Es muy posible que la esfinge rampante sea un momento de una transición, de una metamorfosis que tiene su origen en Egipto. El esfinjo o representación en piedra viva, que habla, del arquitecto que construyó la ciudad de vivos y la de muertos, o la del faraón que la auspició, muda en la esfinge griega, mujer abrazadora. Esa esfinge rampante, se yergue de frente, y muestra las palmas garrudas. Es una alegoría de la mudanza detenida: señala la fuente común de las culturas. Como la manida del Danubio en el prado alto que visitó Magris.
Lo que la esfinge señala es la transición, la metamorfosis como lugar del origen. No hay espacio quieto, sino transformación, cuerpo que de leona, pasa a mujer, y de agresiva y abrazadora pasa a encaramada preguntante. Con Edipo y todo eso...
La ciudad antigua de Éfeso es una petrópolis variada, con trazado, calles y biblioteca, que destaca fragmentos de textos, alegorías en escritura griega. La expresión de la agacé tujé, la buena suerte. La ocasión propicia.
Allí llega (de la mano de Juan, el evangelista, que llevaría el nombre de Águila de Patmos, isla vecina, a la que se retira a escribir el último libro: Apocalipsis) la mujer mayor, María, madre de Jesús, que vive allí sus últimos años. Que se conserve una casa de la Virgen, un sepulcro de Juan, un museo de las esculturas mayores de la Grecia romana, de la Roma helenizada, todo es el resto de la fusión primaria. La misma que, sin confusión, pintan los libros de los investigadores actuales de los ires y venires de las comunidades (entre Jerusalén que se va a la diáspora entre paulinos y cetrinos, Alepo que da judíos sirios que acabarán en México, Éfeso con sus cartas paulinas y también con su Afrodita de mucha madre), pero también los alrededores de la torre Gálata) comerciando, guerreando, aliándose a veces dando la impresión de "contra natura" (comunidad judía que se acerca a los maronitas, que en ese momento no se llevan bien con otros cristianos, comunidad griega que islamiza en la práctica para poder vivir y llevarse bien, frente a alguien). Es como la lección de la invención del adversario como primer aglutinante: más fuerte que quiénes somos, resulta la pregunta "contra quién" lo somos...
En una isla un judío mayor, que acompañó la ejecución de Jesús el Mesías, se retira a escribir -después de la vida de Jesús- el último libro. El que dará nombre a lo último, a lo que es definitivo y sin vuelta: el Apocalipsis.
Potencia y desmesura de la Artemisa efesia.
La acumulación de signos, la simetría traslatoria de los pechos (ubres o escrotos poco importaría: están entre el rostro y la cintura) compone y exhibe aquella que Barthes llamó, discreto y mirón, una sexualité á la boutonnière . Qué exaltación de lo fecundo, del poder atribuido, reconocido y admirado, cercano y lejanísimo (Unheimlich) de la mujer por antonomasia, mediterránea, entre dos mares, entre dos madres. Y surgen los relatos, los que muestran la vía femenina de la génesis de lo sagrado. Incluso de todas las diosas y los dioses. La diosa blanca de Robert Graves. Partenopeas y maternalia. Ritos e iconos. Flujos y frutos. Y el encuentro, la confrontación con el enviado de la creencia temerosa: Saulo de Tarso, Pablo, que en su episodio efesio reconoce, teme y combate tanto culto femenino. Es, en resumen, el mandato rabínico y luego cristiano: "A la bruja -a la mujer, podemos apostillar sin duda- no la dejarás vivir" (Éxodo, 22, 28).
Las dos Artemisas, coronada una con motivos que, vistos de cerca, son... ¡esfinges! Y la otra con rodetes en el cabello, se miran entre sí en el museo de Sensulk, siguen sonriendo con los ojos en blanco cual dos esfinges rampantes.
La imagen descubierta ¿al azar?, en la pared lateral del sarcófago del museo de Izmir, sigue surtiendo efecto, rutilante. Veámosla de nuevo.
Es una esfinge rampante, que se muestra inmortal en el mármol, de frente, mirando a quien mire. Las patas leoninas al quiebro, pero el torso de mujer y la cabeza, airosos, avizorando... ¿o es más bien un gesto de gozo, que se atisba en los ojos almendrados, malignos, a medias atemperados por una sonrisa inquietante? Hay que decirlo así porque es el enigma de la esfinge. NO lo que ella dice, sino el jeroglífico de lo que ella es. Las partes heterogéneas, de cuerpos distantes en la escala de los vivientes. La que en Egipto fue piedra que habla es ahora un ser grácil, incierto, que amaga un abrazo con las manos de garras abiertas, los dos brazos a la altura del rostro. Saluda, amenaza. Entre estos dos gestos se sustenta este bajorrelieve, lejos de Egipto y lejos de Tebas. Es el medio camino de la esfinge: aún no le han brotado las alas, como a la preguntona de Edipo, pero ya no es varón, faraón o arquitecto, barbado, vigilante de las pirámides.
Es la sutileza de la metamorfosis. Un punto medio entre África y Grecia. Entre la vela de la necrópolis sagrada (Gizé) y la columna tebana en la que se convierte en animal político: franquea o veda la entrada a la polis.
Mirándolo de nuevo: es la gracia de las hermanas que despachan café en una de las bóvedas del Gran Bazar. Son dos mujeres rotundas. Una con ropa llamada europea (¿dónde está Estambul?), otra con un caftán. Vuelven a sonreír, atienden, dan conversación a los clientes. En un respiro se acomodan a una mesa y hablan pausadamente. En cada mesa un lilium blanco en jarra de cristal. Son las dos Artemisas nutricias dando de beber. Dos esfinges que ya no inquieren: confortan a quienes han entrado al bazar de la ciudad.
Pitagoreion: un puerto redondo, casas blancas con buganvillas, higueras, matas de romero, ruda y espliego. Un lungomare breve. Un mar domesticado en apariencia que resiste los apósitos de la moda -escasos, contenidos, pero amenazadores de lo que puede venir a benidormizar la vida- Un mar incorruptible. Pulpos y avispas. Cançó del matí encalmat.
De ser flamenco, ir a escuchar a los almuédanos desde la calle: no hay siguiriya más tremenda y más cordial. Sostenida en vilo en la repetición, en un estado laico. La sombra de Ataturk, padre de turcos, a quienes hace mudar la lengua en pocos meses. Pero, torres arriba, retorna el árabe como regresa lo reprimido. Como vuelta y desahogo de lo anudado. Vuelve como canto santo, por encima de la melée . Palabra vertical, de arriba abajo. Hecha de suyo para traer la paz. No para dar guerra.