2. Las fronteras judías vienen de la mano del sionismo, un término que provoca inmediato rechazo dadas las emociones que despierta. Estamos, sin embargo, ante un fenómeno tan complejo como desconocido y es un error juzgarle a partir del conflicto actual entre israelíes y palestinos sin tener en cuenta su historia.
No nace como reacción al antisemitismo, como habitualmente se dice, aunque eso haya tenido su importancia, sino que es un fenómeno típicamente ilustrado que responde al deseo de emancipación política
[ 3 ] . No se puede desligar el sionismo de los movimientos emancipatorios que surgen de la Revolución Francesa. 1789 consagra el derecho de los pueblos a elegir su destino y ésto vale para todos los pueblos, incluído el judío. También para el pueblo elegido vale lo de la "muerte de Dios", es decir, la organización del mundo "utrum Deus non daretur" y, por tanto, desde la voluntad y la razón de los individuos. Una prueba del origen ilustrado del sionismo es la oposición violenta que encuentra en un principio entre los grupos ortodoxos. En una recopilación de opiniones rabínicas sobre el particular se dice, por ejemplo, que
"la esencia misma del sionismo no es más que la destrucción de la religión de Moisés y de Israel" . Según esta fuente, el nacionalismo judío
"se realiza destruyendo la religión". Y, dirigiéndose a ciertos sectores religiosos que apoyan el sionismo pensando que acabará potenciando la fe judía, dice que
"los sionistas son mucho más perversos que los simples laicos en sus propósitos porque hacen del nacionalismo un substituto de la Torah y de los mandamientos. Si se acepta esta hipótesis entonces el miembro de este movimiento se siente liberado del cumplimiento de los preceptos de la Torah... El sionismo les ha inculcado el convencimiento de que con el nacionalismo son judíos de la cabeza a los pies" (Bensoussan, 258).
Pero el sionismo no sólo se enfrenta a la ortodoxia sino también a la versión ilustrada representada por Moises Mendelssohn, es decir, al principio de la doble militancia: judío por dentro y asimilados por fuera. Ese camino no lleva a ninguna parte ya que ni siquiera haciendo el esfuerzo de asimilación los judíos serán tratados como iguales. De esta experiencia da fe, por ejemplo, el relato de Kafka Informe para una Academia , en el que el conferenciante se dirige a sus señorías para aclararles "mi anterior vida simiesca" . El autor del informe, que ha leído un artículo "escrito por alguno de los diez mil galgos que saltan sobre mí desde los periódicos" , quiere explicar a la inquieta intelligentzia europea si su naturaleza simiesca ha sido o no suficientemente superada. Si recordamos la profusión con la que se comparaba a los judíos con los monos (o con los gusanos: no olvidemos que Gregor Samsa se transforma en un "Ungeziefer", la misma palabra con la que los nazis tratarán a los judíos en los campos), reconoceremos la sospecha permanente con la que eran vistos judíos asimilados, incluso de la talla de Freud: portadores de rasgos prehumanos que no les habilitaban para acceder a la dignidad humana o a los derechos de ciudadanía.
El sionismo levanta acta de este fracaso, que se agrava con el hundimiento del Imperio Austro-Húngaro ya que no sólo se cuestiona la normalidad moderna del individuo judío, sino que empieza a peligrar la existencia del judío como minoría en unas sociedades enloquecidamente nacionalistas. La idea de un Estado propio nace, por lo tanto, de la necesidad y de la modernidad. De la necesidad, en el sentido de que ni como individuos ni como colectivo se les reconocía la dignidad y los derechos que se les debía en el seno de los Estados en los que se encontraban; el antisemitismo histórico se acelera con los nuevos tiempos en lugar de disolverse. De la modernidad, porque ésta legitimaba el derecho de cualquier pueblo a dirigir su propio destino. El Estado de Israel, que nace en 1948, tiene esa doble legitimidad que nadie, y menos un europeo, puede cuestionar, so pena de craso cinismo.
3. El problema de ese Estado es que se va a implantar en un territorio en el que no sólo hay judíos (no lo olvidemos), sino también árabes. El conflicto que conocemos se origina por dos razones: porque a la generación judía que crea el Estado en 1948, con sus ideales laicos e ilustrados, sigue otra que sustituya la doctrina ilustrada por mitos religiosos y derechos históricos, y porque los palestinos no reconocen la legitimidad de 1948, de ahí la guerra de 1967, perdida por sus iniciadores, y que ha dado pie a una política de ocupación de los territorios palestinos.
A la frontera "natural" (pero muy artificial) que es la que lleva consigo la constitución de cualquier Estado, se han ido sucediendo las barreras de la incomprensión, del odio, del dolor, hasta llegar al muro de cemento levantado por el gobierno israelí presidido por Sharon. Ya en 1923, Zeev Jabotinsky, un sionista duro (se enfrentó en 1903 a Theodor Herzl cuando éste planteó a Uganda como posible patria del pueblo de Israel), escribió un libro,
La Muralla de acero [ 4 ] , en el que dejaba bien claro que el futuro Estado, igual que cualquier otro Estado, funciona con el esquema amigo-enemigo. Había que prepararse no a convivir sino a enfrentarse con los vecinos pueblos árabes, empezando con los propios palestinos. Aunque acabara siendo expulsado de la organización sionista, ese muro acompaña necesariamente a todo Estado. Lo nuevo es que así como en viejos Estados ese enfrentamiento con los demás se ha ido limando gracias a pactos, intercambios y colaboraciones, en ese nuevo Estado, al enfrentamiento estructural del que hablaba Carl Schmitt se han ido sumando un sinfín de muros.
Sobre este sionismo, dice Habermas,
"cabe hacer distinciones conceptuales que, en el uso político, hace tiempo que se han desdibujado" [ 5 ] . El sionismo, visto como una forma de nacionalismo, puede ser objeto legítimo de crítica, como cuando ésta expresa reservas respecto a
"consecuencias normativas indeseables de todo nacionalismo" (ídem), es decir, se puede criticar teóricamente al sionismo como a cualquier otra forma de nacionalismo. Lo han hecho y lo hacen muchos ciudadanos israelíes que no son sionistas. Lo que pasa es que no estamos en un debate meramente teórico. La crítica al sionismo ha tomado en Europa la forma de un antisemitismo que llevó a los campos de exterminio. Ese es el hecho, de ahí que el prudente Habermas sentencie:
"el antisionismo está desacreditado. Tras el Holocausto ¿qué europeo podría negar a Israel el derecho a existir, o desentenderse de esta cuestión político-existencial?" (ídem). Bien se puede decir entonces que el antisionismo apunta muy a su pesar a la responsabilidad del propio europeo, es decir, lanza dardos contra sí mismo ya que sin su historia (la de Europa) el conflicto palestino-israelí es inexplicable. El muro entre israelíes y palestinos esconde, como las matriuskas rusas, otros muros, como el del desconocimiento y el de la incomprensión de las causas -y de la responsabilidad europea- en este problema.
El politólogo israelí Zev Sternhell
[ 6 ] acaba un instructivo estudio sobre esta crisis con unas sensatas palabras que de momento sólo expresan un deseo:
"más que nunca corresponde a todos los que viven en esta región levantar una barrera de sentido común frente al diluvio que amenaza con arrasar todas las esperanzas de un porvenir que sea diferente del triste presente que es el nuestro".