Pero Peter creció -un poquito sólo, no hay que asustarse-, se puso una ropa entre duende y Robin Hood (en el libro primero iba desnudo, y para el teatro, dado su nuevo tamaño, y para presentarse ante las damas, no era correcto), y se instaló en el País de Nunca Jamás, más divertido aún que los jardines de Kensington. Había pieles rojas, sirenas, fieras. Y piratas. El capitán de éstos estudió en Eton y cambió su nombre de caballero inglés por el de Garfio... Todo esto corresponde al otro libro. Había aparecido Wendy. Niña-mujer que hechizará a Peter y despertará los celos furiosos de un hada.
Referencias literarias
Claro que hay erotismo en Peter Pan. Lo hay en la propia Wendy, en el sustrato freudiano de la necesidad maternal de ambos personajes. En sus besos llamados dedales. Y en la figurita, atrayente aunque diminuta, del hada Campanilla. Embonpoint, que dice textualmente el autor. Las hadas, como las niñas de los libros infantiles, son siempre muy sexys. Véase Alicia.
Hay también otras muchas cosas que nos remiten a otros modelos literarios: los piratas son como parodias de los de Stevenson. Incluso la referencia a El Cocinero es bastante probable que sea por John Silver «el Largo», cocinero de La Hispaniola en La isla del tesoro, el barco que en su día mandara el capitán Flint, también citado en el libro. El propio Garfio, que persigue vengativo a quien le arrebató una mano, y es a su vez perseguido por el animal que probó su carne, constituye un homenaje a Melville por el capitán Ahab de Moby Dick, novela que precede a Peter Pan sesenta años. Y es inevitable no recordar a los siete enanitos al contar a los niños perdidos, de los que Wendy será su Blancanieves.
La reina Mab, gobernadora de las hadas -e incluso nombre para un estilo de muebles- en los dos escenarios de los dos libros, nos retrotrae al shakespeariano Sueño de una noche de verano. Aunque Maimie se quedará en el parque una noche de invierno. Pero que nada de lo dicho parezca quitar un ápice de personalidad propia a la obra de Barrie. Que, igual que hizo un niño con varios niños, construyó un libro con muchos sueños.
Este libro -Peter y Wendy- es una historia de amor. También de soledad, y finalmente una fábula sobre el tiempo. Todos esos temas le hacen especialmente inmortal, eterno, incapaz de envejecer, como su protagonista. Y su humor, la habilidad de su acción, el encanto de su estructura de narración fantástica, le convierten en un relato perfecto para los niños. O quizá más aún para los adultos que también lo recuerdan de su niñez, como su protagonista.
En lo más hondo de la memoria, las personas mayores (femeninas, sobre todo. Los chicos parece que olvidan más fácilmente, también como el propio Peter Pan), tienen guardado el recuerdo de Peter Pan. Hablamos en principio de los personajes del libro. Barrie nos cuenta que a la madre de Wendy, y a Wendy luego cuando es mayor, no se les ha olvidado del todo Peter Pan. Quienes han dejado atrás la infancia conservan aromas, sueños, de aquella época en que se podía volar, correr aventuras, creer en las hadas... Hay quien prefiere no haber sido mayor nunca. Ése no tiene que recordar nada, de hecho olvida todo con muchísima frecuencia. Pero da igual, ése vive el continuo presente de ser niño. Ése es Peter Pan. Sólo él. Los demás, los padres de Wendy, nosotros, el género humano en general (ya no hablamos sólo de los personajes del libro), sólo a veces tenemos el atisbo de un recuerdo. Un olor, un sonido, la voz de un personaje maravilloso. O algo que descubrimos en la mente de nuestros hijos cuando, aprovechando que duermen, ordenamos sus recuerdos y sus sueños. Como si se tratase de la ropa en un armario. Allí suele aparecer Peter Pan. Y la experiencia común a personajes y lectores adultos hace misteriosamente adorable este cuento.
Esa capacidad de retroceso, de llevarnos al pasado, de sentirnos salvajemente niños, es el mayor secreto de su magia perdurable. Todos sentimos que en otro tiempo fuimos como esos niños, y conocimos a Peter. Y a todos los otros personajes que lo acompañan en Nunca Jamás. Algo enternecedor y profundamente melancólico. Porque ya no lo somos. Porque ya no podemos salir volando por la ventana. Porque ni somos niños ni podríamos serlo aunque quisiéramos. Eso es privilegio únicamente de Peter Pan. Que, a cambio, nunca ha sido mayor. Y es de suponer que no podría serlo aunque quisiera. De todas formas, él no quiere. Ésa es su gloria. Y quizá también su tristeza.
Respecto al relato, en su estructura aventurera, rebelde y móvil, está su atractivo: se trata de un viaje. Que a su vez es una huida, una escapatoria de la realidad y de las obligaciones. Un abandono incluso de los padres. Personas a las que se quiere, pero siempre figuras que representan el control, la autoridad y el deber. Aunque, como en este caso, sean unos padres tan graciosos como Barrie los ha dibujado. El viaje es, pues, una transgresión. Y eso siempre da gusto.
Durante la vacación en Nunca Jamás, aparte de diversión, sentimentalismo, travesura y suspense (¿qué más se puede pedir?) hay también tragedia. Los niños perdidos, y los piratas, y los indios, matan. No sólo juegan. Se pasa por ello como quien no quiere la cosa, pero la moral establecida aquí no existe. Cualquiera sabe qué otras cosas hubieran podido ocurrir en ese país soñado si el autor no perteneciese a una época puritana, y si el destinatario del libro no fuera la infancia, entendida de una forma convencional. Porque, realmente, el niño sin cortapisas ni idealismos, el niño de verdad puede ser tan cruel como aquí. Ya lo es a veces, pero muchísimo más. Recuerde quien la haya visto la excelente película Viento en las velas.
[ 8 ] Allí, la situación clásica de niños en manos de un pirata da la vuelta para ofrecernos la otra cara de una estremecedora realidad.
Transgresión, pues, y suspendidas las leyes convencionales. Luego, vuelta al hogar, moraleja inevitable. Pero mantenimiento a pesar de todo de la rebeldía imperecedera del protagonista. Que, en realidad, como todos los grandes héroes, está solo.
La ventana: por ella se puede uno escapar. Si alguien la cierra, el peligro, la travesura, se eliminan. Como en Drácula. El riesgo está siempre fuera. El confort, la vida honesta, en casita. Pero siempre hay alguien que, intencionadamente o sin darse cuenta, abre las ventanas.
Y un último detalle concreto, un signo que es definitivo: el reloj. El tiempo que parece no transcurrir en Nunca Jamás, realmente está latiendo. En el tictac del cocodrilo que persigue a Garfio. Y en la mala conciencia que a veces asalta a Wendy: ¿cuánto hace que se fueron de casa? ¿Cómo estarán papá y mamá? El tiempo es el argumento paralelo de la aventura. El mayor enemigo de la diversión, el recordatorio habitual de las obligaciones.
Y el tema obsesivo de Peter. Y de su autor. Con el tiempo se crece. Qué horror.
No perdamos más el tiempo. Unos pequeños datos que redondeen este trabajo. Y a volar, muchachos.
Imágenes de los sueños
Los ilustradores más conocidos que representaron plásticamente a los personajes de Peter Pan han sido Arthur Rackham, F. D. Bedford, Flora White, Mabel Lucie Atwell y Michael Foreman.
La citada estatua en los jardines de Kensington es obra de George Frampton, y fue colocada junto a patos, niñeras, chicos y ardillas, en mayo de 1912.
En 1924 se hizo una película muda sobre el relato. Y en 1953 la que dirigió Hamilton Luke para los estudios Walt Disney. Una de las mejores obras disneyanas, por la cual conocen al personaje todos los niños del mundo, incluso más que por el texto literario. Que todos los niños del mundo sigan conociéndolo a través de este libro.