Del mito del rapto de Europa hay varias versiones, y en alguna de ellas
cabe sospechar que se acumulan, también, diversos significados. Los
mitos nunca son unívocos y permiten, entre sus pliegues y sus esquinas,
más de una interpretación. Así, aunque Ovidio, haciéndose
eco de una voz patriarcal y dominadora de la que tendríamos que sospechar,
nos narre la conocida argucia de Zeus convirtiéndose en toro para
seducir a Europa, princesa de Tiria, y robarla para llevarla a Creta, donde
acabará por ser madre del Minotauro, también el mismo Ovidio,
no sé ya si patriarcalmente o no, nos describe de tal manera la belleza
del toro ensabanado en que el Zeus se convierte que no sabemos si Europa
fue raptada, es decir, arrebatada por la fuerza y violada, o quedó
en un rapto, es decir, se arrebató ante la belleza del astado, de
la misma manera que Zeus, abandonando su majestad y sucumbiendo al amor,
acaba por besarle embelesado las manos a Europa. Que Zeus tuviera que tornarse
astado bien pudiera ser mera muestra de sorprendente argucia (pues ¿cómo
habría de ser Europa para sucumbir a esa atracción?) o bien
muestra de un no menos sorprendente abajamiento. Dada esa ambigüedad,
no sabemos si ese raro mito fundacional es un relato de robo o un relato
de seducción. Para retornar al mito, para poderlo seguir haciendo
lugar de significados, a algunos nos gustaría leerlo, más
bien, como lo segundo. Quisiéramos pensar que la seducción
del dios y la de la princesa son simétricas; quisiéramos pensar
que no es un acto de violación, sino una prolongada danza de erotismo.
Aunque permanezca la sospecha de que esa lenta danza pueda ser, también,
un juego de poder.
Esa bipolaridad del mito puede ponerle imágenes a la identidad
europea contemporánea, y no sólo antigua, escindida entre
una agonía, un conflicto, y la búsqueda de una seducción.
Para ello, demos un rodeo, fijándonos en un aspecto más general.
La identidad quién sea Europa es fruto de una relación,
no de un ensimismamiento. Que Europa sea, en el mito, una joven violada
o una seductora a su vez seducida dependerá de la forma de relación
que sufra o que mantenga con Zeus. Si Europa, continente-nación,
es algo, o llega a ser algo, dependerá, también, de cómo
con quién, de qué manera sean las relaciones en
las que se encuadre. Mirándonos a nosotros mismos, como personas
o como colectivos, nunca sabremos quiénes somos, y como la figura
de Castroforte de Baralla, aquella ciudad de La saga-fuga de J.B.,
flotaremos en el aire de ensimismamiento. Las identidades nunca son definiciones
de quiénes somos enunciadas desde nosotros mismos, en aislamiento;
las identidades son siempre relacionales. Y porque son relacionales, siempre
en relación con otro, son reflexivas; no pueden darse por descontado
ni decirse completas, clausuradas. Es una forma de irse nombrando cuando,
paradójicamente, no se dispone del patrimonio exclusivo de la palabra,
del nombre, que nos damos. Nos reflejamos en la relación para atisbar
quiénes somos y el espejo no somos nosotros. No es, pues,
que seamos y luego nos relacionemos: más bien, la relación
es el espacio de nuestra identidad. Y las relaciones son tensiones dominaciones
y atracciones y son conflictos. La identidad no puede definirse en
el espejo de la historia (¿qué nuevo mito encubre esa apelación?);
ni puede definirse, aisladamente, como un destino manifiesto en el mundo.
Quien así piensa se ha ensimismado, ha flotado en el aire y ha desgarrado
la tierra.
¿Con quién se relaciona Europa, que mirándose a
sí misma no podrá saber nunca quién es, quedaría
ensimismada o petrificada? ¿Cómo lo hace?
En los pasados meses, y en su definición de su posición
en el mundo, sus relaciones han sido múltiples y de múltiples
maneras, siempre en situaciones de conflicto. Con la agonía de la
guerra de Irak, con los titubeos en el Consejo de Seguridad, con los avances
maniatados de la gestión de la propia Unión, con su ambigua
y melancólica asunción de su posición en el mundo una
posición antaño firme y poderosa y hoy desmayadamente insistente
más en sus convicciones que en sus capacidades se ha descubierto
con una identidad más borrosa de lo que hubiera deseado. Para unos,
no la mayoría, ha querido definir su identidad con respecto a América
(pues Estados Unidos ha usurpado el nombre) dejándose raptar o seducir
por ella, y para otros se ha opuesto, a mi parecer con buenas razones, a
ese robo porque una mayoría de ciudadanos ha pensado que no era
esa la deuda básica que tenía en sus relaciones de identificación.
Por perplejos y desmayados que anduviéramos no pensábamos
que la seducción de un nuevo astado pudiera decirnos quiénes
somos, cuál son nuestras señas y nuestros actos. Quienes así
pensábamos creemos que no hay forma posible de identidad colectiva
que se constituya por debajo, por detrás, en retraso, de las lecciones
aprendidas en anteriores seducciones. La identidad europea, decía
Ulrich Beck en los meses del conflicto en Irak en El País, es
ya reflexiva, es decir, post-nacional; no se constituye con la solidez de
una identidad sustantiva, sino por maneras de hacer, por maneras de ubicar
el mundo y de ubicarse en él. Para Beck, sería esa una identidad
adecuada para un mundo que necesita, como nunca, arbitrar sus conflictos
y sus diferencias no por sus convicciones patentes o manifiestas, sino por
lo que está metido dentro de las convicciones, es decir, por los
aprendizajes de evitación de la violencia como forma de entender
las siempre opacas relaciones entre los seres humanos y los pueblos. Y más
razón tenía el canciller Schröeder cuando indicó
que un continente o un espacio geográfico e histórico que
ha sufrido en su carne la guerra y la autodestrucción ha de resistirse
a esa reiteración de las sin-soluciones bélicas. Debemos resistirnos
a ser seducidos por amantes que nos laceran, aunque de todo puede acabar
habiendo. Y, por paradójico que pudiera parecer (las paradojas son,
con frecuencia, resultado de la pereza), la perplejidad o el desmayo antes
mencionados son más maduros para definir una identidad en un mundo
construido en redes de complejidad que la absoluta claridad de los creyentes
en su destino manifiesto o la absoluta convicción de quienes desearían
ser raptados por esos creyentes.