En el museo de Esmirna, Izmir, hay varias lápidas, estelas, laudas dispuestas a lo largo del jardín. Cerca de la verja de entrada, hay una tumba de apariencia helenística, con motivos barrocos. De cerca, en el centro de uno de los paños, una imagen nunca vista: una esfinge rampante. Esta se constituye en emblema involuntario de un territorio de enigmas y de invenciones poderosas: la tierra del Egeo.
Cómo es posible que las tareas, los ensueños de unos pocos lugares, poderosos, efímeros, se encuentren y den de sí frutos tan sin par como lo que hoy entendemos por filosofía, lo que hoy conocemos como el cristianismo (que incluye la proclamación dogmática de Jesús como hijo de Dios, la declaración de María como madre de Dios), la entreverada y duradera alianza de judíos, muslimes, cristianos, en torno a las mesas de los bazares de Estambul.
Filosofía, religión y mercado, que nacen trenzados entre sí, en un espacio costero, abarcable.
En la mesa del café interior del Gran Bazar: una galería, una de las infinitas ramas del laberinto del pasaje comercial más abigarrado de todos los lugares de cambio y no de guerra. Allí despacha una pareja de hermanas, morenas, de hermoso pelo recogido y de cuerpo abundante y gracioso. Sirven los cafés en mesas de redondas, con mantelillos, con búcaros de flores blancas, lilium. La mirada andaluza, caribeña, los andares despaciosos y acompasados. Y, luego, atendida la clientela, sentándose a conversar con un vecino, en la mesa, luciendo la primera un vestido largo, de color beige, como un caftán liso, la otra un traje negro, en una estampa de hace más tiempo, de otros lugares, en los que quien ofrecía café a la gente del mercado, estaba poniendo compás a la vida. Y lo sabía.
Quien viaje entra en la mezquita azul. Duda sobre si el espacio al que ingresa es de este mundo común, o es propio, irrepetible, exactamente detenido en un tiempo sin tiempo que solemos atribuir a lo sagrado, a lo exento. Descalzarse. Entrar. Ver en silencio. Oler. Oír. Gustar el interior de la boca seca, expectante, sin lograr palabras para decir lo que es. La camisa verde contrasta con los brillos de las lámparas, las alfombras, el olor cálido de la lana, la desmesura del espacio. La rotundidad del silencio. La acumulación de un aire interior expuesto a la luz. Los creyentes, orando, mirando al Lugar.
Rectángulo de las alfombras. Cada lugar de oración tiene su figura, su viñeta repetida multiplicada en todas la direcciones, poniendo orden, regularidad, y al mismo tiempo sinfín, delirio, vértigo. Esa primera es de tres cuerpos, como una fachada de tres naves, espaciadas por columnas que son flores que se trenzan. Los colores que vienen sobre todo de los azules de Iznik, que configuran fachadas, interiores, azulejos, mosaicos, pero también las huellas tejidas, todos estos azules inseparables del verde, vienen de la poderosa ciudad del norte turco que acogió el primero de los concilios católicos. Aquel en el que Jesús de Nazareth, tras dos meses de deliberación de un par de cientos de clérigos, teólogos, estudiosos, fue proclamado dogmáticamente Hijo de Dios.
El aprendizaje de la mezcla, de la mixtura, la razón de lo mestizo. El sosiego profundo, simplificador, de quien siente que no tiene que defender pureza alguna, condición cátara alguna, unión alguna, patria alguna salvo el mundo que le queda por conocer.
El patio exterior, interior al cercado, a la poderosa muralla. La imponente altura de las torres, albarranas, para almuédanos: si altas son las torres, el valor es alto...Y los octogonales y poderosos lugares del agua, para lavarse, limpiarse, enjugarse rostro, manos, interior de la boca. Alivio de quien pasea, viaja, sale de lo común y profano del mercado, y se adentra en el espacio exento, el jardín de las alfombras de las viñetas repetidas...
Y la voz. De repente la voz. Aún no ha amanecido y en el aire cercano de la vecina mezquita se pone un zumbido grueso y seco, un comienzo de megafonía. Y de ahí sale la voz, de bajo cantante, profundo, que invita a la oración. El melisma se oirá a lo largo de los días, como pudiera decirse de los siglos, salvo que la hondura no quiere decir eternidad, sino constancia en la búsqueda, en la invitación. Ismael explica que en la convocatoria está la llamada a la plegaria, pero también a la gloria, a un día de gloria, un momento de gloria. El triunfo de asomarse al otro lado de la calle, de los muros, y llamarlo lo sagrado. Y el canto silencioso del poeta y matemático de las Rubayatas: Al alba / más me cumple / el eructo de un beodo / que la plegaria de un hipócrita . Lección continuada: sólo quien no peca mata.
Eso se puede meditar en los grandes soportales, altos vanos de piedra, a cuyo borde se sientan los caminantes, los peregrinos, esto que llamamos los turistas, que significa los que dan vueltas.
Los derviches bajan de la parte alta de la ciudad y se recogen en el hall de la estación a la que llegaba el tren llamado Oriente Express. La sesión está hecha de silencio, pausas, compases acotados. Una ceremonia en la que los músicos llegan, cubiertos de mantos negros y con caftanes oscuros de lana gruesa. No son de astracán sino de pastores anatolios.
Las vueltas y revueltas...
Cuando el pasaje se convierte en Bazar. No es una metáfora, no una transposición o transporte. No es que se pueda decir: en París hubo - y Benjamin lo documenta- un Pasaje del Bazar, que es como el gran templo de la abundancia que del oriente viene y todo lo invade: dan a la incipiente cultura del consumo occidental la idea de todo habrá, que cada día de oriente, o del no ser, llegan las cosas nuevas, inesorablemente nuevas, invasoras, regalantes, desde el oriente para el cuerpo y el alma, "para la calora, para la sudora, para la verana, para que el novio no se vaya con otra" , que proclamaba un verosímil alauita, en el Rastro de Madrid... Se ve en Estambul, barrio alto, calle de la Libertad, que un pasaje no es como un bazar. Este pasaje del barrio de Pera, continúa en un bazar. Es un pasaje y es unos metros más adelante un bazar. Como el Zizeck bazar: o bazar de las flores.
Y llegar a Mileto: el ágora y sus trazas, el anfiteatro entero, y un chambadito con parra menuda para propiciar el asiento de quien filosofa, de quien ama, de quien ama saber, de quien sabe amar... Filosofar como oficio abierto, siempre en estado de fundación...
El barco que lleva a Samos muestra la vecindad de los sistemas filosóficos. Que se busque el origen y el orden de lo que hay en algo que se llama en el concepto de borde (peras) y de lo que no tiene (ápeiron) , y esto ocurre tras una travesía de cuarenta millas, y que se encuentra el eco en las oposiciones del vecino Pitágoras: limitado/ilimitado, derecho/izquierdo, masculino/ femenino... suscita un eco que no se detiene. Como si todo lo que sostiene y los momentos del vértigo tuviesen su anclaje en la oposición entre quien navega y quien espera en el puerto.