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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 178 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Las mil caras de la luna. Un paseo por el astro de la noche de la mano de la literatura infantil

por Juan Ignacio Pérez Palomares
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 178, enero 2005

Número de páginas: 6
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«La luna es muy presumida. / Le gusta mirarse en el mar / y mecerse sobre las olas» (La luna y los espejos).
Aunque su mayor placer es contribuir con su presencia a la belleza de una muchacha:
«-Veo en medio del océano, en la isla de Buyán, a Elena la Hermosa, que está bordando un tapiz de seda sentada a la ventana de su palacio de oro.
-¿Es bonita? -preguntó el zar.
-Tan bonita que ni en los cuentos tiene igual. Bajo su trenza luce la luna y en cada cabello fulge una perla» («Los siete Simones», en Cuentos rusos).
 
Y su mayor orgullo, verse comparada nada menos que con una princesa:
«-Dentro de nueve meses tendrás una hija, y será tan hermosa como la luna» (La princesa Luna y el príncipe Sol).
Así, no es extraño que desee emular a los habitantes de la Tierra y que ande cada noche pensando en casarse:
«La señora Luna / le pidió al naranjo / un vestido verde / y un velillo blanco. / La señora Luna / se quiere casar / con un pajarito / de plata y coral» (Los sueños de Natacha).
Imágenes estas, en fin, que participan en el proceso de desarrollo del niño, pero que no menosprecian la belleza, la profundidad temática y el cuidado del lenguaje:
«El lobo del bosque tenía muchos años a las espaldas y muchas aventuras en su recuerdo.
Cuando la noche abría de par en par su boca de luna llena, el lobo miraba en su memoria» (El secreto del lobo).
Seres reales e imaginarios bajo su influjo
Quizás no sean las criaturas que Lorca atrapó en sus versos fotográficos de Poeta en Nueva York. Quizás distan mucho de los seres terribles que abundan en los relatos de ciencia-ficción. Pero lo cierto es que en los libros infantiles también nos encontramos con una generosa galería de personajes oriundos de la luna o de seres que se relacionan con ella de una forma tan intensa que acaban diferenciados del resto de los mortales.
Los primeros, en libros dirigidos a primeros lectores, suelen ser personajes que, a modo de animales humanizados, protagonizan situaciones cotidianas:
«-Buenos días, soy Tom y vengo de la luna. Se me ha estropeado el cohete... Estoy muy preocupado.
-Yo me llamo Tim y estás de suerte -dijo Tim muy amable. Soy un conejo mecánico» (Tim en la luna).
En otros casos se nos presentan en forma de duendecillos de colores fríos que, en la línea de las más antiguas tradiciones, surgen en momentos determinados y únicamente se hacen visibles a los seres humanos que poseen una mayor sensibilidad:
«Ahora recuerdo... / Sólo a la luz de la luna / acuden los niños azules / y sólo a la luz de la luna bailan su danza» (El capirote de Onofre).
Otras veces, estos personajes tratan de acercar al lector, a través de una explicación mágica, al origen de un hecho natural como los cambios de tamaño y forma de la luna:
«Esta noche busca la luna en el cielo.
Si no está, es que Ñam Ñam el Comelunas ya se la ha comido» (Ñam Ñam el comelunas).
O intentan explicar quién habita en la oscuridad de la noche:
«El cabello de la reina es negro, y lleva un vestido azul oscuro como el cielo nocturno. Por eso no podemos verla cuando de noche miramos al cielo, y tampoco distinguimos su varita mágica. Sólo podemos ver las estrellas que resplandecen en el cielo oscuro, y la corona de la reina: la luna» (La reina de la noche).
En unos y otros casos, son casi siempre seres entrañables que conectan a la perfección con las inquietudes y necesidades afectivas de los más pequeños:
«-¿Cómo es Lun?
-¿No te lo he dicho? ¡Qué memoria la mía! Lun mide apenas dos cuartas; es luminoso, como si tuviera una candela por dentro; no tiene alas, pero puede volar; y lleva siempre puesto un sombrerito azul, en el que ha prendido una pluma amarilla del Gran Búho» (Lun).
A veces, estos seres lunares no sólo son objeto de las miradas infantiles sino que participan activamente en la vida de los humanos y les ayudan a conseguir algo perdido o a resolver algún problema, a la manera de los donantes mágicos de los cuentos populares:
«Cuando estuvo más cerca, el rey distinguió que ese pedacito de luz de luna tenía brazos y piernas y una gran cabezota llena de pinchos, como un cardo o un erizo. El pequeño ser miró al rey con sus brillantes ojitos de estrellas, y su cara formó mil simpáticas arruguitas al moverse. Pero lo más sorprendente de ese personaje era su enorme bocaza, que se abría de continuo como el pico de un pajarito hambriento» (Tragasueños).
Pero hemos dicho que también existen en los libros infantiles ciertos terrícolas que se relacionan con la luna de una forma sobrenatural, como Rosa-Fría, que es como se llama la patinadora que María Teresa León, inspirándose en un poema de Alberti, lleva hasta la luna para competir junto al...
«Humo de los trenes y de las fábricas; el Vaho de los caballos y de los bueyes; los Suspiros de los hombres; el Ladrido de los perros; las Miradas a los globos que se escapan en las tardes sin viento» (Rosa-Fría, patinadora de la luna).
O como el ave que Teresa Duran identifica con la luna por su carácter inquieto y rebelde:
«¡Teníamos tantas cosas en común la luna y yo! Yo soy única en el mundo, y ella también» (La luna y yo).
Lunáticos, iluminados, selenitas, todos son bien recibidos en estos libros al encajar perfectamente con el pensamiento mágico de los principales destinatarios de sus textos.
La literatura nos acerca lo inalcanzable
¿Quién no ha sentido alguna vez el deseo de visitar la luna o, al menos, de acercarse a ella mientras flota por el espacio? Tanto tiempo en la pantalla del cielo cautivándonos con su presencia, tanto tiempo haciendo memorables determinados momentos de nuestra vida... han hecho que quien más, quien menos haya soñado con alcanzarla o con traerla hasta su lado. Y, claro está, la literatura infantil no ha quedado al margen de este deseo y ofrece una nutrida lista de títulos en los que los protagonistas viajan a la luna de muy diversas maneras, aunque para ello sea necesario pedir prestadas las alas de los sueños:
«Lola mira la luna desde su ventana.
-¡Qué bonita es, me gustaría ir allí!
-piensa-. Pero no sé volar y no podría alcanzarla saltando... ¿Cómo podría llegar hasta allí arriba?
Lola se acuesta, se duerme y sueña...» (Lola quiere ir a la luna).
Al parecer, algunos personajes han aprovechado determinadas circunstancias históricas para acceder al gran queso celeste, a pesar de que ningún humano ha reparado en ello:
«Las cámaras de televisión instaladas en la nave transmitieron a la Tierra la huella del primer hombre que posó el pie en el suelo lunar, pero no advirtieron que segundos antes había quedado dibujada otra huella diminuta, la de un incansable roedor, el ratón Ulises, que se convirtió así en el primer astronauta que pisó la luna, aunque su hazaña no se cuenta en los libros humanos» (Un ratón en la luna).
Otros dicen que esperaron a que llegara cierto momento del alba para encaramarse a sus bordes:
«Aquel día, en cuanto el sol comenzó a despuntar por el horizonte como cada amanecer, la luna se ocultó en su escondite. Llevaba a cuestas veinte toros de afilados cuernos y un pájaro» (Un pájaro sobre el cuerno de un toro).
Otros se han sentido más seguros a lomos de una bandada de seres alados:
«-... Me llamo Quique. ¡Sí, Quique me llamo! ¡Y quiero llegar hasta la luna! ¡Subidme a ella, amigos! ¡Llevadme hasta la luna!
Los patos hicieron un giro y volaron hacia arriba con fuerza, alto, muy alto, hasta la luna de Valencia» (En la luna de Valencia).
Y otros lo han conseguido aliándose con un pequeño animal que desafía la ley de la gravedad:
Número de páginas: 6
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