El constitucionalismo liberal, el democratismo, las corrientes políticas basadas en el movimiento obrero, el vasquismo y el catalanismo se han activado mediante generaciones, en cierto modo, cortadas unas de otras, sin la comunicación que nace de la libertad, así que es difícil percibir su presencia en la conformación del "carácter nacional"
Mucho se ha escrito y especulado sobre el carácter nacional de los españoles. ¿Quién lo identifica?, se preguntaba don Manuel Azaña. Refiriéndose al primer liberalismo escribió: "
Los españoles que buscaron en Inglaterra los principios y los elementos formales de la libertad política, participaban, creo yo, en el carácter nacional, en sus virtudes y en sus defectos; no creían derogarlo ni violentarlo; al contrario: se pagaban de reanudar una tradición infelizmente rota. Sus enemigos se hacían fuertes, no en el carácter nacional, sino en las prerrogativas del rey absoluto "
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Los " nacionales ", nombre que dio Franco a su tropa (en la que venían incluidos sus mercenarios moros) pretendieron representar las esencias patrias, pero eran menos que un remedo del nazismo alemán y del fascismo italiano aunque pudieran compartir el carácter nacional con los que ahorcaron a Riego; su dictadura lo fue militar y eclesiástica como predijo Azaña; y su fuerza no estuvo en la gente a la que se atribuía el rasgo de ser arisca e ingobernable, y simultáneamente tan voluble como para convertirse en rebaño bajo la autoridad de un dictador sanguinario primero y paternalista luego; ese carácter estaba actuado también por el protagonismo popular desplegado en la 2ª república, que por una parte luchó hasta la extenuación frente a quien no dio ninguna tregua al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, también convocado por otra parte a una santa cruzada por la gran mayoría (hubo meritorias y memorables excepciones) de sus Obispos.
Para nuestro mal, el carácter nacional estuvo en esos garrotes que alzan agresivamente los dos españoles hundidos, amarrados en la tierra hasta las rodillas, que pintó Goya un siglo antes. Pero el carácter nacional no es sólo eso, y también hemos aprendido esto: que no es sólo ni es ya esencialmente la propensión individualista al desgobierno y a la violencia.
Américo Castro ya había escrito "
La historia española está llena de maravillas, posibilitadas muchas de ellas por la misma índole conflictiva del pasado español [ 7 ]
Quizá una de estas maravillas sea la Constitución Española de 1978, que abrió España a la democracia y a las Autonomías, y cuyo 25 aniversario se conmemoró este pasado 6 de diciembre. Nació de un tiempo en que todos los españoles fueron llamados, después de 40 años, a participar con libertad en la vida pública: Este llamamiento tuvo lugar, desde la clase política gobernante, cuando -conscientes de que su sistema estaba en franquísima descomposición- tuvieron que agarrarse a un clavo ardiendo.
Desde la izquierda esta llamada ya se había traducido en un apreciable movimiento obrero, estudiantil, popular, que exigía libertades.
La Constitución fue fruto de un acuerdo de un compromiso entre fuerzas hasta entonces en lucha y abrió una etapa con la que unos y otros podrían, en mayor o menor grado, identificarse. Ningún sector de la izquierda no nacionalista evolucionó hacia la violencia o el terrorismo.
Sin embargo, resulta sorprendente para los españoles de hoy conocer que la Constitución Española de 1978 no fue tomada en su origen como símbolo de la democracia . De hecho en sus primeros aniversarios no fue conmemorada oficialmente. En realidad la derecha no quería dotar de símbolos políticos a la democracia naciente y la izquierda no parece que valorara o percibiera entonces su importancia simbólica.
Desde la perspectiva que aquí nos interesa el problema estaba en que se pretendía una integración política culturalmente marcada por la asunción acrítica del mito que se comenzó a fraguar sobre la llamada " Transición ", presentada como una operación de ingeniería política ideada y ejecutada magistralmente por una Santísima Trinidad, Dios padre el Rey, dios hijo Suárez, y espíritu santo (el primero que desapareció) Torcuato Fernández Miranda.
La Constitución fue el resultado de la transición. Como hecho jurídico político fundacional de la España democrática y autonómica, puede ser considerada una de esas maravillas explicable por un pasado conflictivo . Pero su fuerza para ayudar a comprender el pasado, para reconciliarse con él, para comenzar a fraguar una memoria colectiva integradora, quedó en gran medida inoperante, asfixiada por la difusión del mito de la transición y del simbolismo asociado al protagonismo del Rey. No se ofreció a los españoles un símbolo democrático que les ayudara a situarse en aquella compleja situación de tránsito y a comprender mejor el sentido y el camino de la democracia naciente. La Constitución pudo serlo pero no lo fue, aunque esto resulte hoy paradójico.
Hoy día los historiadores están sometiendo la transición a una revisión crítica. Tengo para mí que, en cuanto de fábula tiene su mito, ello se debe a que
oculta el papel del protagonismo popular , precisamente el factor con más potencia explicativa de los cambios de criterio producidos en las personalidades más relevantes. Para lo que aquí nos importa esto quiere decir que la cultura política de los españoles de aquel tiempo se fraguó
menos en el debate público -sobre la relación entre su pasado inmediato, el franquismo y el futuro democrático que se quería construir-,
que bajo el peso de múltiples y diversos mitos y
símbolos, ninguno de ellos al directo servicio de la democracia . No excluyo, por completo, el valor positivo de algunos, fundamentalmente en cuanto sirvieron para librarse del miedo ante una perspectiva política llena de incertidumbre para muchos. Los únicos que no se libraron del miedo fueron los franquistas contumaces, y entre ellos, los golpistas del 23-F, y los terroristas de ETA (
Euskadi Ta Askatasuna ) , sus aliados objetivos. El mayor mérito de Suárez estuvo, a mi entender, en ser consecuente, en su arriesgado decisionismo político (por ejemplo, la legalización del PCE
-Partido Comunista de España- a pesar de que los generales habían entendido de la explicación, que les dio meses antes, que no tendría lugar), con su acierto al decir que sólo había que tenerle miedo al miedo. Suárez sabía que el principio de legitimidad franquista estaba caducado incluso para la base social que lo siguió apoyando o tolerando hasta su muerte, y sabía que la transición inevitablemente se dirigía hacia el principio de legitimidad democrático: sólo este permitiría la convivencia.
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Desde la perspectiva de hoy puede decirse que faltó la decisión para afrontar una recuperación de la "memoria histórica" que abriera el camino a superar la relación traumática con el pasado. Quizá fuera ilusorio pretender abrir camino a una democracia, sin dejar cuentas pendientes; pero también lo es creer que estas desaparecen simplemente haciendo el silencio o pasando página. El libro de la historia puede rescribirse. El borrón y cuenta nueva sólo cabe en sus páginas como forma de escribir de las dictaduras. Cuando se trata de pueblos de tan larga y conflictiva historia como tienen los españoles, la voluntad de propiciar una cultura integradora, es tarea que requiere primero, instrucción pública , educación y segundo, esa sabiduría clásica de saber beber equilibradamente ora de la fuente de la memoria, ora de la fuente del olvido; pero no el borrón, ni la espesura de la noche en la que todos los gatos son pardos.