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El Rapto de Europa 3 El Rapto de Europa

¿Quién rapta a Europa?

por Carlos Thiebaut
El Rapto de Europa nº 3, noviembre 2003

Número de páginas: 2
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Ojalá, en efecto, la identidad europea sea así de reflexiva, pueda relacionarse mirándose en los otros con los que se relaciona, pero sabiendo que no es, que no es bueno que sea, lo que cualquier otro pueda demandar o decir. Pues, por importante y determinante que sea la relación con América ­y lo es, pues es una nación que desarrolló con arrojo y libertad algunas de las más firmes propuestas que constituyeron algo de lo mejor del proyecto ilustrado europeo­ no significa ni que sea la única (¿dónde quedan las formas también reflexivas de las fluidas identidades internas, productos de constelaciones de nuevas formas de relaciones sociales, o las que se constituyen en un mundo articulado en nodos que no permite exclusividades?) ni que haya de ser absoluta, al albur de una movediza e inestable política exterior, como la de la actual administración usamericana.
Pero esa forma de identidad reflexiva, de formas de seducción aprendida en seducciones anteriores no menos que en violencias, tal vez sea sólo todavía una esperanza más que una realidad; una manera de ser que aún no tiene definidos sus contornos porque no tiene tampoco claras sus acciones y sus prácticas. Sólo será madura, y podrá ser adecuada, si Europa hace de sus maneras y de sus convicciones alguna suerte de realidades. Pues si, por un lado, hay formas de sentir comunes maneras de sentir que entonan y se parecen en lugares geográficos distantes también, por otro, faltan los lenguajes institucionales de configuración de identidad. Lamentablemente, los ciudadanos europeos no oímos la voz de nuestras instituciones (de nuestro Parlamento, un parlamento que no es todavía, que no se vive todavía, como lugar de representación ni como foro de debate). Si ha habido, es cierto que puntualmente, un surgimiento de un demos, de un pueblo europeo, no hay todavía polis, no hay ciudad. Si, por un lado, hay una Europa que ha aprendido que no puede definir su identidad por un rasgo definitivo y definitorio, pues todos los intentos pasados de hacerlo condujeron al infierno, por otro hay voces ­y más habrá­ que quieren definir en una herencia cultural sólida y sustantiva los rasgos de esa identidad. Las voces neoconservadoras quieren extraer de un solo rasgo identitario ­sea la religión o sea una manera incuestionada de comprender la misma experiencia europea­ la definición de una identidad. (Como en las viejas definiciones de quiénes somos, parece pensarse que la palabra que nos nombra es sólo un superfluo efecto del poder; así fue, ciertamente, en los estados-nación. Dudosamente lo será en formas plurinacionales y postnacionales de organización). Una Europa que se ha hecho aprendiendo que han de olvidarse las identificaciones entre el espacio público y alguna doctrina sólida que todo lo abarca, sea ésta religiosa o política, tendría que ser una Europa sin otra seña de identidad que evitar los daños y las barbaries que ya conocemos y aquellos otros que vamos aprendiendo a nombrar: los daños que infligimos y los daños que sufrimos. Frente a ello, hay y habrá europeos que reclamen una herencia identitaria como el cristianismo, que más se pretende, me temo, como banderín de identidad en oposición a otras identidades definidas, igualmente, en términos religiosos, que una herencia que nos diga, fijando fronteras, quiénes somos. Porque ¿puede una Europa de identidad reflexiva, basada en maneras de hacer y de sentir, de ver y de relacionarse, fijar su identidad por medio de una frontera?
Se podrá adjetivar esa sospecha de irrealista. Y, en efecto, lo es. Hacer una polis europea es fijar leyes, constituciones, procedimientos, espacios, garantías, derechos. Si el demos puede más laxamente definirse por razones y por sentimientos compartidos, por tomas de posición, por negaciones y por afirmaciones, la posibilidad de la vida política requiere instituciones. ¿Y cómo casar un demos reflexivo con alguna forma de polis, con un diseño de instituciones? En los próximos meses se discutirá y se votará la Constitución europea. Aunque toda ley ­toda Constitución­ es un sistema de constricciones y de autorizaciones, tal vez lo más importante en lo que a la identidad se refiere es que es un proceso de aprendizaje, una manera de irse constituyendo y de ir siendo. En los asuntos normativos humanos (los que definen qué se hace y qué no debe hacerse) la constricción externa de las normas no puede prescindir de las convicciones internas y son éstas, tal vez más que aquellas, las que consolidan los órdenes sociales. Y las convicciones se aprenden, se entretejen, modificando nuestras maneras de ser y de actuar. Recordemos, por ejemplo, lo que nos sucedió a los españoles hace veinticinco años: lo más importante era el aprendizaje que se puso en marcha, el aprender a ver las leyes como espacio de constitución de la identidad política, ni sólo como reglas de juego ni sólo como fijaciones de esa identidad. ¿Cabe pensar que lo mismo puede pasarle al demos europeo en esos próximos meses?
Probablemente haya que ser pesimistas. En el diseño del juego institucional, de las formas de articulación del gobierno supranacional, la partida parecen haberla ganado ya los estados nacionales, que no las naciones, que parecen haber dominado los sistemas locales de gobierno y los espacios locales de legitimación. Parece, al menos como lamentablemente se presenta el debate en España, que lo importante es cuánta porción del pastel de las tomas de decisión puede o no asegurarse. No vemos un claro espacio institucional en el que el demos europeo se gobierne, asuma el espacio de constitución de su identidad política. O no lo hay todavía porque este proceso será lento, desesperadamente lento. No hay democracia europea, es decir, un demos europeo que se gobierne, una manera en que lo haga.
Pero, más aún, la ausencia de esa democracia europea se muestra en sus parcas fuerzas para relacionarse con otros pueblos, con otros demos y otras polis. Es difícil definir si esa incapacidad es causa o efecto de la definición institucional de Europa. Es, al menos por ahora, su signo, su señal. No sabemos, de nuevo, si ser raptados o arrebatarnos. Ni con quién. No hay, por ejemplo, claridad política e ideológica en ese terreno pues derechas e izquierdas se encuentran, por ejemplo, en posiciones a la vez entrecruzadas y opuestas respecto a cómo definir Europa en relación con el mundo. La mirada cercana es desesperanzadora. La mirada más lejana es borrosa.
Pudiéramos consolarnos pensando que la identidad es un mito, como mito es el de Europa y sus ambiguas relaciones con Zeus. Ya no existen, en efecto, los dioses (aunque muchos sigan poniendo a su dios manifiestamente de su lado). Pero, precisamente porque no valen los mitos, la asunción secular, laica, de sus significados, de los problemas que nos plantean, es urgente. Y andamos sin saber muy bien cómo hacerlo: con peligro de ensimismarnos , de petrificarnos , con el peligro mayor de convertirnos no ya en seducidos sino, como las Sabinas, en esclavas raptadas.
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