Como más arriba comentaba, si sometemos a un pequeño examen a la segunda mitad del siglo XX, veremos que la música que va quedando de este período (o sea la que se toca, se programa, se escucha, se vende...) coincide cada vez más con todo aquello que la vanguardia consideraba perecedero e intrascendente. Las estéticas que más narcisistamente vivían embelesadas con el discurso de la Historia parecen haberse quedado justamente a la orilla del camino hacia el futuro que creían estar trazando para salvación de la Humanidad. Está claro que las intenciones no lo son todo. Y precisamente por eso, en esto de lo culto y lo popular ya no cabe el refugio de las categorías: un músico no puede sentirse superior por vivir al abrigo de una denominación (como pueda ser la de "música clásica"). Su superioridad habrá de ser demostrada con sus habilidades musicales y con el interés que éstas susciten en los demás, público e intérpretes (por cierto, no es verdad que algo sea mejor simplemente por gustarle a más gente, pero sí lo es que no es bueno si no le gusta a nadie...). Y como hoy día compartimos el espacio sonoro universal músicos de la más diversa procedencia y formación, las clasificaciones, categorías y demás cajones se van disolviendo en la nada sin que quede más sostén que la música que uno hace (es decir, compone, improvisa, toca...). ¿Quién puede hoy día atribuir un valor añadido a una obra por el mero hecho de que su autor se autoincluya a título personal en una determinada clase, como la de "músico culto"? ¿Es que esta inclusión acaso supone, ya que no una superioridad de aptitudes -como nos demuestran tantos y tantos músicos venidos de otros territorios del arte sonoro-, sí una superioridad de intenciones? ¿En nombre de qué discurso moral de segunda división podría un oyente tragarse esto? Y aún aceptándolo pacatamente como cierto, ¿de qué me valen las intenciones del autor cuando me siento en una butaca para recibir los sonidos de su obra? Durante unas cuantas décadas, el arte culto ha tomado como un axioma la superioridad moral del artista que crea solamente para sí mismo (¿hay algún otro campo de la vida social del hombre en el que se valore más trabajar con un egoísmo autista que trabajar para los demás?). Esta desafortunada culminación del individualismo romántico trajo consigo un sistema de valores en el que la obra se juzgaba en función de la originalidad y la supuesta capacidad de introspección, pero tal sistema, extraordinariamente valorado en el entorno del arte académico -seguramente porque brinda una ocasión ideal para el lucimiento de los exegetas de la obra de arte-, se colapsa por que supone finalmente la ruptura de todo vínculo con los receptores de la obra.
En fin, las categorías no parecen tener ya ninguna razón de ser. Se han quedado reducidas a guaridas en las que proteger un status.
Desde luego, por la misma razón, tampoco considero que un músico que prescinda de la escritura -ya hablemos de improvisación de cualquier género, de composición colectiva a la manera de un grupo de rock, o de transmisión por la memoria, como ocurre en la música popular-, represente una categoría absoluta de la práctica musical. La persona que puede improvisar es porque tiene un cierto dominio de su instrumento y, viceversa, quien domina un instrumento debe ser capaz de improvisar con él. Y a su vez, quien improvisa (si lo hace bien) tiene la plena capacidad para componer música escrita y viceversa (hablo de capacidad: otra cosa es el conocimiento, la costumbre, la práctica). En la música clásica somos auténticos "fans" de las categorías y la especialización, pero no debemos olvidar que en otras muchas músicas se da la categoría general de "músico" a alguien capaz de tocar, improvisar y componer (después, cada músico sabrá si con una de estas facetas se identifica más o si vive las tres con un cierto equilibrio, de la misma manera que una dieta sana debe incluir todo tipo de alimentos sin que ello obste para que a uno le guste más el marisco o la carne). Por eso nos debemos felicitar de que, para bendición de la propia música, nuestro tiempo esté arrumbando las clasificaciones sectarias para dejar en una sola la categoría de "músico", la que define a los que trabajamos con el sonido en el tiempo, como decía la vieja definición de nuestro arte. Naturalmente, este campo sin puertas de la actualidad puede también prestarse a confusiones y a equívocos, y a albergar la medianía al lado del valor artístico, pero estos equívocos no serán, en cualquier caso, mayores en número ni más graves que los que mantenía la vieja y prejuiciosa red de las categorías. Y además serán justamente los propios de nuestro tiempo, y no la herencia irreflexiva de un tiempo pasado. Nuestra realidad es el presente, el aquí y ahora de nuestra sociedad y de su manera de recibir y vivir el hecho musical. Y la realidad es, nos plazca o nos pese, ineludible.