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El Rapto de Europa 7 El Rapto de Europa

¿Por qué la vida no es en Cinemascope?

por Christian Retamal
El Rapto de Europa nº 7, Noviembre 2005

Número de páginas: 3
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Nosotros nos suponemos liberados de ese mandato y con ello estamos abocados a la trivialidad de la vida común, sin los grandes relatos formadores de la vida. Si no somos tan grandes como Ravic parece que tampoco podemos aspirar a vivir un amor como aquel. Aun así recurrimos al cine, nos sumergimos en su oscuridad con litúrgico respeto y miramos las historias que no podemos vivir. La normalidad entendida como trivialidad conduce al aburrimiento existencial. Repetición incesante de los circuitos establecidos por la vida cotidiana. Añoramos romper dicho ciclo y en cierto modo lo hacemos de modo controlado a través del turismo, las vacaciones, las citas a ciegas, etc. Pero todo eso es aun insignificante respecto de la grandeza de las vidas ejemplares. Por otra parte tememos la ruptura que implicaría perder el mundo de seguridades cotidianas y más aún el complejo entramado de certezas que conlleva la racionalización. La estadía en la normalidad de lo trivial oscila entre el temor a la ruptura y sus peligros y el aburrimiento frente a lo conocido. Lo horroroso del aburrimiento es que nos aburrimos de nosotros mismos, ya que siempre estamos por debajo de los deseos que forjamos. Nos cansamos de ser siempre nosotros, de mantener la coherencia de nuestra vida y de nuestras escrituras biográficas. Anhelamos más, aunque no sabemos qué. Ese vacío se puede llenar con aquellas imágenes del cine que tensan el deseo de la ruptura. Sabemos, por cierto, que lo que vemos no es real, que tiene un estatuto diferente. La oscuridad en la sala antes de la proyección tiene un significado de tránsito entre la esfera de lo real y lo imaginario. La oscuridad separa y quiebra nuestra cotidianeidad para sumergirnos en un más allá. Al final de la proyección nuevamente sobreviene la oscuridad que nos reinstala en nuestra vida. Salimos de la sala, miramos a nuestro alrededor, quizás los más soñadores busquen una mirada perdida de alguna muchacha parecida a Ingrid Bergman para invitarle a una caña. Salimos del cine y nos perdemos nuevamente en la ciudad degustando las historias, sabiendo que no son nuestras, pero que podemos atesorarlas como antiguas fotos de familia.
El problema radica en nuestra búsqueda cuando salimos del cine. Doblamos una esquina y esperamos toparnos con alguien, mirarnos e incendiarnos de pasión y vivir un amor de cinemascope . Sin embargo, sabemos que la vida no es así. A la fortuna debemos agregarle una buena dosis de trabajo. La vida no se da tan maravillosamente como en la pantalla. Bloch señaló una cierta neurosis utópica que ejemplificaba con el caso de una muchacha que después de esperar largamente a su amado, en el momento mismo del abrazo y la fusión, en el instante del logro pensaba "podría haber sido mejor" . Los instantes del cine dispersan esa neurosis utópica que pone un espectro de deseo al lado de nuestras vivencias cotidianas devaluándolas. El entramado de las relaciones que nos sostiene puede volverse una jaula que -a pesar de la seguridad que nos proporciona- nos ahoga. Todos hemos imaginado que abandonamos nuestras vidas rutinarias y nos fugamos a vivir una vida radicalmente diferente. La vida que soñamos es más importante que la vida que realmente estamos viviendo. Ello se acentúa con la percepción de la fugacidad del tiempo que nos confirma los límites de nuestra existencia y que nos urge a darle más significado. En efecto, estamos obligados a recomponer los significados de nuestra vida personal a partir de nuestros propios recursos, sin apelación a los metarrelatos de salvación utópica. El mandato de llegar a ser alguien en la vida se ha vuelto banal, ya que estamos obligados a ser muchas personas en una misma vida. El sentido de nuestra propia existencia -el verdadero secreto de lo que nos constituye- se nos escapa continuamente, a veces más rápido de lo que podemos restaurarlo. Es más, podemos vivir en la intemperie del sinsentido. Pero en tal caso aceptamos la pérdida de una esfera articuladora de nosotros mismos.
¿Cómo recuperar esa instancia del maravillarse? ¿Dónde está la fisura por donde se cruza lo imaginario y lo real, el puente que nos pone al otro lado de la pantalla, en el centro del cinemascope? Somos como el protagonista de Horizontes perdidos (1937) de Frank Capra. Todos hemos perdido el camino hacia Shangri-La. Quizás nunca conocimos el camino realmente, pero el deslumbramiento de una visión utópica puede cegar o bien iluminar toda una vida. Por ello somos presa de una cierta neurosis utópica que tiene un contenido especial, ya que no se trata de la simple degradación de nuestra facticidad por un imaginario que se empeña en amargarnos. Nuestra neurosis utópica tiene por contenido la figura espectral de la emancipación. Espectral porque se ha declarado formalmente su muerte, se le ha levantado acta de defunción y nos hemos vestido de negro para los rituales. Pero al momento de comenzar el duelo éste se ha transformado en melancolía, ya que el sujeto de esa muerte se niega a desaparecer del todo. La emancipación que se ha vestido con todos los ropajes utópicos posibles sigue allí paseándose, demandando su realización, indicándonos el dolor del mundo, exigiendo demoler los límites y las vallas que nos separan de nuestros sueños. La emancipación no se contenta con ser mantenida en los espacios del consumo, quiere una manifestación política de su primacía organizadora de los demás valores. Si el puente entre lo real y lo imaginario existe está construido políticamente. La muchedumbre, para usar términos de Negri, pierde su dimensión explosiva y conflictiva en lo político cuando pasa por los senderos de los centros comerciales, haciendo que el paseante angustiado -aspirante a consumidor- sea un triste remedo del ciudadano. El camino a Shangri-La sólo podía ser construido políticamente. Los materiales de los sueños requerían ser unidos mediante la acción directa y no a través de la contemplación y la espera.
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