El astro de las noches, debido a su relativa proximidad y al espec-táculo constantemente renovado de sus fases, es el que, junto con el sol, ha llamado mayormente la atención de los habitantes de la Tierra; pero el sol fatiga la mirada y sus rayos de luz obligan a bajar los ojos a cuantos le contemplan. La rubia Selene, por el contrario, es más humana y se complace en dejarse admirar en su graciosa modestia; es poco ambiciosa y dulce a la mirada y, sin embargo, a veces se permite eclipsar a su orgulloso y radiante Apolo, sin verse nunca eclipsada por él.» (Jules Verne, De la Tierra a la luna).
La presencia preeminente de la luna en el paisaje nocturno ha despertado desde la Antigüedad multitud de reacciones en el ser humano: desde su temprana instalación en el imaginario popular hasta su conversión en objetivo de los más variados estudios científicos hay un largo camino de encuentros y desencuentros entre la humanidad y el satélite de la Tierra. Una relación que el lenguaje, a través del habla coloquial o por medio de la literatura, ha reflejado de mil y una formas.
La producción literaria dirigida a los más pequeños no ha sido ajena a este fenómeno. Ya sea como protagonista de algún suceso o como espectadora de historias ajenas, lo cierto es que la luna siempre ha estado y sigue presente en gran número de obras. Lunas reales o imaginarias, lunas que bajan hasta la Tierra o que esperan ser visitadas, lunas alegres o que sufren con los problemas humanos, lunas iluminadoras, amantes o enemigas del sol, lunas que se cuelan en nuestros primeros juegos y canciones, lunas amigas o raptoras de niños rebeldes... Una abundancia, en fin, que no es sino el reflejo de esa relación que la humanidad ha establecido desde los primeros tiempos con el astro de la noche.
Poética de la luna
La historia de la literatura universal, y en especial de la poesía, no puede ocultar la predilección de los autores por una serie de elementos cotidianos elegidos especialmente por sus cualidades figurativas. El mar, el corazón, la noche, la luna, las estrellas... adquieren nuevas dimensiones al combinarse con otras palabras en el complejo juego poético. «No hay sentido, no hay idea que no sea producto de una figura observable», escribió Paul Valéry. Y dentro de esta selección subjetiva aunque literariamente consensuada, la luna aparece como objeto, referente o designatum poético de primera magnitud. Su tenue presencia en la oscuridad de la noche, el halo misterioso que la rodea o su mudable existencia han facilitado a los creadores su asociación con los más variados sentimientos: el amor, la fatalidad, la melancolía, la soledad, la libertad, el destino, la frialdad, la muerte. En lengua castellana, escritores como Borges, Unamuno, Alberti, Casona, Celaya, Juan Ramón Jiménez, Emilio Prados, Pedro Salinas, León Felipe, Jorge Guillén o Carolina Coronado se han encargado de dejar impresas las más bellas composiciones con la luna como protagonista (y, curiosamente, casi todos utilizando el verso como vehículo).
Pero si buscamos entre esos creadores que miraron a la luna a alguno que lo hiciera de manera especialmente intensa y productiva, encontramos inevitablemente a Federico García Lorca. Buena parte de las dieciocho composiciones de su Romancero Gitano incluyen la luna como símbolo de la muerte, aunque en otros libros, entre los que destaca Canciones, también la podemos descubrir en asociaciones menos funestas, como compañera de los juegos infantiles o como fondo escénico de momentos inolvidables.
Y es que ese misterio al que antes nos referíamos se alía perfectamente con el lenguaje literario para desarrollar de forma intensa su característica función emotiva o evocadora. Y como son los poetas y los niños, en palabras de Víctor Moreno, quienes mejor saben jugar y gozar con el lenguaje, no es difícil desentrañar el diverso tratamiento que la literatura infantil ha venido a dar en sus producciones al motivo «luna». Es ahí donde encontraremos una mayor variedad de imágenes y relaciones y también una más intensa identificación del receptor (que no siempre es lector por razones de competencia) con el texto y las ilustraciones. Hecho que, por otra parte, no debe extrañarnos en absoluto si tenemos en cuenta el pensamiento mágico, que es característico de una amplia etapa de la infancia.
Destaquemos que hemos encontrado un mayor número de referencias al tema que nos ocupa en el joven y pujante género del álbum ilustrado, el cual, como acertadamente señala José Morán, sirve para todas las edades.
Literatura infantil, pues, más recomendada que nunca para lectores de cualquier edad, lo que no deja de ser un paso más en su imparable camino hacia el reconocimiento social e intelectual que precisa.
Compañera de juegos
El juego es la forma natural de aprendizaje en la infancia, y también en la edad adulta. Pero el adulto suele vivir de espaldas a este hecho, por lo demás muy gratificante y creativo, mientras que el niño apoya en él su actividad, chocando incluso frontalmente con la actitud de los mayores. Es capaz de convertir en objeto de juego todo aquello que lo rodea, incluidas las palabras, de ahí su interés casi místico por los juegos verbales y musicales, su embeleso ante los objetos más rudimentarios o su espontánea integración con los elementos de la Naturaleza.
«Entonces miró por encima de los arbustos, hacia la enorme oscuridad de la noche. Nada podía estar más lejos que el cielo.
-Te quiero de aquí a la LUNA -dijo, y cerró los ojos.
-Eso está muy lejos -dijo la liebre grande-. Eso está lejísimos» (Adivina cuánto te quiero).
No es de extrañar, pues, que las únicas luces que nos regala la naturaleza en la oscuridad de la noche, las de la luna y las estrellas, se conviertan para los pequeños en compañeras de viaje en el tránsito entre la vigilia y el sueño. Y si, según las tradiciones europeas, para los adultos la luna simboliza frialdad e incluso negatividad, para los niños parece que se convierte en aliada, confidente o amiga (viva representación materna) con la que cruzar ese misterioso umbral, un momento no siempre placentero en las primeras edades. De ahí que el niño hable a la luna como si de un ser vivo se tratara, de ahí que incluso la invite a entrar en su habitación para compartir unos minutos o que sea elegida para recibir las buenas noches infantiles cuando los padres ya no están:
«Que baje la luna / hasta mi ventana. / Que su luz se meta / dentro de mi cama. / Que luego se acerque / y roce mi cara. / Que muy despacito / pueda yo abrazarla» (Rimas de luna).
Y también, ¿por qué no?, que se quede a dormir en la cama del niño y dé lugar al día siguiente a situaciones fantásticas que proceden de la lógica infantil:
«Esta mañana la luna / despertó sobre mi almohada / y pidió que el desayuno / le llevara. / ... / Esta mañana la luna / no pudo salir de casa / porque entró blanca creciente / y quedó llena y morada» («Luna llena», en Ajilimójili).
Entonces, por arte de magia, por arte del mágico pensamiento infantil, la luna puede entablar una conversación con el pequeño ser humano:
«-¡Buenas noches, mi dulce luna! Estoy preparado para mi viaje a la tierra de los sueños. Por favor, envíame uno de tus encantadores besos de buenas noches.
-Casi me olvidas -responde la luna.
-¡Eso nunca!... ¿cómo podría dormirme sin un beso tuyo?» (¡Dulces sueños, Teddy!).
«La luna cerró los ojos.
-¡Buenas noches! -dijo entre bostezos.
-¡Disculpe, señora Luna! -dijo Alicia-. No puede quedarse dormida. ¿Quién iluminará el cielo esta noche?
-Está bien -respondió la luna» (La luna y Alicia).
Y esta relación de acompañamiento y complicidad consigue que la protagonista valore de forma extraordinaria la presencia del astro de la noche en su vida: