RESUMEN
Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), los dos principales retos para el siglo XXI, muy relevantes en América Latina, son la insostenibilidad del desarrollo y el reparto no equitativo de beneficios. Para abordar tan complejos objetivos es imprescindible un enfoque estratégico que integre a todos los actores, generando una visión compartida de largo plazo, intersectorial y definida por métodos participativos. En la práctica, es importante movilizar y optimizar los escasos recursos existentes, basándose en procesos que ya estén en marcha, adoptando cada actor un papel propio y coordinado, y persiguiendo algunos resultados a corto plazo que mantengan viva la inercia participativa. Denominados "Estrategias para el Desarrollo Sostenible", estos procesos han sido intentados, primero de forma espontánea y después más estructurada, en América Latina desde principios de los años 1990 y algo después en otras zonas del mundo. De sus logros, más bien escasos, y de sus numerosos errores, se extraen interesantes lecciones prácticas, aplicables tanto a las políticas de gobierno, como a las entidades financieras, las empresas, la sociedad civil y la ciudadanía.
Introducción
Han pasado doce años desde la Conferencia de Río y el desarrollo sostenible (DS) forma ya parte del vocabulario de estados, empresas y organizaciones civiles. Pero estamos lejos de tomarnos este concepto en serio, y abundan las percepciones equivocadas sobre el mismo, las más frecuentes, que el DS es un tema ambiental, que los problemas ambientales se arreglarán con mejor tecnología, o bien, que el DS, sea lo que fuere, es responsabilidad de las administraciones públicas. También oímos que es un concepto inabordable en la práctica.
Nos proponemos en estas líneas, sin embargo, mostrar que ninguna de estas interpretaciones resulta acertada. La experiencia ha dejado numerosas lecciones prácticas sobre cómo acercarnos a la sostenibilidad, pero es necesario el concurso político, financiero y económico para movernos en esa dirección.
¿Es acaso insostenible el desarrollo?
El desarrollo entendido como crecimiento continuado no puede ser sostenible porque se basa en el consumo y degradación de recursos naturales finitos y en la generación de desechos acumulativos. Por tanto, ignora las leyes naturales básicas de las que se nutre el propio desarrollo. Una situación además muy agravada por la desigualdad en el reparto de beneficios.
Un breve repaso a la situación ecológica en que nos encontramos despejará cualquier duda. Es cierto que, aunque la población mundial se ha duplicado en los últimos 35 años, también se ha duplicado la producción de alimentos. Pero las profecías de Malthus siguen vigentes. El incremento demográfico se mantiene (seremos otros 3000 millones de personas más en el 2050) mientras que, por ejemplo, el ritmo de producción de alimentos difícilmente se mantendrá porque debido a la intensificación agrícola a corto plazo, buscando la producción inmediata, el 65% de la superficie cultivable de la Tierra muestra signos de degradación (OCDE 2001a) y el 25% está erosionada o muy degradada; incluso un 30% de las mejores tierras -las de secano- ya se han perdido, en gran medida por la irreversible salinización de los suelos sometidos al riego en zonas inapropiadas (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente [PNUMA] 2000).
Las opciones para seguir ampliando la frontera agrícola son limitadas. En zonas poco lluviosas, la intensificación agrícola (responsable del 70% del consumo de agua) está limitada porque el mundo explota ya el 54% del agua dulce disponible (Instituto Mundial de Recursos: World Resources Institute [WRI] 1999), en muchos países (africanos y mediterráneos) bien por encima de la capacidad de renovación natural (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza [UICN] 2002), y nuestra demanda de este recurso, tan estratégico como mal distribuido, se ha multiplicado por seis desde 1950, y se volverá a duplicar en 2025. En cuanto a zonas lluviosas, el 85% de las tierras que faltan por abrir al cultivo, las que yacen bajo los bosques tropicales, no son aptas para la agricultura -como demuestran los fracasos agrícolas en estos ambientes. Aunque desde 1950 ya hemos talado el 55% de los bosques latinoamericanos, continúa la pérdida, cada año, de un 1% de la superficie forestal, retroalimentando un proceso de erosión de suelos, desertización y pérdida de opciones futuras. Un análisis casi idéntico se puede hacer en las costas tropicales, cuya estabilidad y opciones pesqueras dependen de los ricos y frágiles arrecifes coralinos, la mitad de ellos ya afectados y un 28% destruidos ( Worldwatch 2002). Todo ello se refleja en la pérdida irreversible de especies (cuyo ritmo de extinción en el siglo XX ha sido cien veces superior al natural, y pronto puede ser mil veces superior). En fin, nuestras opciones de "crecimiento", que no de "desarrollo", están tocando techo: otro dato: actualmente el 75% de la pesca mundial ha llegado a su límite o está sobreexplotada (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD] - PNUMA - Banco Mundial [BM] - WRI 2000). La eficacia de las flotas pesqueras, fundamentalmente del "norte" , supera en un 40% la capacidad de carga de los océanos; el Atlántico, por ejemplo, está sobreexplotado desde 1989, y el Pacífico desde 1999.
No es necesario abundar aquí en el agravante de que todas estas disfunciones ecológicas (el lector habrá advertido que hemos omitido otros aspectos más conocidos como el cambio climático, la desertización o la destrucción de la capa de ozono), se retroalimentan entre sí, generando impactos de escala global.
Este panorama de insostenibilidad ecológica, sin embargo, palidece ante las realidades de la desigualdad e insostenibilidad social. Es sobradamente sabido que el 45% de la población mundial vive por debajo del umbral de la pobreza. Simultáneamente, el 20% más rico consumimos el 86% de todos los recursos de la Tierra, y esta brecha no deja de crecer e incluso se está acelerando con la globalización de los mercados (
Worldwatch 2002). Si nos comparamos con el 20% más pobre, que sobrevive con el 1,1 % de los recursos mundiales, consumimos ya 85 veces más
per cápita (ONU 2001) ¿Cómo podría el
norte exportar su modelo de crecimiento a los países del
sur ? Es imposible porque necesitaríamos ya más de dos planetas como la Tierra (World Wildlife Fundation [WWF] 2000,
Huella Ecológica )
para mantener el consumo actual.
La contundencia de todos estos datos evidencia que estamos sumidos en un proceso insostenible. Las Naciones Unidas y la OCDE reconocen que los dos problemas más complejos que afronta la humanidad son la insostenibilidad del desarrollo, y la falta de equidad en el reparto de beneficios.
No es el crecimiento demográfico, sino la desigualdad e ineficiencia de nuestro modelo de desarrollo, notablemente el del " norte ", la causa del problema. La OCDE (2001a) ha señalado que "la mayor parte de la degradación ambiental tiene su origen en los patrones de consumo insostenible de las capas altas y medias de la sociedad; los pobres del mundo consumen demasiada poco agua, energía y alimentos para hacer una contribución significativa a la degradación ambiental" .
Según la OCDE (2001b) las causas de esta situación comparten raíces comunes:
• La ausencia de mecanismos reguladores en los mercados,
• La falta de internalización de factores ambientales en el precio de las cosas,
• Políticas públicas obsoletas y subsidios perversos, y
• Tecnologías inapropiadas y/o ineficientes.