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CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) 174 CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil)

Un mago anda suelto. Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de J. K. Rowling/A. Cuarón

por Ernesto Pérez Morán
CLIJ (Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil) nº 174, septiembre 2004

Número de páginas: 2
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Ficha técnica
Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Harry Potter and the prisoner of Azkaban), de J. K. Rowling.
Trad. Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra. Barcelona: Salamandra, 2000.
Edición en catalán en Empúries.
Versión cinematográfica
Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Harry Potter and the prisoner of Azkaban).
Dir.: Alfonso Cuarón.
Prod.: David Heyman, Chris Columbus y Mark Radcliffe, para Warner Bros (Estados Unidos, 2004).
Guión: Steve Kloves, sobre la novela homónima de J. K. Rowling.
Intérpretes: Daniel Radcliffe (Harry Potter), Emma Watson (Hermione Granger), Rupert Grint (Ron Weasley), Robbie Coltrane (Hagrid), Gary Oldman (Sirius Black), David Thewlis (Profesor Lupin), Alan Rickman (Profesor Snape), Michael Gambon (Albus Dumbledore), Emma Thompson (profesora Trelawney), Timothy Spall (Peter Pettigrew).
Mucho se ha escrito sobre la fascinación del cinematógrafo, el carácter especular de la pantalla, la construcción del tiempo y el espacio... Y en la actualidad -menos aún dentro del epidérmico cine comercial-, pocas películas se prestan tanto a recuperar la reflexión sobre esos aspectos como Harry Potter y el prisionero de Azkaban. En buena medida, gracias a la inteligencia de su director, Alfonso Cuarón, que se ha valido de la maquinaria de los grandes estudios para articular un discurso sutil y fascinante. El joven Potter se ve superado así por la habilidad de prestidigitador del mexicano. El cine ha descubierto un nuevo mago.
Nuevo director para la tercera entrega
Sobre la tercera novela de J. K. Rowling hay poco que decir, puesto que en el número de mayo de esta revista se puede encontrar un completo estudio sobre la serie de la escritora escocesa. Baste citar algunos aspectos que permitirán enlazar con el film Harry Potter y el prisionero de Azkaban: una estructura genérica similar a las de las anteriores novelas -prólogo de Harry en casa de los Dursley, salida abrupta, llegada a Hogwarts, desarrollo no menos accidentado del curso escolar, desenlace siempre favorable a Harry y a sus amigos y vuelta a la deprimente casa de sus tíos-, un puñado de personajes, nuevos o ya conocidos -que ayudan o entorpecen la labor del héroe, como corresponde a los esquemas del relato clásico- y un final feliz, en el que Harry se sobrepone a las adversidades después de haber superado una serie de trabajos, a la manera de Ulises.
Las novedades de la obra con respecto a las dos primeras entregas son, en primer lugar, una cierta evolución hacia el oscurantismo, que genera a su vez un alejamiento de la puerilidad de las dos anteriores: mientras Harry crece, sus aventuras lo hacen también, en densidad, complejidad y tenebrismo, tendencia que se confirma en la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego. En segundo lugar, nos encontramos con una ruptura de la estructura narrativa clásica, ya que la autora introduce un falso desenlace que los protagonistas corrigen con la ayuda del «giratiempo» de Hermione. El destino, el paso inexorable del tiempo y la posibilidad de manejarlo a voluntad han sido ideas recurrentes de la literatura clásica, desde Homero hasta H. G. Wells, entre otros.
Estamos ante una novela integrada en una serie de gran éxito, que empuja a los jóvenes y no tan jóvenes a leer apasionadamente -con lo que eso tiene de mérito en la actualidad- y que ha evitado en parte que los tres primeros puestos de libros más vendidos en España estén copados por El código Da Vinci, María Teresa Campos y José María Aznar... Y en éstas, la Warner pone a funcionar su mastodóntica apisonadora para arrasar con la tercera entrega de Harry Potter. Se encuentran con un Daniel Radcliffe demasiado crecidito ya para aparentar los 13 años de su personaje -la cuarta entrega se está rodando de hecho a toda prisa, y ojalá no se repita lo que ocurrió en su día con Judy Garland-, con Chris Columbus -director de las dos anteriores- en franca retirada, y con una pléyade de aspirantes a ponerse tras la cámara en Harry Potter y el prisionero de Azkaban: Steven Spielberg, que rechazó la oferta, enfrascado en un proyecto didáctico sobre el exterminio de los judíos -mientras Ariel Sharon machaca a los palestinos-; Kenneth Branagh, vetado por la propia Rowling, que en esto tiene mucha mano, y que a su vez propuso al derrochador e inconstante Terry Gilliam. La propuesta provocó la firme negativa de los ejecutivos de la productora, que entonces pensaron en Alfonso Cuarón. No era ninguna locura. El cineasta mexicano había hecho ya en 1995 una película «con niño», La princesita; se había demostrado eficaz en Y tu mamá también (2001) y, lo que era más importante, había adaptado a Charles Dickens -de quien Rowling bebe literariamente- en Grandes esperanzas (1998).
Un film comercial, pero brillante
Prolongación de anteriores taquillazos, un director prometedor, grandes efectos especiales, 130 millones de dólares de presupuesto... Todo ello aderezado con montañas de palomitas, un videojuego, millones de críos berreando a la entrada y dentro de las salas de todo el mundo, y la recuperación íntegra de la inversión en el primer fin de semana de exhibición. Antes de ver la película, cabría pensar que era otro de esos productos que tratan a los pequeños como si fueran absolutamente imbéciles. Craso error. Porque Cuarón ha sabido dar con la piedra filosofal de la que hablaba la primera película. Aun dentro de los esquemas del cine comercial, gobernado por tendencias y estilos publicitarios y con fines de negocio y entontecedores, ha conseguido organizar un film brillante, capaz de satisfacer tanto a los amantes del cine sin contenido como a quienes buscan algo más en las pantallas.
Sigmund Freud y posteriormente Eric Berne, entre otros autores, hablaban de los niveles manifiesto y latente de cualquier expresión humana. El primero distinguía entre el inconsciente reprimido y el consciente. El segundo diferenciaba la información manifiesta de la latente u oculta. Mucho antes, Aristóteles había ofrecido el concepto de «catarsis», unido a ese espejo que era el teatro, donde el espectador se «limpiaba» al verse reflejado en los personajes. Y Stendhal había dicho que la novela es «un espejo que se pasea por una carretera. Tan pronto refleja el azul de los cielos como el barro de los charcos del camino». Todas estas citas llevan a las dos ideas sobre las que gravita la versión cinematográfica de Harry Potter y el prisionero de Azkaban: lo que cuenta aparentemente -las aventuras del joven mago- y lo que comunica de modo latente el director -los temas del tiempo, del doble, del espejo, del cine en definitiva-, así como el papel que corresponde al espectador en todo ese proceso.
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