El Rapto de Europa

¿Quién rapta a Europa?

por Carlos Thiebaut

El Rapto de Europa nº 3, noviembre 2003

Del mito del rapto de Europa hay varias versiones, y en alguna de ellas cabe sospechar que se acumulan, también, diversos significados. Los mitos nunca son unívocos y permiten, entre sus pliegues y sus esquinas, más de una interpretación. Así, aunque Ovidio, haciéndose eco de una voz patriarcal y dominadora de la que tendríamos que sospechar, nos narre la conocida argucia de Zeus convirtiéndose en toro para seducir a Europa, princesa de Tiria, y robarla para llevarla a Creta, donde acabará por ser madre del Minotauro, también el mismo Ovidio, no sé ya si patriarcalmente o no, nos describe de tal manera la belleza del toro ensabanado en que el Zeus se convierte que no sabemos si Europa fue raptada, es decir, arrebatada por la fuerza y violada, o quedó en un rapto, es decir, se arrebató ante la belleza del astado, de la misma manera que Zeus, abandonando su majestad y sucumbiendo al amor, acaba por besarle embelesado las manos a Europa. Que Zeus tuviera que tornarse astado bien pudiera ser mera muestra de sorprendente argucia (pues ¿cómo habría de ser Europa para sucumbir a esa atracción?) o bien muestra de un no menos sorprendente abajamiento. Dada esa ambigüedad, no sabemos si ese raro mito fundacional es un relato de robo o un relato de seducción. Para retornar al mito, para poderlo seguir haciendo lugar de significados, a algunos nos gustaría leerlo, más bien, como lo segundo. Quisiéramos pensar que la seducción del dios y la de la princesa son simétricas; quisiéramos pensar que no es un acto de violación, sino una prolongada danza de erotismo. Aunque permanezca la sospecha de que esa lenta danza pueda ser, también, un juego de poder.

Esa bipolaridad del mito puede ponerle imágenes a la identidad europea contemporánea, y no sólo antigua, escindida entre una agonía, un conflicto, y la búsqueda de una seducción. Para ello, demos un rodeo, fijándonos en un aspecto más general. La identidad ­quién sea Europa­ es fruto de una relación, no de un ensimismamiento. Que Europa sea, en el mito, una joven violada o una seductora a su vez seducida dependerá de la forma de relación que sufra o que mantenga con Zeus. Si Europa, continente-nación, es algo, o llega a ser algo, dependerá, también, de cómo ­con quién, de qué manera­ sean las relaciones en las que se encuadre. Mirándonos a nosotros mismos, como personas o como colectivos, nunca sabremos quiénes somos, y como la figura de Castroforte de Baralla, aquella ciudad de La saga-fuga de J.B., flotaremos en el aire de ensimismamiento. Las identidades nunca son definiciones de quiénes somos enunciadas desde nosotros mismos, en aislamiento; las identidades son siempre relacionales. Y porque son relacionales, siempre en relación con otro, son reflexivas; no pueden darse por descontado ni decirse completas, clausuradas. Es una forma de irse nombrando cuando, paradójicamente, no se dispone del patrimonio exclusivo de la palabra, del nombre, que nos damos. Nos reflejamos en la relación para atisbar quiénes somos ­y el espejo no somos nosotros­. No es, pues, que seamos y luego nos relacionemos: más bien, la relación es el espacio de nuestra identidad. Y las relaciones son tensiones ­dominaciones y atracciones­ y son conflictos. La identidad no puede definirse en el espejo de la historia (¿qué nuevo mito encubre esa apelación?); ni puede definirse, aisladamente, como un destino manifiesto en el mundo. Quien así piensa se ha ensimismado, ha flotado en el aire y ha desgarrado la tierra.

¿Con quién se relaciona Europa, que mirándose a sí misma no podrá saber nunca quién es, quedaría ensimismada o petrificada? ¿Cómo lo hace?

En los pasados meses, y en su definición de su posición en el mundo, sus relaciones han sido múltiples y de múltiples maneras, siempre en situaciones de conflicto. Con la agonía de la guerra de Irak, con los titubeos en el Consejo de Seguridad, con los avances maniatados de la gestión de la propia Unión, con su ambigua y melancólica asunción de su posición en el mundo ­una posición antaño firme y poderosa y hoy desmayadamente insistente más en sus convicciones que en sus capacidades­ se ha descubierto con una identidad más borrosa de lo que hubiera deseado. Para unos, no la mayoría, ha querido definir su identidad con respecto a América (pues Estados Unidos ha usurpado el nombre) dejándose raptar o seducir por ella, y para otros se ha opuesto, a mi parecer con buenas razones, a ese robo porque una mayoría de ciudadanos ha pensado que no era esa la deuda básica que tenía en sus relaciones de identificación. Por perplejos y desmayados que anduviéramos no pensábamos que la seducción de un nuevo astado pudiera decirnos quiénes somos, cuál son nuestras señas y nuestros actos. Quienes así pensábamos creemos que no hay forma posible de identidad colectiva que se constituya por debajo, por detrás, en retraso, de las lecciones aprendidas en anteriores seducciones. La identidad europea, decía Ulrich Beck en los meses del conflicto en Irak en El País, es ya reflexiva, es decir, post-nacional; no se constituye con la solidez de una identidad sustantiva, sino por maneras de hacer, por maneras de ubicar el mundo y de ubicarse en él. Para Beck, sería esa una identidad adecuada para un mundo que necesita, como nunca, arbitrar sus conflictos y sus diferencias no por sus convicciones patentes o manifiestas, sino por lo que está metido dentro de las convicciones, es decir, por los aprendizajes de evitación de la violencia como forma de entender las siempre opacas relaciones entre los seres humanos y los pueblos. Y más razón tenía el canciller Schröeder cuando indicó que un continente o un espacio geográfico e histórico que ha sufrido en su carne la guerra y la autodestrucción ha de resistirse a esa reiteración de las sin-soluciones bélicas. Debemos resistirnos a ser seducidos por amantes que nos laceran, aunque de todo puede acabar habiendo. Y, por paradójico que pudiera parecer (las paradojas son, con frecuencia, resultado de la pereza), la perplejidad o el desmayo antes mencionados son más maduros para definir una identidad en un mundo construido en redes de complejidad que la absoluta claridad de los creyentes en su destino manifiesto o la absoluta convicción de quienes desearían ser raptados por esos creyentes.

Ojalá, en efecto, la identidad europea sea así de reflexiva, pueda relacionarse mirándose en los otros con los que se relaciona, pero sabiendo que no es, que no es bueno que sea, lo que cualquier otro pueda demandar o decir. Pues, por importante y determinante que sea la relación con América ­y lo es, pues es una nación que desarrolló con arrojo y libertad algunas de las más firmes propuestas que constituyeron algo de lo mejor del proyecto ilustrado europeo­ no significa ni que sea la única (¿dónde quedan las formas también reflexivas de las fluidas identidades internas, productos de constelaciones de nuevas formas de relaciones sociales, o las que se constituyen en un mundo articulado en nodos que no permite exclusividades?) ni que haya de ser absoluta, al albur de una movediza e inestable política exterior, como la de la actual administración usamericana.

Pero esa forma de identidad reflexiva, de formas de seducción aprendida en seducciones anteriores no menos que en violencias, tal vez sea sólo todavía una esperanza más que una realidad; una manera de ser que aún no tiene definidos sus contornos porque no tiene tampoco claras sus acciones y sus prácticas. Sólo será madura, y podrá ser adecuada, si Europa hace de sus maneras y de sus convicciones alguna suerte de realidades. Pues si, por un lado, hay formas de sentir comunes maneras de sentir que entonan y se parecen en lugares geográficos distantes también, por otro, faltan los lenguajes institucionales de configuración de identidad. Lamentablemente, los ciudadanos europeos no oímos la voz de nuestras instituciones (de nuestro Parlamento, un parlamento que no es todavía, que no se vive todavía, como lugar de representación ni como foro de debate). Si ha habido, es cierto que puntualmente, un surgimiento de un demos, de un pueblo europeo, no hay todavía polis, no hay ciudad. Si, por un lado, hay una Europa que ha aprendido que no puede definir su identidad por un rasgo definitivo y definitorio, pues todos los intentos pasados de hacerlo condujeron al infierno, por otro hay voces ­y más habrá­ que quieren definir en una herencia cultural sólida y sustantiva los rasgos de esa identidad. Las voces neoconservadoras quieren extraer de un solo rasgo identitario ­sea la religión o sea una manera incuestionada de comprender la misma experiencia europea­ la definición de una identidad. (Como en las viejas definiciones de quiénes somos, parece pensarse que la palabra que nos nombra es sólo un superfluo efecto del poder; así fue, ciertamente, en los estados-nación. Dudosamente lo será en formas plurinacionales y postnacionales de organización). Una Europa que se ha hecho aprendiendo que han de olvidarse las identificaciones entre el espacio público y alguna doctrina sólida que todo lo abarca, sea ésta religiosa o política, tendría que ser una Europa sin otra seña de identidad que evitar los daños y las barbaries que ya conocemos y aquellos otros que vamos aprendiendo a nombrar: los daños que infligimos y los daños que sufrimos. Frente a ello, hay y habrá europeos que reclamen una herencia identitaria como el cristianismo, que más se pretende, me temo, como banderín de identidad en oposición a otras identidades definidas, igualmente, en términos religiosos, que una herencia que nos diga, fijando fronteras, quiénes somos. Porque ¿puede una Europa de identidad reflexiva, basada en maneras de hacer y de sentir, de ver y de relacionarse, fijar su identidad por medio de una frontera?

Se podrá adjetivar esa sospecha de irrealista. Y, en efecto, lo es. Hacer una polis europea es fijar leyes, constituciones, procedimientos, espacios, garantías, derechos. Si el demos puede más laxamente definirse por razones y por sentimientos compartidos, por tomas de posición, por negaciones y por afirmaciones, la posibilidad de la vida política requiere instituciones. ¿Y cómo casar un demos reflexivo con alguna forma de polis, con un diseño de instituciones? En los próximos meses se discutirá y se votará la Constitución europea. Aunque toda ley ­toda Constitución­ es un sistema de constricciones y de autorizaciones, tal vez lo más importante en lo que a la identidad se refiere es que es un proceso de aprendizaje, una manera de irse constituyendo y de ir siendo. En los asuntos normativos humanos (los que definen qué se hace y qué no debe hacerse) la constricción externa de las normas no puede prescindir de las convicciones internas y son éstas, tal vez más que aquellas, las que consolidan los órdenes sociales. Y las convicciones se aprenden, se entretejen, modificando nuestras maneras de ser y de actuar. Recordemos, por ejemplo, lo que nos sucedió a los españoles hace veinticinco años: lo más importante era el aprendizaje que se puso en marcha, el aprender a ver las leyes como espacio de constitución de la identidad política, ni sólo como reglas de juego ni sólo como fijaciones de esa identidad. ¿Cabe pensar que lo mismo puede pasarle al demos europeo en esos próximos meses?

Probablemente haya que ser pesimistas. En el diseño del juego institucional, de las formas de articulación del gobierno supranacional, la partida parecen haberla ganado ya los estados nacionales, que no las naciones, que parecen haber dominado los sistemas locales de gobierno y los espacios locales de legitimación. Parece, al menos como lamentablemente se presenta el debate en España, que lo importante es cuánta porción del pastel de las tomas de decisión puede o no asegurarse. No vemos un claro espacio institucional en el que el demos europeo se gobierne, asuma el espacio de constitución de su identidad política. O no lo hay todavía porque este proceso será lento, desesperadamente lento. No hay democracia europea, es decir, un demos europeo que se gobierne, una manera en que lo haga.

Pero, más aún, la ausencia de esa democracia europea se muestra en sus parcas fuerzas para relacionarse con otros pueblos, con otros demos y otras polis. Es difícil definir si esa incapacidad es causa o efecto de la definición institucional de Europa. Es, al menos por ahora, su signo, su señal. No sabemos, de nuevo, si ser raptados o arrebatarnos. Ni con quién. No hay, por ejemplo, claridad política e ideológica en ese terreno pues derechas e izquierdas se encuentran, por ejemplo, en posiciones a la vez entrecruzadas y opuestas respecto a cómo definir Europa en relación con el mundo. La mirada cercana es desesperanzadora. La mirada más lejana es borrosa.

Pudiéramos consolarnos pensando que la identidad es un mito, como mito es el de Europa y sus ambiguas relaciones con Zeus. Ya no existen, en efecto, los dioses (aunque muchos sigan poniendo a su dios manifiestamente de su lado). Pero, precisamente porque no valen los mitos, la asunción secular, laica, de sus significados, de los problemas que nos plantean, es urgente. Y andamos sin saber muy bien cómo hacerlo: con peligro de ensimismarnos , de petrificarnos , con el peligro mayor de convertirnos no ya en seducidos sino, como las Sabinas, en esclavas raptadas.

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