www.revistasculturales.com

El portal de la Asociación de Revistas Culturales de España


Última actualización: (CET)

La cultura pasa por aquí
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 176 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Peter Pan

por Juan Tébar
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 176, noviembre 2004

Número de páginas: 4
imprimir

No puedo evitar casi nunca, en los comienzos de algo que toca personajes y cosas muy amadas, referirme a mí mismo. Sé que algunos lectores llevan algún tiempo perdonándomelo.
No conocí en realidad, hasta ya entrado en años, los jardines de Kensington -«... están en Londres, donde vive el rey», explicaba Barrie a un niño llamado David-, pero había pasado prácticamente toda la vida soñando con ellos. Una fotografía de un libro me contó que en esos jardines donde vivió Peter Pan había una estatua que lo representaba tocando orgullosamente la flauta, como el dios que le prestó el nombre, y a sus pies había una amplia representación escultórica de los niños, las hadas y los piratas que compartieron sus aventuras. Me constaba que los otros niños también andaban por allí. En la foto del monumento se podía ver a dos bien abrigados que toqueteaban el pedestal donde estaban grabados los personajes de sus sueños. Yo soñé también con esa estatua tras la que asomaban arbustos. Cuando yo mismo toqué el pedestal y, cuando luego envié a mi hijo a Kensington Gardens con el plano que aparece en el cuento de Barrie, eran árboles altos los que sobrepasaban la cabeza de Peter, donde llevan posándose los pájaros (que son niños, ¿o deberíamos decir que los niños son pájaros?; después lo veremos) desde hace casi ochenta años.
Hay libros y huellas infantiles que no se borran nunca. Seguiré soñando hasta el final con los jardines y la estatua, como si sólo los conociera por un libro. Y respecto al libro, que son dos, ya lo explicaremos, eso forma parte ya tan intensamente de mis recuerdos, que hacer ahora este recorrido por sus paisajes me supone emprender una verdadera travesía por mí mismo. Una verdadera excursión al País de Nunca Jamás, donde realmente están todos los jardines. Más que en Londres, «donde vive el rey», están en los sueños de todos los niños, o sea en la memoria de todos los adultos, que olvidaron la capacidad de volar, pero no aquella isla donde vive Campanilla, la princesa Tigridia, ambas enamoradas sin esperanza de Peter Pan, y los seis niños perdidos, y el capitán Garfio («el único a quien temía el cocinero, y el cocinero era el único a quien temía Flint»), y la tripulación del Jolly Roger, y las sirenas... Bueno, ya está bien. Vayamos a nuestro trabajo.
Una época fértil y dilatada
Nos referimos una vez más a la era victoriana, como en Dickens, como en Kipling, autores que hemos tratado en ocasiones anteriores. Una época dilatada, al menos si atendemos a la larga vida de la soberana que le da nombre, la cual fue reina de Gran Bretaña e Irlanda desde 1837 hasta 1901.
En la casi interminable era victoriana, los autores anglosajones son muchos y excelentes, lo que no sólo puede ser explicado por la longitud. Etapas ha habido equivalentes en duración si elegimos un número de años, y no tan fructíferas.
Citaremos aquí a dos escoceses, por enlazar ya con James Matthew Barrie. Primero Walter Scott, que si bien murió unos años antes de que Victoria subiera al trono, es quizás el fantasma más ilustre que iluminó a los escritores que le sucedieron en el noble arte de contar aventuras. Y desde luego el hijo predilecto de la brumosa Escocia. Todos los caballeros andantes, buena parte de los piratas, casi la totalidad de las princesas, los guerreros cruzados y sus antagonistas sarracenos, son prácticamente copyright de Walter Scott. Perdón, de sir Walter -honor real que también disfrutó su paisano Barrie-, al que los años venideros deben gran cantidad de inspiración romántica.
En Edimburgo nació, como sir Walter, Robert Louis Balfour Stevenson, y vivió de lleno el reinado de Victoria, aunque buscara para su salud lugares más soleados y exóticos. Sin duda, la obra maestra de Stevenson (una de sus obras maestras, seamos justos), nos referimos a La isla del tesoro, tiene bastante que ver con significativas fantasías que habitan el mundo de Peter Pan.
Pero aquí, antes de caminar al son de la flauta de Peter, y volar con él si nos vuelve a enseñar (sabíamos hacerlo cuando niños, pero el tiempo asesina esos poderes maravillosos), antes de perdernos en los bosques de Nunca Jamás, debemos hablar del autor y del mundo que le tocó vivir. Ya habrá tiempo de perdernos por los fascinantes, y terribles a veces, vericuetos del sueño.
El tiempo de Barrie fue el tiempo que en España transcurre desde poco antes de la Primera República hasta el segundo año de nuestra Guerra Civil. Y que en la cultura e historia no inglesa supone, por ejemplo, la Guerra de Secesión norteamericana, por un lado, y Mark Twain. Hasta la Primera Guerra Mundial. Y Victor Herbert, padre de la opereta norteamericana, por otro lado.
En los casi ochenta años de la vida de J. M. Barrie, [ 1 ] el Japón tuvo su primera embajada en Estados Unidos y comenzó el Imperio nipón tal como teóricamente continúa hasta hoy. Tuvo lugar la guerra ruso-japonesa, la Primera Guerra Mundial y el pacto anticomunista germano-nipón. Y Kenji Mizoguchi, uno de las máximos realizadores cinematográficos japoneses, dirige por lo menos sus primeras catorce películas.
En Rusia, la guerra del 14, la revolución de 1915 y la definitiva de 1916. El místico y dicen que brujo Rasputín. El reformador Kerenski, que sucedió a los zares y fue desterrado por los bolcheviques. Tolstói y Nabokov, patriarca el primero de las letras rusas, nómada el otro, cortadas sus raíces, condenado a otras tierras y a otra lengua. Es, como se ve, la mutación en dos Rusias. Da para mucho el tiempo entre nacimiento y muerte de nuestro autor. Da para tanto que, según cotejamos tamaños sucesos históricos, el juego nos parece cada vez más un artificio. ¿Será que la verdadera realidad está en lo más concreto, o por lo menos en lo más íntimo? Tenemos que recurrir pronto a la flauta del muchacho fantás-tico para creernos lo que decimos. Pero los sueños se cimentan en la vida. En el caso de James Matthew Barrie, sus acontecimientos, los de su modesta existencia, constituyen la causa más inmediata de su obra.
Un hijo que no pudo ser padre
Una sombra desde la infancia de James: su hermano David. El niño al que Barrie cuenta la primera historia de Peter Pan se llama también David, proyectando su sombra en los niños posteriores con los que Barrie quiso devolver la vida a su hermano, o perpetuar su propia infancia. Nunca pudo tener hijos. Acabó adoptando los de unos amigos (seamos precisos: los de una mujer amada que tenía otro marido), uno de los cuales también se le moriría.
El hermano muerto a los 14 años, mientras patinaba sobre hielo, era el segundo de una prole de diez. James fue el último, tercero de los varones. La madre, Margaret, [ 2 ] prefería a David sobre todos. Empeño del menor sería desde entonces sustituir ese amor materno, «hacer de David», ganar el cariño roto de Margaret, ser verdaderamente hijo. Quizá tener realmente madre. Tales fantasmas de ese problema son el núcleo de una inevitable interpretación psiquiátrica de Peter Pan.
Desde entonces, mucho antes de convertirse en escritor, de serlo incluso famoso y distinguido oficialmente, todas las niñas de sus libros -posiblemente todas las mujeres de su vida- serán madrecitas para los niños perdidos. En esta denominación caben aquellos niños que, aunque hayan encontrado la fascinante vida aventurera junto a Peter Pan, huyeron de sus casas, se cayeron de su cochecito en el parque, no saben volver al hogar. O encontraron cerrada su ventana al intentar el regreso.
Número de páginas: 4
imprimir

NOTAS
  • [ 1 ] . Nació en Kirremuir, Escocia, en 1860. Murió en Londres en 1937. Fue rector de la Universidad de St. Andrews. Y chancellor de la de Edimburgo. Titulado baronet, ingresó también en la Orden del Mérito. Patrocinó la expedición de Scott al Antártico. Dejaría los derechos de Peter Pan a un hospital infantil en Londres.
  • [ 2 ] . Margaret Ogilvy (1896) fue un libro de Barrie donde contó la biografía de su madre, fantasma importante en la vida y la obra del autor, tan preo-cupado por la figura Madre, o por su ausencia, como Peter Pan.

¿Desea opinar sobre este artículo en el foro? Pinche aquí.

Todos los artículos que aparecen en esta web cuentan con la autorización de las empresas editoras de las revistas en que han sido publicados, asumiendo dichas empresas, frente a ARCE, todas las responsabilidades derivadas de cualquier tipo de reclamación
Página generada el Viernes, 18 de Julio de 2008 10:09:31