiero.
-La luna lo sabe todo, / se lo dijo el gallo viejo.
-¿Y también sabe la luna / que mis ojos están ciegos?
-La luna lo sabe todo, / hijo mío, y por eso / cada noche viene a verte / y se queda en nuestro pueblo» («La luna beso», en Poesía infantil).
A veces, se siente tan cercana a lo que ocurre en la Tierra que incluso decide integrarse en su vida cotidiana y juega a confundir a unos y a otros.
«La luna se puso anoche / una bufanda amarilla. / "Anda, si parece el sol. / ¡Mira!" / El gallo se equivocó y despertó a las gallinas. / "¡Quiquiriquí! Perezosas, / ¡arriba!" / Debajo de la bufanda / la luna se sonreía» (La bufanda amarilla y don Abecedario).
Por otra parte, la presencia de la luna en un acontecimiento es garantía de interés para el resto del mundo. Así, cuando la autora desea hacer patente la importancia de lo que ocurre en ese momento en su planeta-libro, apela a la presencia de la luna. Entonces esta se engalana y resplandece más que nunca y nosotros sabemos que lo que ocurre es algo que merece la pena contemplar:
«Hasta la luna, allí arriba, más hermosa y más brillante que nunca, se había parado para mirar y escuchar» (Manuela en el campo).
Pero no pensemos que la luna guarda para sí todo lo que ve desde el cielo. En lo más alto tiene un amigo con quien comparte sus observaciones y descubrimientos:
«En el cielo, el señor Sol y la señora Luna se saludan y, como cada día, se dan la mano.
-¿Cómo ha ido todo? -pregunta el señor Sol.
-Muy bien, sin novedad -le contesta la señora Luna» (La sorpresa).
¿Y dónde estará la luna cuando no es visible en el cielo? ¿Existe un lugar real o imaginario adonde acude una vez al mes, durante el tiempo que se ausenta de nuestra vista? ¿Qué habrá encontrado que pueda interesarle más que lo que nosotros hacemos? Es, de nuevo, un libro el que nos responde:
«Si una noche no ves a la luna en el cielo, seguro que la encontrarás en el teatro de medianoche... A la luna le encanta ir al teatro» (Teatro de medianoche).
A falta de sol...
Cuando el sol se oculta y se lleva consigo su luz tras el horizonte, aparece la luna para socorrernos y no dejarnos a oscuras. Esta apreciación primitiva surge como respuesta a la necesidad humana de iluminar la propia vida, bien físicamente o bien de forma figurada. La oscuridad no permite el control del entorno y por tanto produce miedo a lo imprevisto. Un pequeño reflejo luminoso es suficiente para devolvernos la seguridad y para permitir que volvamos a sentirnos dueños de nuestra vida.
Número de páginas: 6
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