El Rapto de Europa

Turquía y la esfinge rampante

por José Miguel Marinas

El Rapto de Europa nº 8, Mayo 2006

En el museo de Esmirna, Izmir, hay varias lápidas, estelas, laudas dispuestas a lo largo del jardín. Cerca de la verja de entrada, hay una tumba de apariencia helenística, con motivos barrocos. De cerca, en el centro de uno de los paños, una imagen nunca vista: una esfinge rampante. Esta se constituye en emblema involuntario de un territorio de enigmas y de invenciones poderosas: la tierra del Egeo.

Cómo es posible que las tareas, los ensueños de unos pocos lugares, poderosos, efímeros, se encuentren y den de sí frutos tan sin par como lo que hoy entendemos por filosofía, lo que hoy conocemos como el cristianismo (que incluye la proclamación dogmática de Jesús como hijo de Dios, la declaración de María como madre de Dios), la entreverada y duradera alianza de judíos, muslimes, cristianos, en torno a las mesas de los bazares de Estambul.

Filosofía, religión y mercado, que nacen trenzados entre sí, en un espacio costero, abarcable.

En la mesa del café interior del Gran Bazar: una galería, una de las infinitas ramas del laberinto del pasaje comercial más abigarrado de todos los lugares de cambio y no de guerra. Allí despacha una pareja de hermanas, morenas, de hermoso pelo recogido y de cuerpo abundante y gracioso. Sirven los cafés en mesas de redondas, con mantelillos, con búcaros de flores blancas, lilium. La mirada andaluza, caribeña, los andares despaciosos y acompasados. Y, luego, atendida la clientela, sentándose a conversar con un vecino, en la mesa, luciendo la primera un vestido largo, de color beige, como un caftán liso, la otra un traje negro, en una estampa de hace más tiempo, de otros lugares, en los que quien ofrecía café a la gente del mercado, estaba poniendo compás a la vida. Y lo sabía.

Quien viaje entra en la mezquita azul. Duda sobre si el espacio al que ingresa es de este mundo común, o es propio, irrepetible, exactamente detenido en un tiempo sin tiempo que solemos atribuir a lo sagrado, a lo exento. Descalzarse. Entrar. Ver en silencio. Oler. Oír. Gustar el interior de la boca seca, expectante, sin lograr palabras para decir lo que es. La camisa verde contrasta con los brillos de las lámparas, las alfombras, el olor cálido de la lana, la desmesura del espacio. La rotundidad del silencio. La acumulación de un aire interior expuesto a la luz. Los creyentes, orando, mirando al Lugar.

Rectángulo de las alfombras. Cada lugar de oración tiene su figura, su viñeta repetida multiplicada en todas la direcciones, poniendo orden, regularidad, y al mismo tiempo sinfín, delirio, vértigo. Esa primera es de tres cuerpos, como una fachada de tres naves, espaciadas por columnas que son flores que se trenzan. Los colores que vienen sobre todo de los azules de Iznik, que configuran fachadas, interiores, azulejos, mosaicos, pero también las huellas tejidas, todos estos azules inseparables del verde, vienen de la poderosa ciudad del norte turco que acogió el primero de los concilios católicos. Aquel en el que Jesús de Nazareth, tras dos meses de deliberación de un par de cientos de clérigos, teólogos, estudiosos, fue proclamado dogmáticamente Hijo de Dios.

El aprendizaje de la mezcla, de la mixtura, la razón de lo mestizo. El sosiego profundo, simplificador, de quien siente que no tiene que defender pureza alguna, condición cátara alguna, unión alguna, patria alguna salvo el mundo que le queda por conocer.

El patio exterior, interior al cercado, a la poderosa muralla. La imponente altura de las torres, albarranas, para almuédanos: si altas son las torres, el valor es alto…Y los octogonales y poderosos lugares del agua, para lavarse, limpiarse, enjugarse rostro, manos, interior de la boca. Alivio de quien pasea, viaja, sale de lo común y profano del mercado, y se adentra en el espacio exento, el jardín de las alfombras de las viñetas repetidas…

Y la voz. De repente la voz. Aún no ha amanecido y en el aire cercano de la vecina mezquita se pone un zumbido grueso y seco, un comienzo de megafonía. Y de ahí sale la voz, de bajo cantante, profundo, que invita a la oración. El melisma se oirá a lo largo de los días, como pudiera decirse de los siglos, salvo que la hondura no quiere decir eternidad, sino constancia en la búsqueda, en la invitación. Ismael explica que en la convocatoria está la llamada a la plegaria, pero también a la gloria, a un día de gloria, un momento de gloria. El triunfo de asomarse al otro lado de la calle, de los muros, y llamarlo lo sagrado. Y el canto silencioso del poeta y matemático de las Rubayatas: Al alba / más me cumple / el eructo de un beodo / que la plegaria de un hipócrita . Lección continuada: sólo quien no peca mata.

Eso se puede meditar en los grandes soportales, altos vanos de piedra, a cuyo borde se sientan los caminantes, los peregrinos, esto que llamamos los turistas, que significa los que dan vueltas.

Los derviches bajan de la parte alta de la ciudad y se recogen en el hall de la estación a la que llegaba el tren llamado Oriente Express. La sesión está hecha de silencio, pausas, compases acotados. Una ceremonia en la que los músicos llegan, cubiertos de mantos negros y con caftanes oscuros de lana gruesa. No son de astracán sino de pastores anatolios.

Las vueltas y revueltas…

Cuando el pasaje se convierte en Bazar. No es una metáfora, no una transposición o transporte. No es que se pueda decir: en París hubo – y Benjamin lo documenta– un Pasaje del Bazar, que es como el gran templo de la abundancia que del oriente viene y todo lo invade: dan a la incipiente cultura del consumo occidental la idea de todo habrá, que cada día de oriente, o del no ser, llegan las cosas nuevas, inesorablemente nuevas, invasoras, regalantes, desde el oriente para el cuerpo y el alma, “para la calora, para la sudora, para la verana, para que el novio no se vaya con otra” , que proclamaba un verosímil alauita, en el Rastro de Madrid... Se ve en Estambul, barrio alto, calle de la Libertad, que un pasaje no es como un bazar. Este pasaje del barrio de Pera, continúa en un bazar. Es un pasaje y es unos metros más adelante un bazar. Como el Zizeck bazar: o bazar de las flores.

Y llegar a Mileto: el ágora y sus trazas, el anfiteatro entero, y un chambadito con parra menuda para propiciar el asiento de quien filosofa, de quien ama, de quien ama saber, de quien sabe amar… Filosofar como oficio abierto, siempre en estado de fundación…

El barco que lleva a Samos muestra la vecindad de los sistemas filosóficos. Que se busque el origen y el orden de lo que hay en algo que se llama en el concepto de borde (peras) y de lo que no tiene (ápeiron) , y esto ocurre tras una travesía de cuarenta millas, y que se encuentra el eco en las oposiciones del vecino Pitágoras: limitado/ilimitado, derecho/izquierdo, masculino/ femenino… suscita un eco que no se detiene. Como si todo lo que sostiene y los momentos del vértigo tuviesen su anclaje en la oposición entre quien navega y quien espera en el puerto.

Es muy posible que la esfinge rampante sea un momento de una transición, de una metamorfosis que tiene su origen en Egipto. El esfinjo o representación en piedra viva, que habla, del arquitecto que construyó la ciudad de vivos y la de muertos, o la del faraón que la auspició, muda en la esfinge griega, mujer abrazadora. Esa esfinge rampante, se yergue de frente, y muestra las palmas garrudas. Es una alegoría de la mudanza detenida: señala la fuente común de las culturas. Como la manida del Danubio en el prado alto que visitó Magris.

Lo que la esfinge señala es la transición, la metamorfosis como lugar del origen. No hay espacio quieto, sino transformación, cuerpo que de leona, pasa a mujer, y de agresiva y abrazadora pasa a encaramada preguntante. Con Edipo y todo eso…

La ciudad antigua de Éfeso es una petrópolis variada, con trazado, calles y biblioteca, que destaca fragmentos de textos, alegorías en escritura griega. La expresión de la agacé tujé, la buena suerte. La ocasión propicia.

Allí llega (de la mano de Juan, el evangelista, que llevaría el nombre de Águila de Patmos, isla vecina, a la que se retira a escribir el último libro: Apocalipsis) la mujer mayor, María, madre de Jesús, que vive allí sus últimos años. Que se conserve una casa de la Virgen, un sepulcro de Juan, un museo de las esculturas mayores de la Grecia romana, de la Roma helenizada, todo es el resto de la fusión primaria. La misma que, sin confusión, pintan los libros de los investigadores actuales de los ires y venires de las comunidades (entre Jerusalén que se va a la diáspora entre paulinos y cetrinos, Alepo que da judíos sirios que acabarán en México, Éfeso con sus cartas paulinas y también con su Afrodita de mucha madre), pero también los alrededores de la torre Gálata) comerciando, guerreando, aliándose a veces dando la impresión de “contra natura” (comunidad judía que se acerca a los maronitas, que en ese momento no se llevan bien con otros cristianos, comunidad griega que islamiza en la práctica para poder vivir y llevarse bien, frente a alguien). Es como la lección de la invención del adversario como primer aglutinante: más fuerte que quiénes somos, resulta la pregunta “contra quién” lo somos…

En una isla un judío mayor, que acompañó la ejecución de Jesús el Mesías, se retira a escribir –después de la vida de Jesús– el último libro. El que dará nombre a lo último, a lo que es definitivo y sin vuelta: el Apocalipsis.

Potencia y desmesura de la Artemisa efesia.

La acumulación de signos, la simetría traslatoria de los pechos (ubres o escrotos poco importaría: están entre el rostro y la cintura) compone y exhibe aquella que Barthes llamó, discreto y mirón, una sexualité á la boutonnière . Qué exaltación de lo fecundo, del poder atribuido, reconocido y admirado, cercano y lejanísimo (Unheimlich) de la mujer por antonomasia, mediterránea, entre dos mares, entre dos madres. Y surgen los relatos, los que muestran la vía femenina de la génesis de lo sagrado. Incluso de todas las diosas y los dioses. La diosa blanca de Robert Graves. Partenopeas y maternalia. Ritos e iconos. Flujos y frutos. Y el encuentro, la confrontación con el enviado de la creencia temerosa: Saulo de Tarso, Pablo, que en su episodio efesio reconoce, teme y combate tanto culto femenino. Es, en resumen, el mandato rabínico y luego cristiano: “A la bruja –a la mujer, podemos apostillar sin duda– no la dejarás vivir” (Éxodo, 22, 28).

Las dos Artemisas, coronada una con motivos que, vistos de cerca, son… ¡esfinges! Y la otra con rodetes en el cabello, se miran entre sí en el museo de Sensulk, siguen sonriendo con los ojos en blanco cual dos esfinges rampantes.

La imagen descubierta ¿al azar?, en la pared lateral del sarcófago del museo de Izmir, sigue surtiendo efecto, rutilante. Veámosla de nuevo.

Es una esfinge rampante, que se muestra inmortal en el mármol, de frente, mirando a quien mire. Las patas leoninas al quiebro, pero el torso de mujer y la cabeza, airosos, avizorando… ¿o es más bien un gesto de gozo, que se atisba en los ojos almendrados, malignos, a medias atemperados por una sonrisa inquietante? Hay que decirlo así porque es el enigma de la esfinge. NO lo que ella dice, sino el jeroglífico de lo que ella es. Las partes heterogéneas, de cuerpos distantes en la escala de los vivientes. La que en Egipto fue piedra que habla es ahora un ser grácil, incierto, que amaga un abrazo con las manos de garras abiertas, los dos brazos a la altura del rostro. Saluda, amenaza. Entre estos dos gestos se sustenta este bajorrelieve, lejos de Egipto y lejos de Tebas. Es el medio camino de la esfinge: aún no le han brotado las alas, como a la preguntona de Edipo, pero ya no es varón, faraón o arquitecto, barbado, vigilante de las pirámides.

Es la sutileza de la metamorfosis. Un punto medio entre África y Grecia. Entre la vela de la necrópolis sagrada (Gizé) y la columna tebana en la que se convierte en animal político: franquea o veda la entrada a la polis.

Mirándolo de nuevo: es la gracia de las hermanas que despachan café en una de las bóvedas del Gran Bazar. Son dos mujeres rotundas. Una con ropa llamada europea (¿dónde está Estambul?), otra con un caftán. Vuelven a sonreír, atienden, dan conversación a los clientes. En un respiro se acomodan a una mesa y hablan pausadamente. En cada mesa un lilium blanco en jarra de cristal. Son las dos Artemisas nutricias dando de beber. Dos esfinges que ya no inquieren: confortan a quienes han entrado al bazar de la ciudad.

Pitagoreion: un puerto redondo, casas blancas con buganvillas, higueras, matas de romero, ruda y espliego. Un lungomare breve. Un mar domesticado en apariencia que resiste los apósitos de la moda –escasos, contenidos, pero amenazadores de lo que puede venir a benidormizar la vida– Un mar incorruptible. Pulpos y avispas. Cançó del matí encalmat.

De ser flamenco, ir a escuchar a los almuédanos desde la calle: no hay siguiriya más tremenda y más cordial. Sostenida en vilo en la repetición, en un estado laico. La sombra de Ataturk, padre de turcos, a quienes hace mudar la lengua en pocos meses. Pero, torres arriba, retorna el árabe como regresa lo reprimido. Como vuelta y desahogo de lo anudado. Vuelve como canto santo, por encima de la melée . Palabra vertical, de arriba abajo. Hecha de suyo para traer la paz. No para dar guerra.

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