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El Rapto de Europa 7 El Rapto de Europa

¿Por qué la vida no es en Cinemascope?

por Christian Retamal
El Rapto de Europa nº 7, Noviembre 2005

Número de páginas: 3
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El contemplar las pantallas donde las narraciones se dejan caer incesantemente sobre los espectadores crea unas tensiones no resueltas. Mirar una gran diversidad de mundos y vidas diferentes debería crear posibilidades para que éstos crearan nuevas formas mestizas de autotransformación. Pero el carácter marcadamente ficticio de las narraciones bloquea las posibilidades de que surjan esquirlas de aquellas historias que se inserten en las biografías de los sujetos cambiando su curso. En otra parte he desarrollado cómo el imaginario utópico es despolitizado y subsumido en las lógicas de consumo [ 2 ] . Sería interesante plantearse si es posible aún recorrer el camino inverso: desde el mundo del consumo al político. O dicho de otra manera, sacar los sueños del cinemascope y darles potencial político, tarea imposible de desarrollar aquí. Evidentemente esto no significa convertir la cultura del consumo en bandera de lucha, como alguien ingenuamente podría creer. Se trata, como señaló en su momento Bloch, de ver en todo sueño su dimensión política, captar aquello que lo origina como un destello de deseo en medio de las carencias de la vida y que es aquello que lo frena, lo contiene y finalmente lo eleva a imagen para al mismo tiempo neutralizarlo. Los sueños suelen ser peligrosos porque generan dinamismo, impelen a la acción. Sin embargo, nuestra época sueña pero encauza el dinamismo a través del egocéntrico mundo de las mercancías. Debemos averiguar cómo hacer para que el flujo de los deseos ya no esté necesariamente anclado al flujo de las mercancías, como la demanda de la expectativa y la promesa de su goce. Recordemos que las mercancías son entidades complejas, jeroglíficos que es necesario interpretar y que demandan para sí una existencia particular y autorreferida. La única excepción de este solipsismo es la sinergia que se crea cuando se establecen referencias entre ellas. El mundo de las mercancías es profundamente egocéntrico en el sentido que cada una quiere ser tratada como una unidad irrepetible, que demanda fidelidad, atención, cariño e intimidad. La experiencia -escenario donde se unen el deseo y la mercancía- promete ser una pequeña redención del sujeto. Pero la experiencia está marcada por la fugacidad. Toda película termina. Debemos salir del cine para que otros puedan entrar. Pero dentro de poco tiempo debemos volver a la sala para renovar nuestro sueño en una nueva historia que se cuenta y que podría llegar a ser la nuestra. Las actividades del consumo no están encerradas en la privacidad como una esfera autónoma a pesar de su egocentrismo inherente. El consumo es siempre -y en todo instante- una actividad social que conlleva la posibilidad de su reversibilidad en lo político y su relectura en las claves de la emancipación.
Repetimos, la vida que se sueña suele ser más importante que la vida que efectivamente se vive. Pero no tenemos el espacio vital para que esa vida soñada se realice. Nuestros sueños pueden convertirse en una tortura porque nos remiten a lo que queremos llegar a ser. Un camino que muchas veces tememos recorrer. El mandato kantiano de ser modernos hace que tarde o temprano tengamos que concurrir a nuestro propio tribunal para dar cuenta de lo que hemos hecho con nuestra vida. En un sueño Papillon se acerca a un tribunal en medio de una colina. No hay rejas ni guardias, nada que evoque un encierro ni un castigo. El tribunal le señala que es culpable. Papillon dice que él no ha matado, que es inocente. El tribunal le replica que ese no es su crimen. Su crimen más profundo es haber desperdiciado su vida. Papillon -estupefacto-guarda silencio, da media vuelta y se aleja. Todos podemos gritar que somos un poco Papillon, ojalá pudiésemos gritar que todos somos Espartaco. Pero no tenemos el temple para la crucifixión. Ser ciudadanos tardíomodernos no tiene el aura que tuvo ser ciudadano de la primera modernidad con todos sus enfrentamientos. Pero afortunadamente este no es un ciclo cerrado. Nuestra misma constitución moderna nos da la posibilidad de oponernos políticamente al naufragio de nuestros sueños. No tenemos la determinación del encierro en nuestro aburrimiento existencial o en nuestro suave placer egocéntrico. Podemos extender nuestras posibilidades de desarrollo de modo que los sueños tengan al menos la posibilidad de haber luchado alguna vez. Una de las cosas que hemos aprendido en el declive moderno es que -desde la óptica de los individuos- la autotransformación y la emancipación no son objetivos a lograr, sino que son procesos continuos donde nos vamos definiendo y develando a nosotros mismos.
Podemos decir que el momento de verdad de nosotros mismos son los sueños que hemos forjado y las luchas que hemos dado por ellos. Por ello no deja de ser paradójico que, en la actual situación, la única forma de realizar la individualidad sea justamente por medio de la construcción política de la ciudadanía y que para ello tengamos que recurrir necesariamente a los otros. Cuando en algún momento se pensó que los individuos perdían algo de sí ante la homogeneización de los modos de vida que se desplegaban desde la esfera política, no se vio con suficiente claridad que justamente ese era el único ámbito de realización que daba acceso a los demás espacios de emancipación. Aún vivimos en estado melancólico por la pérdida de nuestros sueños modernos originales, aún no somos capaces de imaginar nuevos sueños colectivos, nuestros instrumentales están un poco enmohecidos. Pero finalmente -esa es mi confianza- saldremos de este estado y podremos recrear la dinámica que une lo político, los sueños y la emancipación. Podremos encontrar la salida del laberinto moderno y, si tenemos algo de suerte y buen tino, quizás podamos encontrar el sendero borrado hacia Shangri-La . Mientras tanto podemos tomar los sueños del cinemascope y disfrutar de un simulacro que no lo es tanto.
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NOTAS
  • [ 2 ] Christian Retamal. "Luchas utópicas y paraísos triviales". Rev. El Rapto de Eropa. nº1. Madrid. Diciembre 2002.

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